Libertad de expresión en la búsqueda de ‘La Verdad’

JUAN MUÑOZ IÑIGO

Me parece prudente comenzar estas primeras líneas advirtiendo al lector de que, tanto en este texto como en posteriores, mi intención no es la de exponer una verdad, tomada por mí mismo como absoluta, y defenderla; ya que eso sería profundamente ignorante y pretencioso por mí parte.

Lo que pretendo, sin embargo, es compartir algunos de los procesos de razonamiento que a mí me han servido, con la esperanza de que puedan servir como herramientas útiles en esta búsqueda de La Verdad en la que todos debemos estar embarcados. Se trata, por tanto, de ir dando entre todos pinceladas de conocimiento sobre el vasto cuadro que compone La Verdad. “¿Tú verdad? No, La Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. 

Precisamente de este ejercicio de búsqueda de La Verdad es de lo que quiero comenzar hablando, y por traerlo a un terreno más concreto en el que poder manejarnos, creo interesante comenzar por abordar la importancia de la libertad de expresión, siendo esta además un pilar importante de este “Rincón Bravío”.

El ser humano colocado en este mundo posee la herramienta fundamental para ordenarlo y darle sentido, para extraer un orden a partir del caos: el Logos, la razón, pero también la palabra, el discurso; pues no debemos olvidar que pensamiento y lenguaje van de la mano. Tan inexorablemente unidos que a menudo son difícilmente diferenciables. Pensamos hablando, pero no solo como una repetición fonológica en nuestro interior, sino que se reflejan nuestro pensamiento y nuestra gramática. Construimos gran parte de nuestro conocimiento mediante el lenguaje.

Por tanto, hablar de libertad de expresión es más que “decir lo que me apetece”. Se trata de una parte fundamental en esa búsqueda de La Verdad. A menudo no sabemos lo que pensamos hasta que lo decimos (incluso aunque nos lo digamos). Censurar la libertad de expresión es, por tanto, matar una parte de verdad, pues si se controla lo que se dice, no quepa ninguna duda de que se está controlando lo que se piensa.

Dada la importancia del discurso en el ejercicio de extraer verdad de entre todo este caos, lo que subyace a esta pulsión controladora de la expresión no es otra cosa sino el convencimiento de que ya se está en la verdad, aunque este convencimiento sea ajeno a la consciencia.

De esta forma lo que se trata es de censurar aquello ajeno a su verdad, que si uno es un necio pensará que es la verdad absoluta. Pero ¿hay alguien que posea la verdad absoluta? Pues entonces nadie debería aventurarse a ejercer de juez de lo que es verdadero y lo que no. Con esto no pretendo caer en un relativismo, no se trata de negar que exista una verdad absoluta, si no precisamente de asumir que existe, y dar por supuesto que uno no la conoce. 

Una de las excusas que se utilizan a menudo para censurar esta libertad es la idea de que la ofensa ha de ser el límite de la misma. No dudo que una persona ha de tener la responsabilidad de no ofender si puede evitarlo. Si quiere. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que la ofensa es algo inherente a las relaciones humanas. Y a menudo no nos priva de expresarnos. Puede haber ofensa en una discusión, pero prevalece la importancia de buscar la verdad. Puede haber ofensa en un rechazo amoroso, pero prima sin duda la libertad. Esto no significa que vayamos por la vida haciendo un daño innecesario, uno ha de decidir, pero ha de ser uno, esos límites no pueden ser impuestos desde fuera.

La peligrosidad de imponer estos límites desde fuera pivota sobre una idea fundamental que ya he señalado unos párrafos más arriba: la imposibilidad de establecer un juez que determine lo bueno y verdadero. La idea de establecer esta figura es algo que, si se le dedican dos minutos a pensarlo, puede acabar de la peor manera posible.

Si se permite que hoy sea censurado lo que se aleja de nuestra verdad, y permitimos que se desarrollen los mecanismos para que eso pase; la historia ya nos ha demostrado que estos mismos mecanismos serán utilizados el día de mañana contra los mismos que los impusieron. De manera que se habrá conseguido que sea censurada un parte del pensamiento de manera arbitraria cada vez que alguien alcance el poder, y no es difícil darse cuenta de que forma acabaría esto. Si acaso podemos cambiar el mundo a mejor, no parece ese un camino que apunte en la dirección adecuada.

 ‘La libertad guiando al pueblo’ Delacroix

Y es que resulta que la libertad de expresión consiste, más que en el derecho a decir lo que quiero; en permitir que se diga aquello que no me gusta, incluso aquello que me resulte completamente aberrante. Ya que no debemos olvidar que cualquier derecho solo existe en la medida en la que existe responsabilidad. De forma que no existe tu derecho a la vida, si no que existe la responsabilidad de los de alrededor de respetar tu vida.

No hay derechos sin responsabilidad, y hoy en día se habla de derechos, pero se ha olvidado la otra mitad del discurso, la más importante. Por eso, se hace muy necesario respetar y defender la libertad de expresión, ya que estarás haciendo lo que hoy está en tu mano, para tener mañana la libertad de buscar la verdad.

“Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”

Evelyn Beatrice Hall

close

Publicado por Juan Muñoz Iñigo

Estudiante de psicología. Don't Tread on Me.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: