Agur, 1978…, o mejor dicho, ¡hasta pronto!

Luis Miguel Bugallo Sánchez

EL HERMANASTRO DE SABINO ARANA

El pasado 6 de diciembre se celebró a las puertas del Congreso de los Diputados el 42º aniversario de la Constitución Española. Este año el acto no tuvo lugar, como es habitual, en la Cámara, sino que se produjo en la calle debido al COVID-19.

Fue otra de las anomalías que esta maldita enfermedad acostumbra a provocar de forma persistente. Sin embargo, a pesar de que la celebración fue distinta, sí que hubo ciertos elementos que se mantuvieron. Y es que ya forman parte de una tradición y una corriente déspota, hipócrita e irrespetuosa que desgraciadamente se ha instalado de modo permanente en algunos partidos políticos. 

Hablo del desplante y el desprecio que nacionalistas vascos y catalanes protagonizan cada año en estas fechas prenavideñas. Aunque como usted, querido lector, ya sabe, en este espacio me voy a limitar a opinar sobre nuestros compatriotas norteños. Tanto PNV como Bildu volvieron a no participar en esta efeméride. Para sorpresa de nadie, pues como digo, es ya una costumbre. 

Como cada año, a sus representantes se les pregunta sobre el porqué de su ausencia, y estos responden desde el ideario ideológico y argumental sobre el que elaboran y componen su relato. Las respuestas no suelen variar de un año a otro, quizás en léxico, pero el fondo siempre es el mismo. Pero este año Aitor Esteban, portavoz brillante donde los haya, empleó un término que me sugirió intriga. Curiosidad, más bien. Esteban aseveró que la Constitución está secuestrada por aquellos que se erigen en sus defensores. 

Y a mí, desde mi inquietud, me nace la necesidad de preguntar a Aitor, o a cualquier integrante del PNV, por qué durante tantos años les costó tanto condenar secuestros, hasta el punto de hacer de esa palabra un tabú, y, sin embargo, ahora hablan abiertamente de que se ha producido, presuntamente, uno. Intuyo que la jugada va por el rédito electoral, un clásico en el partido de mi querido Sabino. 

Obviamente Esteban utiliza un sentido figurado cuando habla del secuestro actual de la Carta Magna. Pero eso no quita que me entusiasme la capacidad que tiene el tiempo de cambiar las tornas y de que ahora se pueda denunciar lo que un día no se atrevía, incluso, ni a cuestionar. Pero obviando las razones que el PNV ofrece sobre su incomparecencia, las cuales me parecen insuficientes, dentro de que no comparto que se realicen este tipo de comportamientos, he de reconocer el gran efecto popular que tiene esta práctica. 

Pues, al fin y al cabo, en la política, la actividad va dirigida hacia la captación y contentar a los votantes. Y en eso los nacionalistas vascos sientan cátedra. Es inimaginable que alguien pudiera criticar un marco jurídico en el que se le concedan privilegios fiscales, un sistema tributario particular y diferenciado del resto. Que, gracias a él, los funcionarios duplicaran los salarios de los de otras regiones, que se le ofreciera la oportunidad, mediante votación, de anexionar un territorio, sobre el que un sector importante siente anhelo, etc. 

Pero el PNV lo hace. Vive de ello. De presentar nuevas necesidades que el pueblo vasco, al que defiende y representa, exige y demanda. Es la condena que lleva impregnada el nacionalismo, la reivindicación constante. Pues cuando ya se hayan satisfecho todas las exigencias y deseos, perderá el sentido. Por eso está atrapado en una carrera interminable de búsqueda de inconformismos, quejas y peticiones. Y todo de cara a preparar bien el examen de la evaluación final del electorado, que tiene que ver que su partido ha luchado por mejorar el bienestar en Euskadi. 

Es el juego sucio, uno de los artes de la política. En España hay una Constitución que beneficia a los vascos. Pero aún así, el relato es otro. La empresa que tiene entre manos el PNV es reajustar y moldear la imagen del régimen del 78, ensuciándola, vilipendiándola y calumniando contra sus defensores. Tiene que alimentar el desarraigo, beneficiarse del odio y el rechazo que causa en País Vasco cualquier lazo de unión entre Euskadi y España. 

Tiene que preservar la identidad vasca, que, a ojos de la población, a causa del lavado hispanófobo de cerebro, no está salvaguardada por la Constitución. Como ve, querido lector, no es una labor sencilla la que desempeñan los herederos de Sabino Arana. Pero, ¿y si le digo, que al mismo tiempo que llevan a cabo todo este proceso que he descrito, se sirven de cada uno de los artículos que componen el estatuto de autonomía, amparado por la carta magna española? Suena raro, ¿no? Pues es la ignominiosa realidad del PNV. 

Aunque ojo, sus negociaciones siempre son intensas, ya que no es fácil que un gobierno reciba su apoyo, pues debe ser el mejor postor, para que, a través de los mecanismos constitucionales y legales, contente y atienda a las demandas de los peneuvistas de la mejor manera posible y mejor que los demás. Porque mientras reniegan y se desmarcan de la Constitución, al mismo tiempo la aplican para sus propios intereses. Le dejo a usted mismo que defina y catalogue esta posición querido lector, pues yo todavía sigo buscando un término para hacerlo. 

«Una buena Constitución es infinitamente mejor que el mejor déspota»

Thomas Macaulay

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Publicado por El hermanastro de Sabino Arana

Reflexiones de un maketo

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