¿En qué ha cambiado mi vida después de la muerte de Ignacio?

©️Puebla

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Reflexionando en qué cambio mi vida recordé lo que voy a contar. Es una experiencia a la que me sometí hace un tiempo. Mi hija Ana recibió la solicitud de que diéramos testimonio alguno de los familiares de Ignacio, la persona que nos contactaba es Francisco Ramírez, creo que coordinador de Acción católica.

Contesté a su correo y me preguntó si estaba dispuesto a dar testimonio en la parroquia de su pueblo, Yepes en Toledo. Dado qué era algo que me pedía una organización a la que Ignacio había dedicado bastantes horas y tenido bastante respeto como para asistir semanalmente durante años, haciendo las lecturas y los ejercicios fijados, pensé que tenía la obligación moral de dedicarles al menos unas horas.

Después de adquirir el compromiso de dar testimonio me paré a pensar qué podría decir yo a un grupo de católicos creyentes y practicantes con una solidez, y supuse de un comportamiento que estaba muy lejos de lo que yo podría ofrecer. 

Por mi parte, sentir que mi Fe carece de una gran solidez, e ir a expresar en público mis sentimientos, manifestar lo que sentí en aquella semana tan abrumadora consecuencia de la actuación de Ignacio, me pareció un acto tan presuntuoso que me parecía una impostura. Pero sí quería atender la petición, sin saber como hacerlo.

Pasaron los días hasta que llego la cita y me trasladé a Yepes acompañado de mi esposa y su hermana Rosario, también vinieron Victoria y Pepe y Enrique y su esposa Amparo. Les pedí que me arroparan viniendo con nosotros, yo en mi inseguridad necesitaba sentirme apoyado, porque aunque quería dar gusto a las personas que querían oír hablar de Ignacio me daba mucha prevención pensar qué podía decir yo que les pudiera interesar.

Antes de comenzar el acto tuve unos minutos para hablar con el párroco, D. Emilio, y le pregunté que esperaba de mi intervención, cuando descubrí que quería que hablara de mi Fe y de como me había apoyado para asumir la muerte de Ignacio, le expliqué que mi Fe era muy endeble y que yo sabía de la Fe de Ignacio y de la importancia que tenían para él sus prácticas religiosas.

Acordamos que sólo hablaría de Ignacio y de los aspectos de su vida y su muerte.

Cuando entramos en la iglesia y nos sentamos en el primer banco me encontré apoyado por las personas que me habían acompañado, excepto Ana que no fue capaz de presenciar el acto y Rosario que la acompañó para que no estuviera sola.

La gran sorpresa fue ver una iglesia enorme, no me imaginaba que pudiera haber un templo de esa magnitud en Yepes, estaba atestada de personas. Me resultó sobrecogedor, pensé: he adquirido un compromiso, estas personas esperan que les hable de Ignacio y él hizo más sacrificio, al fin y al cabo, es sólo hablar, como era de Ignacio de quien tenía que hablar no era tan difícil decir cosas buenas de un hombre bueno, no era hablar de sus cualidades innatas, era hablar de sus logros de todo tipo, frutos de su tesón. 

Parroquia San Benito Abad de Yepes

Cuando empezó, lo que llamaré el oficio, observe que se estaba representando el sacrificio de Isaac y como Abraham se dirigió al monte a ofrecer el sacrificio de su hijo y como Dios viendo la piedad y fidelidad de Abraham proporcionó un carnero para sustituir a Isaac evitar su sacrificio. 

Supuse que se estaba haciendo un paralelo entre Abraham y su hijo en las Escrituras y nosotros: Ignacio y su padre. La diferencia era obvia. Yo no había ofrecido a Ignacio, era Ignacio el que se había ofrecido y Dios lo había recibido con placer. Yo sencillamente había aceptado tanto la decisión de Ignacio de entregarse, como el designio de Dios de aceptarlo en su seno antes de lo que yo me había imaginado, no eran paralelos.

Abraham acepta el designio de Dios, Isaac es un sujeto pasivo que no sabe lo que le espera. En mi caso yo no ofrezco a Ignacio a Dios, es Ignacio el que se ofrece y aunque yo lo acepté, en mi caso no sé si hay mérito en admitir hechos consumados, Ignacio y Dios lo acordaron y yo lo acepto.

Cuando acabó el oficio, con los feligreses representando la escena, D. Emilio me pidió que subiera al altar y me encontré ante el micrófono, con D. Emilio detrás dándome apoyo, yo estaba bastante sobrecogido, pero dispuesto a hablar de Ignacio. No recuerdo si en lo que hablé de Ignacio fue un breve discurso mío o si hubo preguntas, para mí fue un esfuerzo grande hacer ese discurso, tanto porque no me veía nada ejemplar para dirigirme a las personas que suponía y sigo suponiendo que tienen un sentimiento religioso muy intenso, como por conocerme a mí mismo y saber que si salimos de hablar de Ignacio y pasamos a hablar de mí la cosa no se sostiene.

Ese día no fui capaz de explicar mi única petición a Dios de los últimos tiempos, que reservara para mi cualquier cosa mala que pudiera pasar en mi familia y como una vez conocida su muerte, llegué la conclusión que Dios había preferido a Ignacio, y me parecía natural, porque aunque no sea el más divertido, ni el más brillante, ni si quiera el más valiente de sus hermanos, pensé que era el más bueno en el sentido más amplio de la palabra.

Don Emilio había visto el corto de cuando Ignacio con diez años representó el papel de un científico enamorado y habló de las aspiraciones de Ignacio de ser científico. Eso estaba lejos de la realidad. Pero también conocía la anécdota que ya he contado de cuando pasando un fin de semana en un convento de monjas le ofrecieron ponerle vino en la cena y dijo que él no tomaba vino porque su padre no quería que lo tomara.

Una vez que hube acabado de hablar de Ignacio, D. Emilio me pidió que contara la anécdota de su abstención de tomar vino y me pareció que impresionó mucho a los presentes. Al parecer impresiona que una persona de veinte años ya bien cumplidos diga que obedece a su padre por encima de todo, pero él, una vez adulto, nunca necesitó reivindicarse.

En resumidas cuentas, la muerte de Ignacio me cambió en muchos aspectos, uno de ellos es el adquirir el compromiso de preservar su memoria y dar testimonio de él, por si pudiera ser útil para que otras personas, tomando su conducta, su ejemplo, no sólo el de su generosidad en la muerte, sino su generosidad y tesón en vida, para perfeccionarse,  para ser bueno, para hacerse mejor en todos los aspectos, puedan interiorizar ese mensaje y se hagan mejores. 

Que yo pueda ser el transmisor del mensaje de contenido claramente religioso, no deja de ser algo sorprendente para mí, que sé que nunca fui ejemplar en nada y menos como modelo de prácticas religiosas. Pero esta misión, que me veo ejerciendo, me está cambiando y espero llegar a ser un fiel aceptable y alcanzar la Gloria por mis méritos, con la ayuda, misericordia y apoyo que se me dé.  


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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