DON JOSÉ ~Recuerdos de niñez~

Capilla de San Antonio – Cangas de Onís 

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Cangues tenía el preciado privilegio de tener mercado todos los domingos, esto aparejaba algunas ventajas económicas, también proporcionaba al cura párroco la obligación de predicar contra esta perversa costumbre de trabajar los domingos; se debe aclarar que los comercios cerraban los lunes.

El mercado estaba dividido por áreas, el ganado mayor, vacas y caballos en El Campu de San Antonio, delante de la capilla del mismo nombre; era un espacio rodeado de árboles centenarios, estaba cercado con viejos carriles de ferrocarril y situado en la antigua villa de Cangues de Arriba donde aún se celebran las fiestas del solsticio de verano, excusándose en la fiesta de San Antonio, trece de junio, y por ello algo desactualizados de fecha. También había una zona próxima, un espacio reservado para los rebaños de ovejas y cabras.

El mercado de los cerdos, “el Mercau los Gochos”, tenía reservada una plaza menos noble, a medio camino entre la antigua villa y la actual “ciudad”, por encima de la Morra y cerca del antiguo palacio de Cortés, magnífica casa de cierta antigüedad digna de ser contemplada.

El mercado de comestibles, La Plaza, se ponía a los lados de la Calle de Arriba, con las señoras, tal vez alguien me quiera corregir y decir campesinas, pero en Cangues las campesinas son señoras. Decía que las señoras se sentaban en el suelo o en una silla baja, llevada al efecto, con sus cestas exhibiendo el género: manzanas, patatas, habas, berzas, etc. Esta calle fue hasta hace menos de un siglo, la calle principal de la ciudad y aún más antiguo, el camino que bordeaba la falda de la montaña y conducía desde el camino de Castilla y después también desde el Puente Romano hacia los valles del Río Chico, respetando las tierras de labor.

La plaza estaba en aquel tiempo tomada por las mujeres de los pueblos con su mercancía, muchas veces exigua y otras más abundante; el comerciante ambulante profesional tenía poca presencia entre los ambulantes, haciendo esta función en general el comercio estante local.

El día del Pilar era un día grande, no solamente por la celebración de la patrona de la Guardia Civil, además para el mercado el Certamen Mundial del Queso de Cabrales.

Comenzaban los sesenta, era domingo y Cándida explicaba como cada semana los asuntos de actualidad: -Qué esta semana el Quesu Cabrales no está tan buenu, qué el otru está algo duru, qué los huevos subieron, les jabes bajaron. Qué la tienda de los Sumanos tenía mucha gente. Qué el sacristanín de Avalle sigue tan charlatán y el lunes quería regalami unes lamprées-.

Insiste la buena señora: -¡Eh críos!- yo era uno de ellos, -Dejai el Quesu Cabrales, vais a acabalu antes de que lu pruebe don Guillermo, ¡Juanín jorolla! ¡Deja en paz a Aidi! Que vas a mancala-. Protestas de Juan: -¡El que come el quesu e Antonín!- Maru, otra de las niñas, rezonga: –Pa Cándida, Antonín siempre puede hacer lo que quier-.

Cándida cuando quería reprender a Juan, siempre le adjetivaba con el calificativo de jorolla, nunca supimos lo que significaba la curiosa palabra; Cándida nunca se la aplicó a otra persona, ni que sepamos era usada en la comarca por otra gente. Cierto que ese niño era una especie de minicoloso que sobrepasaba toda las medidas.

Sigue la charla: -… qué a Maruja y Pachu vayos muy bien en Francia, que escribieron una carta, que compraron unos colchones buenísimos y baratísimos, de esos de hinchar soplando, que los dos trabajan con una familia que tien una panadería, que trabajan muchu pero que también ganan muchu-.

De aquellas conversaciones conservo el recuerdo de dos anécdotas: la explicación de porqué Pablo no acaba de aprender a hablar, a pronunciar de forma inteligible: –Ésti rapazu no habla…, yo creo que e porque tien el frenillu en la boca, encima de los dientes de arriba, –dijenronmi que cortándolu con una tijeres se cura-. Se refería al frenillo, se entiende, ¡Porqué no soy su madre y ella no está aquí que si no un día de estos dabai un tijeretazu!-.

Mercado semanal de Cangas de Onís

Pablo era hijo de Maruja y Pachu, que estaban en Francia intentando ahorrar un dinero. Sus hijos, Pablo y otros dos hermanos estaban a cargo de Cándida. Cándida había adoptado a Pachu después de que su madre se fuera con aquel quincallero, abandonándolo a él y otros cinco hermanos más pequeños, más veinte de años atrás.

La otra historia, tal vez no correspondan al mismo día, fue la descripción de la llegada de don José. Decía Cándida: –Contáronmi en los Sumanos que llegó a Cangues un americanuprimu de don Eduardo y don Antonio y todos esos…, sí tien que acordase usted que haz unos años estuvo aquí un hermanu desti que quería casase con doña Argentina, la hija de aquel que prestaba perresllamámbalu don Agapito, y cuando i’querían pagar íbase pa no estar y si podía quedábase después con les finques que i´habían dau en señal, por habese pasau los plazos-.

-Pues a esti que vino lu llamen don José, porque tien muchu dinerucompro’i una casa a la hermana aquí cerca en la carretera de Cañu, la casa e esa casa tan guapa con un techau delante, como un merénderupequeñu, cerca de la casa de don Isac, esi que tieneses hijes tan guapes. Yo como conozco a la hermana, voy a ir un día a vela a ver que mi cuenta…-

La realidad es que don José, como ya lo llamaba por entonces todo el pueblo, era un anciano ya muy achacoso que volvía a Cangues después de un voluntario destierro, habiendo vivido una vida intensa. El calificativo de indiano le encajaba a la perfección. Había emigrado en su juventud a Méjico junto a su hermano, siguiendo a tantos otros paisanos.

Ambos, D. José y su hermano, tenían más estudios que lo que era habitual en los emigrantes y enseguida se habían franqueado camino. Don José era hombre de carácter, lo que separó a ambos hermanos al poco tiempo, sus características entre las que no se debe despreciar la falta de escrúpulos le permitió forjar una fortuna más que regular.

Don José tenía una visión propia del mundo y unas convicciones que le permitían simplificar los problemas y dar soluciones que le dejaban plenamente satisfecho, aunque no fuera posible, en general, acometerlas en España, a su regreso.

Como iba diciendo mi principal recuerdo me viene a través de Cándida, aunque es cierto que hablé con él en más de una ocasión y que él era persona notable por lo que todos los habitantes estábamos al corriente de algunas de sus actividades.

Supongo, que lo que ocurrió en realidad fue que, cuando don José sintió cercana su hora, volvió a su tierra a comprar “la Paz”, la suya, la material, huyendo de su amplia familia, y la espiritual, comprando a su propia conciencia; a riesgo de equivocarme y sin ánimo de calumniar a una persona de la que guardo buen recuerdo, creo que hizo buena la máxima: “Peca mucho y arrepiéntete más”.

Don José se instaló en Cangues con su hermana, también anciana, pero en mejor estado que él, en una casita en las afueras, en un lugar tranquilo, sin excesivo lujo, pero con la servidumbre necesaria para hacer agradable sus últimos días.

Supongo que la relación de Cándida con Herminia, la hermana de don José, llegó por intermediación de los Sumanos, supongo que este nombre empleado por Cándida era en realidad deformación de un apellido. Tenían los Sumanos un comercio desde antiguo en la Calle de Arriba y donde a Cándida le permitían guardar el día de mercado las cestas con lo que iba comprando. También trabajaban en común en cierta modalidad de sociedad traficando con productos del campo con los pueblos próximos de la meseta.

Recuerdo otra conversación posterior, también de domingo a mediodía, Cándida hacía las compras para la casa de mis padres además de la suya, nos la traía, se hacían las cuentas y se charlaba de temas de actualidad.

Decía Cándida: -Dijomi Herminia, la hermana de don José, que él tien muches perres en Méjico y que quier hacer una iglesia muchu más grande que la de Cangues de Arriba, que está mirando con don Juan el cura, donde pueden ponela, yo creo que el mejor sitiue en el prau del asilo también en Cangues de Arriba… Alguien de casa interviene: Creo que sería mejor hacerla Cangues de Abaju, y así se evitaría tener que subir la Carreterona para ir a misa, y así discurrió la conversación con don José como protagonista-.

Pasado un tiempo don José se ausentó de la ciudad por unos meses, a su vuelta se le preparó un recibimiento por todo lo alto, la nueva iglesia ya estaba en boca de todos. Se instaló un arco de triunfo en la carretera procedente de Oviedo, junto al Puente Romano, era el armazón de madera, cubierto de ramas verdes, recién cortadas.

Puente Romano de Cangas de Onís

La carretera que une Cangues con la capital del Principado tiene una inusual recta de un kilómetro, era muy estrecha y tenía muchos baches, como todas las carreteras locales tenía pocos coches y se los veía llegar con bastante tiempo, además las velocidades que podían alcanzar aquellos coches parecerían ridículas hoy. Cuando de vez en cuando se veía un automóvil en la Casona, aquella casa de indianos poblada por aquellos señores tan simpáticos de pelo blanco; al fondo de la recta se despertaba la mayor expectación: -¿Será él?, no e el camión del Pintu, y comentarios similares-.

Además de las autoridades locales, estaban allí esperándolo bastantes personas mayores y todos los niños del pueblo; la escuela había cerrado las puertas para facilitar el homenaje. La algarabía era grande, la gente endomingada, en resumen una fiesta que nadie se quería perder.

La megafonía instalada al efecto, tomada prestada del club de fútbol y fijada a los edificios que enmarcaban la plazuela, animaba a la gente. Esta plaza merece un comentario ya que había sido construida por un contratista llegado de Santander a hacer la carretera y había amasado una pequeña fortuna, no tan pequeña a nivel local. Deduzco que la Obra Pública siempre fue fructífera.

El locutor era un alumno del instituto, creo recordar que su nombre era Penedo o algo parecido, de unos dieciséis años, característico por su locuacidad, probada en la retransmisión en directo a los espectadores de los partidos de fútbol y por su descomunal estatura. Penedo era un gigante y había destacado como portero, ¡era el mejor!, pero había dejado la cancha cuando por no poder jugar por una lesión había tomado posesión del micrófono y descubrió que lo divertía más. Se debe reconocer que tenía su personalidad radiando cualquier tipo de espectáculos.

Penedo comentaba cada coche que aparecía, cierto es que había pocos automóviles entonces, a cada momento “cantaba” loas en honor al benefactor, también intercalaba anuncios, de los que estoy seguro nadie pagaba, pero era “moderno”. Como ejemplo de esta gratuita publicidad recuerdo una, tal vez por su dudoso gusto: –Si quiere tener el culo limpio y elegante límpielo con papel del Elefante-.

Con más de media hora de retraso, después de varios chascos, llegó un coche que no podía ser más que el de don José, era un coche americano, suntuoso; me sorprendió que a diferencia de los automóviles que acostumbraba a ver no hacía ningún ruido, lo que me pareció muy peligroso ya que no avisaba de su llegada y los niños podríamos seguir jugando en la carretera sin percatarnos de su peligrosa presencia.

Tocó la orquesta, aplaudimos, sonó algún “viva”, el alcalde se adelantó para recibir solemnemente a don José. Ignoro que pasó cuando las autoridades desaparecieron de la vista del público, supongo que la cosa terminaría en banquete en Casa Joseíto, junto al Puente Romano tampoco recuerdo y bien lo siento las palabras de bienvenida, pero supongo que seríande este tenor:

-Vecinos de la ciudad de Cangues, camaradas, tenemos hoy el enorme honor de recibir de vuelta a uno de los más ilustres hijos, perdido un día y recuperado hoy, no viene como se fue, viene enriquecido… decía… que viene enriquecido por una vida llena de experiencias, viene preñado… preñado de buenos deseos de ayudar a sus paisanos-.

-Don José tiene el proyecto de construir una iglesia magnífica, de ese modo podremos cuidar mejor nuestras almas sin necesidad de subir la cuesta que nos separa del templo en Cangues de Arriba, yo sé que algunos vais en coche pero para la mayoría la verdad es que la cuesta, cuesta. Sed por ello bienvenido a Cangues, la que siempre fue tu casa y tu ciudad. ¡Viva don José!, ¡Viva Cangues!, ¡Arriba España!-.

Pasaron los meses, don José fue tema de conversación en la catequesis, entre niños y catequistas, éstas en general viudas de la buena sociedad, o chicas con la esperanza perdida: -Lo buenu que e don José, qué don Juan estuvo con él en Madrid viendo una iglesia igual que la que van a hacer en Cangues…, qué si se iban o no a bajar los santos desde la vieja… Qué si no iba a haber santos, pero sí cristales de colores en les ventanes con imágenes de santos, etc-.

Se comenzó a desescombrar una manzana de casas derruidas, permanecían en ruinas desde “siempre”, este siempre para los niños era en realidad desde la Guerra Civil, había ardido parcialmente hacía muchos años y así permanecían. Una de las ruinas era el Palacio de Pinto, casa donde nació un gran orador de finales de siglo XIX, Fundador del Partido Tradicionalista, por cierto que fue este personaje en quien se inspiró Galdós para dar vida a “El Amigo Manso”, me refiero a Vázquez de Mella, últimamente le quitaron su nombre a una plaza emblemática de Madrid.

En la escuela se corrió la voz de que aparecían medallas en el suelo de una de las casas ruinosas; por ello los niños nos dedicamos durante una temporada a escarbar. Las medallas encontradas, se lavaban con vinagre y sal y recuperaban el color.

Pasaron los días el desescombro terminó, comenzó la excavación de cimientos, debajo de la tierra aparecieron, piedras, cantos rodados de río. Pregunté a mi padre: -¿Papá como puede haber tantes piedres de ríu en mitad de un pueblo?, ¿Quién les habrá llevau allí?-. Contestación: -Toda la zona llana de los ríos fue cauce una vez u otra, los ríos se mueven y cambian en las zonas llanas, ¿No te hablé tantas veces de los meandros del Meiro en Coaña?-, -Ah bueno-, contesté perdiendo todo el interés.

La verdad es que no me enteré, pero deje en paz a mi padre, para evitar seguir recibiendo lecciones.

Los canteros empiezan a llegar, fue un acontecimiento, hablaban diferente, eran gallegos, bien es cierto siempre hubo canteros gallegos en el Santuario de Covadonga, pero en Cangues no se notaba demasiado su presencia, yo al menos no la había notado. Mi imagen de un gallego era la de un afilador que va con una piedra y vive de afilar en cada casa lo que se ofrece.

Cándida cuya “sabiduría popular”, llena de estereotipos no podía entender que quisieran cobrar por cada servicio, la remuneración por servicios no se entendía bien en las aldeas donde no se pagaban jornales, allí se recogían las cosechas comunitariamente, se daba de comer a los que venían a ayudar y si eran pobres se llevaban algo de lo recogido, los jornaleros en realidad eran caseros que trabajaban “a la parte” en un campo ajeno.

Cándida me había contado siendo muy niño que el gallego es un hombre muy interesado y me enseñaba el concepto mediante “una conseja”: 

-Un carretero que iba por el camín hacia Deu, aldea local próxima a Sotu pero al fondo del Valle, ve a un gallegu con “la piedra”, el carreteru i’diz: ¿Quies que te lleve? El gallegu i’contestabuenu… y sube al carru, siguen andando y el gallegu ni contesta cuando el carreteru quier habla’i, el carreteru va pensando pa que cogí a esti afilador sí ni siquiera mi habla. Pasó un cuartu de hora, el gallegu va y diz: oiga ¿Cuantu voy ganando? ¡Creía que estaba trabayando y que iban a paga’i por dejase llevar en el carru! El carreteru tiro’i la piedra fuera el carru y echolu a él.

Nunca entendí el cuento, pero supongo que para alguien que nunca pagaba ni cobraba jornales, no entendía bien el criterio de cobrar por algo tan sencillo como afilar herramientas.

Debe tenerse en cuenta que en estos valles la recolección es escalonada en función de la situación de prados, huertas, etc. Las horas de sol influyen, la fecha de la cosecha está influida por las orientaciones, por lo que sí se trabaja colectivamente se aprovecha mejor el tiempo y no se estropea el producto, el dueño de lo recolectado daba de comer a los colaboradores y correspondía colaborando en las haciendas de los otros y cuando los que ayudaban eran pobres, como ya dije, se les dejaba llevarse parte de lo recogido.

Volvamos a la historia de la construcción de la iglesia, ésta iba subiendo, se hacían chistes con las cuentas de la construcción, en los pueblos hay mucha maledicencia. 

Cándida nos explicaba algo ininteligible para mí, ante la pregunta de mi hermano mayor: -¿Cándida no se i’acabarán a don José les perres antes de acabar la iglesia?, e que e tan grande-. Cándida muy segura le responde: -Que va, no home no, no home no. Don José cuantu más gasta más tien¿Acababa Cándida de inventar el móvil perpetuo?-.

Supongo que sería que don José administraba un legado del que recibía, un porcentaje como remuneración a la administración, confío no estar calumniando al benefactor de la excelsa ciudad de Cangues.

Otro día oí decir que el prócer era viudo de una señora inmensamente rica y que no habían tenido hijos. Pero que don José tenía una familia muy numerosa, fruto de relaciones con otras mujeres, si eso fuera cierto, sería fácil entender aquella frase que oí y no comprendí: -¡Vaya lío!, supongo que esa será la razón de su retiro Cangués-.

Yo sí creo que podría ser verdad la existencia de esa numerosa familia, ya que otro indiano que no nombraré, decía: -Si los hijos que yo hice y traté allá en Panamá, se cogieran de la mano podían llegar del Puente Romano a la Morra-. Sepa el lector que hay más de un kilómetro. ¡Y parecía poca cosa el muy canalla!, para mí que exageraba.

Decía Cándida: –Pues sí, él e muy buenu y aunque tien muchos hijos, no con la muyer, la de verdá, estos son de otres pero dejolos muy ricos, allá en Méjico. ¿Conocen al que está ahora en su casa?, creo que va a casase con la hija del dentista, ési que fuma esos puros y tien los dientes toos nigros-.

Cándida tan recta y poco tolerante en general, era indulgente con D. José en aspectos que además nunca hubiera tolerado en otros, Su devoción y la iglesia a construir, lo tapaba todo a sus ojos.

Inauguración de la nueva iglesia

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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

Un comentario en “DON JOSÉ ~Recuerdos de niñez~

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