EL MILAGRO DE SAN ANTONIO ~Recuerdos de niñez~

San Antonio de Cangas de Onís

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

San Antonio sonreía, sonreía siempre, no era la suya una sonrisa bobalicona como la de otras imágenes, la inteligencia de sus ojos lo diferenciaba de cualquier otra imagen o mortal, sus ojos hablaban, yo era muy niño y tal vez por eso nunca llegó a distinguirme con ese tipo de confidencias. ¡Qué conversaciones se traía con Cándida! Yo estoy seguro que a Cándida le era más útil su corta charla semanal, que lo es hoy, a las señoras que los frecuentan, una hora diaria de psiquiatra.

Me decía la piadosa señora: -Yo no quiero entretenelu muchutampocu hay que abusar, que muches lu necesiten más que yo-.

No quisiera dar una imagen errónea de Cándida, quiero ser objetivo aín cuando siempre fue mi protectora. Cándida no era una beata al uso, eso sí, era piadosa a su modo, los descreídos dirán que era idólatra; pero era simplemente una devota tradicional, apasionada, queriendo a los buenos y siendo severa con los malos. Es cierto que sus amigos éramos buenos, yo sé que no lo soy tanto, y para ella eran malos aquellos a los que quería menos. ¡Todo un carácter! Compréndase que hay creyentes del Antiguo y del Nuevo Testamento, ella lo era sobre todo del San Antonio de Cangues de Arriba.

Mientras Cándida me contaba estas cosas, yo en la cama con mis siete años me encontraba bastante mal. Esa mañana nublada y bochornosa yo había tenido miedo, mi padre enseñaba a sus hijos a nadar con esa edad y ese verano me dedicaba a mí toda la atención de las clases de natación. Mi miedo me llevó esa mañana a comer pan, para no poder, más bien para no tener que bañarme en el río y así librarme de la clase, mi padre lo había comprendido, aunque él parecía muy duro, tal vez no lo fuera tanto.

Librado de la tortura de la clase, de tragar agua y del miedo cerval que estaba pasando esos días, me las arregle para chapotear y poco a poco mojarme por completo. A la vuelta a casa un corte de digestión me imposibilitó, mi familia me dejó en Sotu al cuidado de Cándida para ahorrarme el paseo hasta mi casa en Prestín, barrio Cangués situado en la margen astur del río, es decir en el concejo de Parres, distante más de un kilómetro de Sotu Deu, la aldea de Cándida.

Me contaba Cándida que en los años treinta había en Cangues algunos aparatos de radio. Que Cangues era una ciudad, y yo añado que lo era aunque el rey que había otorgado el título estaba escapado y algunos “fanfarroneando” llamaban “un tumbado” a la moneda de plata de a duro cuando contenía su efigie. Lo cierto es que un rey había hecho ciudad a Cangues y no iba a dejar de serlo por cosa tan baladí, como era que España fuera en ese momento una monarquía o una república.

De hecho Cangues siguió siendo una ciudad, “a mucha honra”, cuando posteriormente España pasó a ser otra vez una monarquía. Aquella peculiar monarquía en la que no se sabía quien era el rey, ni quien iba a serlo, pero que había sido sancionada en referéndum por abrumadora mayoría en el 1948, como ocurre en los convocados por sistemas totalitarios.

Aunque esto es posterior a esta historia, creo vale la pena comentar, porque incluso llegó a parecer que había dos claros aspirantes al trono, a la “sucesión de Franco”, o al menos así lo creía allá por el año 66 mi amigo Del Lago, que era más maduro e informado que yo. Uno de los aspirantes al trono era aquel joven desgraciado, de triste aspecto, que luego murió de muerte accidental y el otro aspirante su primo carnal de aspecto bonachón y palabra torpe.

Sotu Deu, la aldea donde vivía Cándida y yo reposaba aquella tarde, no era una ciudad, era una aldea y pequeña por cierto. Sotu, aun cuando la mayoría no me crea, fue importante, fue el punto de paso del Río Grande, el vado obligado para cruzar por el interior de Tierras Cántabras a Tierras Astures. No me refiero a unos astures cualquiera, no, no me refiero a esos de la Meseta, que componían grandes hordas y se podían escudar en cierto anonimato en el que me consta se protegían en sus relaciones con los nuestros.

Hablamos de aquellos trascendentes pueblos astures norteños, escasos en número de personas, cuyas ciudades y fortalezas no dejaron huella, debieron ser de madera o inexistentes, que también carecían de edificios de piedra salvo las cavernas; como aquellas en las que pasado el tiempo los adolescentes cangueses haríamos chocolatadas. Paraje que llamábamos “Les Cuevones”, en los acantilados del Río de la zona del Molinín, junto al Campu de la Gira. Allí pasados unos años se encontraron hogares prehistóricos, esqueletos de osos de las cavernas y otras “curiosidades”.

Su difícil subsistencia debía ser basada en la caza, la pesca, la miserable recolección y la rapiña a los graneros de pueblos más civilizados y numerosos de la Meseta; lo que debía entrañar bastante riesgo y frecuentes y recíprocas expediciones de castigo.

Aquellos astures que me imagino, del entorno de Cangues, vivían, creo yo, como viviríamos nosotros de implantarse las filosofías de ciertos grupos ecologistas, pero tenían al menos el consuelo de ir a robar a sus vecinos de la Meseta.

Aún cuando me he distraído del asunto en Sotu, antiguo vado del río Sella y actual aldea campesina ya en la Guerra Civil había un aparato de radio. Estaba en la casona local, que era una buena casa, pero no muy grande y también querría decir que tranquila, aunque la solterona Luz ya se estaba preparando para desposar al joven Manolón y también vivía allí la huérfana Covadonga.

Luz era una de las habitantes de La Casona y Covadonga otra, su sobrina, para más detalles.

Manolón era uno de los hijos de un buhonero, habían recalado allí hacía unos años, vivían a temporadas bajo un hórreo al que habían revestido con paredes de ramas tejidas, lo que allí se llamaba paredes de “rametu”. Él era joven, alegre, alto, fuerte, varonil; ¡Cómo no iba a hacerle gracia a Luz! Luz por el contrario era una “señorita”, por lo que nunca había trabajado el campo, ¿O es al revés?, me estoy liando. Además era pequeñita, alegre y amable, todo conduce a que fuera natural que se hicieran mutua gracia, pese a la sustancial diferencia de edad y clase social.

En la Casona además vivían en esas fechas Leonor e Isabel, cerca ambas de la ancianidad, hermanas de Luz que no era mucho más joven que ellas, insisto que su sobrina Covadonga también las acompañaba.

En las dependencias de los colonos se hacinaban los San Juan, familia venida de lejos pocos años antes, constituida por un matrimonio joven, cargado de rapaces no útiles aún para el trabajo, con más hambre que pelo y con un abuelo inútil por los años, pero era un “vieyu muy buenu”, al parecer tenía muy buen trato.

El viejo era quien sacaba la pandereta y les cantaba a los niños, cuando no había que comer, para que bailaran, se cansaran y poder acostarlos. Ya conocen ustedes las costumbres: primero comían los adultos útiles, luego los niños mayores y por últimos niños y niñas, por orden edades y sexo. Creo que al estudio de “lo mejor” para la supervivencia del Clan ahora lo llaman ecología, o al menos es una rama de esta ciencia de moda.

En el caso de los San Juan la supervivencia se debía llamar milagro, mezclado con caridad de sus dueñas, en particular Luz era muy buena con ellos.

La Casona de Sotu ya tenía menos paz, Leonor era la autoridad e Isabel la dulzura, las demás ponían el resto. Covadonga era joven e impulsiva y para su desgracia y la de otros, fea. Covadonga le imponía a la casa un complejo de características difícil de describir. Claro que Covadonga en la fecha de la historia que me estaba contando Cándida, estaba en los campamentos de verano al cuidado de “Los Niños” en Santa María del Mar. Luz ponía la alegría y en su casi otoñal corazón florecía una ramita de amor.

Estos niños y niñas de los campamentos serían llamados años más tarde hasta que murieron de viejos, “los niños de la Guerra”. Esto ocurrió después de un largo periplo gratuito e involuntario que “disfrutaron” por la Rusia Soviética, donde fueron preparados para ser clase dirigente en la España soviética, sin que luego se les diese la oportunidad de serlo. Años después volvieron a España algunos de ellos ya viejos con pensiones miserables. Sus familias los habían reclamado una y otra vez pero no fueron devueltos hasta que ya era “tarde” para todos.

Vivían en Sotu además de los de la Casona, dos hogares de la estirpe de los Cortina, nobles sin gran patrimonio. Jesusón era el hermano menor, tenía un montón de hijos y una hacienda allí considerada más que regular, que pese a todo no daba para vivir a tanta gente. Tenía una preciosa hija, sorda de un catarro mal curado, Teresa, en la que se había gastado hasta la hijuela para intentar curarla.

En sus viajes al hospital de Valdecilla, bien vestidos y gastando, había conocido a un joven con crianza de señorito y oficio de carpintero, su padre al parecer tenía fortuna, pero él ni un duro, ni voluntad, ni constancia. Resumen: Teresa obtuvo del matrimonio muchos hijos y mucha miseria.

Había una hija de Jesusón soltera, llamada Marta, joven trabajadora de aspecto estúpido, así la veía yo. Más tarde me enteré que tenía una enfermedad carencial, el Bocio, que le daba ese aspecto y supongo la tenía algo amargada, era la única que trabajaba regularmente en la casa y gracias a eso no faltaban hortalizas en la mesa, pero en la casa faltaba todo lo demás.

También había entre otros un hijo canalla, que enseguida emigró a América, no sé a que se dedicará ahora. Otro que también se volvió indiano se estrelló años más tarde con su mujer en un avión, ya se sabe… no se libraron. Ella, su mujer, era de los de La Pena, este matrimonio dejó un hijo pequeño “inmensamente” rico por los seguros, pero el dinero se esfumó administrado por las familias de ambos lados.

La otra casa de la noble estirpe Cortina era la de Cándida que vivía con su hermana Remedios, eran Cortina por parte de madre y sobrinas de Jesusón, excuso decir que las herencias como suele suceder en estos casos habían enturbiado las relaciones a términos inusitados, sobre todo años más tarde, cuando Cándida adoptó a aquel niño desvalido tan activo y tan valioso, del que ya hemos hablado y que se llamaba Pachu. Aunque ésta era escasa, “los otros”, los de Jesusón se habían forjado ilusiones con la herencia.

Además vivían en Sotu al menos cuatro familias desposeídas casi de todo, que trabajaban tierras del Marques del Valle del Río Grande. Uno de los colonos era un hombre al que le supongo un origen centroeuropeo, éste nunca llegó a saber hablar correctamente “el cangués”, nuestro idioma local. Él nunca explicó con claridad quién era, ni porqué razón se había refugiado en aquel estrecho y mágico valle, por lo demás su conducta era intachable. Se había casado allí, al poco tiempo de llegar, con una joven del lugar y trabajaba tierras, las cuales eran casi todas ajenas.

La Casona de Sotu daba tradicionalmente cama al caminante, también se les daba cena caliente, no soy capaz de recordar si tenía los dos cipreses que indicaban, o hubieran indicado esto a cualquiera que llegara a una aldea.

A pesar de que la caridad la ejercía La Casona por tradición, debo corregir y admitir la bondad de las moradoras, Leonor, Isabel y Luz. Esta última, como ya hemos dicho, estaba en problemas por el proyecto de boda que empezaba a concretarse. Se iba a casar y camino estaba de que sus hermanas y sobrina le retiraran la palabra. La reticencia al matrimonio era cosa de Leonor, pues Isabel era una bendita. Covadonga tenía poco criterio, pero encontraba “patético” el proyecto de boda.

También manifestaba Covadonga que ella no admitía el matrimonio como institución. La crisis se había abierto cuando se había comenzado ha hablar de la “partición” y Luz había reclamado lo que era suyo, su parte.

La Casona conservaba parte de su antiguo esplendor, no tanto por los ingresos del campo de Sotu, donde tenían una gran parte de la Ería, esta vega que debió ser en su día repartida periódicamente, a la manera de un ejido y su nombre parece indicar algo que tiene que ver con las eras, donde se separaba el cereal de la paja.

También tenía la Casona muchos pastos de verano en el Aspru. Supongo que a este collado en origen le llamaban el áspero por lo pendiente de sus prados. Este recóndito valle no conduce más que a otros más distantes y remotos, explotados a su vez por aldeas desde Sevares y Campo de Caso. Solamente los moradores de las aldeas próximas y algunos cazadores son conscientes de su existencia.

Allí fue donde “los maquis”, me refiero a “Bernabé” y su compinche secuestraron al hijo mayor de Nepomuceno y al pequeño de Sombrero, ambos personajes del pueblo, rico el primero e indiano sin gran fortuna el segundo. Este fue el suceso que marcó a los jóvenes para siempre.

Por cierto recuerdo ahora que del Aspru en general se bajaba la hierba curada en unos trineos llamados “rametos”, a veces en “Carros del País”, esos que “chirriaban como condenados”, por carecer de rodamientos y trabajar a fricción madera-madera, más o menos engrasada. Siendo niño vi desnucarse unos bueyes que se despeñaron con la carga, tanta era allí la pendiente.

Decía que la prosperidad de la Casona procedía de los ingresos de dinero traído desde Méjico, en sucesivas generaciones, por los vástagos varones allí enviados.

Los Peláez, los de la casona de Sotu, eran gente vigorosa, también de Méjico había llegado una Peláez, Covadonga. Cuando llegó era una adolescente con un carácter tendente a trastocarlo todo. Los hombres de la familia se habían desentendido ya enseguida de la Casa Solar. Para su desgracia todo parece indicar que los otros hombres también, excepción hecha de Manolón el hijo del buhonero y ahora novio de Luz.

La jovencita Covadonga despreciaba todo lo que la rodeaba. Su pretensión de cultura urbana, la hacía despreciar cuanto Sotu representaba, sus tres tías languidecían en su ancianidad, dos célibes y la tercera camino de dejar de serlo con una boda tardía, que se le representaba como ridícula, ella, Covadonga, lo expresaba así más o menos: Esta unión que no va a dar fruto, ¿Qué sentido tiene entonces? y pone a la Tía en una situación ridícula, casándose con un hombre tan joven para ella y tan ordinario, para mi que son gitanos, si no ¿porqué andan ambulantes?. Preguntaba 

Hechas esas declaraciones en público, supongo que también pensaría: -la verdad es que él es ¡tan guapo, fuerte, alto! y ¡tan trabajador! además sus costumbres son intachables. Supongo que estaba llena de contradicciones en lo relativo a la boda de su tía y su propio celibato en su treintena.

Covadonga expresaba sus opiniones sobre Sotu. Sus tías le resultaban ñoñas, Luz además ahora iba a resultar “un chocho loco”, los campesinos, propietarios miserables, en algunos su orgullo de apellido era para ella incomprensible y risible, en cuanto a los colonos le resultaban inexistentes. La incomunicación era total, aun cuando ella hacía grandes esfuerzos, o así lo pensaba, para convivir con sus tías solteronas, Luz ya no contaba. Ellas, sus tías, por el contrario se deshacían en atenciones y no vivían más que para ella.

Covadonga que como ya hemos dicho así se llamaba la mejicana había estudiado en la Escuela Normal en Oviedo, daba clase en la escuela rural de una aldea remota y bajaba a Sotu los fines de semana, desde donde se escapaba a Cangues y participaba en todo lo posible en los movimientos progresistas.

Covadonga se había afiliado al partido Comunista, de puro fea decían algunos, cuando yo tuve noticia de su existencia. Esto ocurre cuando ella consiguió salir de Rusia, allá por 1955, gracias a su condición de ciudadana de México. De ese modo dejó atrás a los niños a los que había acompañado a Moscú contra la voluntad de sus padres. Estos eran ya jóvenes prometedores de la Causa Comunista.

Decía que las malas lenguas “disculpaban” a Covadonga de este modo su afiliación política, en los sesenta era considerada esta ideología como un pecado nefando. En mi opinión esta explicación es una falsedad, a mí La Pasionaria me parece que era guapa, sé que era comunista y tengo entendido que tenía mucho éxito con los hombres. Covadonga realizaba campaña, era activa al menos en política, su militancia estaba desconcertando y cambiando poco a poco las ideas de sus tías.

Imagen de archivo de Dolores Ibárruri ‘La Pasionaria’

La incomprensión era mucha en Sotu, Cándida Cortina se preguntaba como una señorita de la Casona podía vestir de aquel modo, fumar “siendo joven”, decir esas palabrotas.

-Con deciti que cuando volvió de Rusia, dejánronla salir porque era mejicana, a los otros maestros entovía los tienen allí con los rapazos, pues buenu, trajo fotografíes de cuando era miliciana, fumando abrazada a otros milicianos, con un pistolón en el cintu

Cándida siempre había sido buena amiga de Leonor, Isabel y Luz. Lo explicaba así:

Claru, como no éramos familia no teníamos porque peleanos, no había herencies en común y nada nos ponía enfrente, ¡nada!; ahora la Política, entós uníanos la vecindad: –E buenu ser amigu del vecín y yo, como llevome tan mal con el tíu Jesusónnecesito a alguien, con los otros, que no tienen más que jame, se refería al hambre de los colonos, y no podemos ni contar con ellos.

Cándida y su hermana iban a Cangues con bastante frecuencia, comerciaban algo con los pueblos de Castilla más próximos, además de atender el poco campo que tenían.

-No teníamos vaques ni siquiera un burru desdique se había idu de la casa el mi hermanu, Fernando, llamábase como tu, que había emigrau a Argentina hacía ya pa diez años cuando la guerra-.

Solamente tenían un cerdo para el “San Martín”, sacrificio anual; además de algunas gallinas.

Lo que estoy contando es un refrito de recuerdos, sobre todo lo que me contó Cándida aquella tarde, el día que se me cortó la digestión.

Cándida y su hermana Remedios, a la que no conocí, pues falleció antes de mi aparición allí, usaban como base de operaciones en Cangues un comercio clásico, el de los “Sumanos”, una especie de comercio para todo; este comercio hacía por cuenta de ellas, más por amistad que por interés, de almacén y de corresponsal con esos pueblos citados Burón, Riaño, etc.

Me contó Cándida: -Era por la tarde, en veranudíjomi Leonor muy apurada, no sabes lo que oí por la radio que va a haber guerra, que los fascistas están armándola, Franco va a traer a los moros a echar a los ministros-. Siguió Cándida: –Yo púsime muy contenta, porque aunque no mi gustaben los moros, no la creí del tou y pensé si a Leonor i’parez mal algo e por les idees que i’metió Covadonga en la cabeza. Si pa elles e malupa mi tien que ser buenu. ¿Cómo elles que eren buenes católiques, que siempre iban a misa y hasta tienen silles en la iglesia y toucon el nombre de cada una, puestu con tachueles, puede gústallos esti desorden?-.

Yo pensé: –A ver si vien Franco con los legionarios y echa a todos estos-.

Sigo con el relato. Pasados unos meses las cosas iban de mal en peor, aunque lógicamente a Cándida y su hermana no les faltaban suministros, en general en el campo no faltaba de lo que se producía, había escasez de otros productos, aquellos procedentes de “fuera”.

En la plaza, lugar de realización de los negocios de los campesinos en general y de ambas hermanas en particular, los funcionarios y autoridades militares pagaban con vales, papeles cortados de cuartillas, con un sello “oficial” local, que entregaban a cambio de lo que “necesitaban”. Obvio es que luego en los comercios estos vales no servían para comprar cuando los presentaba una aldeana; claro es que sí eran aceptados cuando eran presentados por un agente oficial. –Con deciti que esique llamen el Perru era unu de los que mandaben-.

Entre semana, en una de las acostumbradas visitas a Cangues, Cándida se enteró de que habían sacado las imágenes de la iglesia y las habían quemado fuera, bajo los enormes tilos. Cándida enseguida preguntó preocupada por la Capilla de San Antoniu. No preocupó a Cándida si los imponentes árboles habían ardido o no. Pero aclararé a los lectores que los conocí años más tarde y presentaban buena salud, por lo que sé que no ardieron o al menos no ardieron todos.

Tiene Cangues el privilegio de conservar la antigua capilla en honor a San Antonio de Padua, esta capilla es mucho más antigua y tiene mayor valor artístico que la antigua iglesia parroquial, mencionada con motivo de la quema de las imágenes, que aunque mucho mayor y sólidamente construida tenía menos de dos siglos y nada de particular. Posterior a esta historia Cangues tiene una nueva iglesia parroquial, de tamaño monumental, fruto de la donación del “mejicano”, el “piadoso” don José, como declara la placa de su busto a la entrada de la iglesia.

Para Cándida el arte no era exactamente su preocupación, tal vez la Ecología tampoco. Informada de que San Antonio no había sido “tocado,” se dirigió hacia a él, no lo hizo en una invocación, lo hizo subiendo la Carreterona, recorriendo el campu de la feria y alcanzando la antigua plaza de Cangues de Arriba en cuyo borde se encuentra la capilla.

Me contó mientras yo me bebía una infusión de orégano con miel, que había sido recolectado por ella en el borde del río, allá por la Llongar, nombre que procede de un remanso muy largo de Río. Cándida ponía el orégano a secar en haces colgados de los tallos, boca abajo, y usaba, la planta completa y no sólo la flor, para curar los catarros.

Yo i pedí al Santu que no hubiera guerra, que los malos no quemaran más iglesies, que la gente no se matara, y que se fueran todos los malos.

El Santo le hablaba con los ojos y Cándida los sabía leer, tenían la complicidad de una mutua y larga comprensión, ¡Cuántas “Cándidas” no habrían sido antes sus confidentes!, le dijo:

Cándida van quemame como hicieron con los de la Iglesiona, llévame contigo, ya sabes que tengo que proteger a Cangues y si me queman, ¿luego qué?, ¿Quién lo hará?

Cándida era grande, yo la veía enorme con su metro ochenta. Debe tenerse en cuenta que la estatura de la gente de Cangues de mi niñez era muy inferior a la de los jóvenes de ahora, una de mis primeras impresiones en Madrid fue la estatura de la gente de mi edad, tal vez en esto no soy objetivo. Decía que Cándida era grande y San Antonio pequeño, me refiero a la milagrosa imagen de la historia.

Cándida me contó que cogió al santo del pedestal, ella siempre lo tendría en un pedestal, lo tapó con su ropa como pudo, supongo que llevaría abrigo, no sé. Debió ser uno de los milagros de San Antonio que nadie se percatase de lo que llevaba Cándida bajo el abrigo hasta llegar al Puente Romano.

Al llegar al puente, después de portar al santo casi dos kilómetros, Cándida estaba algo fatigada, allí se encontró con dos mujeres, hermanas entre sí, solteras y ya maduras que “cosían”, de nombre Manolita y Raquel. Vivían las buenas señoritas en una de las humildes casas que estaban adosadas al Puente Romano, hoy derribadas para permitir ver mejor el Monumento; Manolita, menuda y dicharachera le pregunta:

-¿Dónde vas tan cargada?, anda, pasa un ratu y toma un basu de agua con azúcar y descansa un pocu, pero la verdá e que azúcar tenemos pocu-.

Cándida se encuentra aliviada, podrá descansar. Eran buenas amigas y su religiosidad las hacía de total confianza.

Todavía en la calle y con un hilo de voz Cándida confiesa emocionada:

-¿Sabéis lo que llevo aquí?, llevo a San Antoniu porque si no van a quemalu, como hicieron con los de la Iglesiona, a ésti salváronlu les muyeres de Cangues de Arriba, pero una noche… 

Interviene Raquel:

-Tienes razón, hicisti bien en traénoslu, lo mejor e guardalu.

Cándida queda aturdida: –Yo llevábalu pa Sotu-.

Manolita levanta la voz, se apura: –San Antoniuno se va de Cangues-.

Ante la bulla Cándida se asusta, penetra en la casa de las costureras e intenta razonar con ellas: –Callai,van metenos preses

Una hora más tarde después de que la imagen fuera guardada en el fondo de un armario, de una dependencia interior, Cándida abandonaba la casa atravesaba el Puente Romano como si ocultara algo, pasar por éste requería subir una cuesta y el puente nuevo era llano.

Tal vez para foráneos no sea fácil entender la reacción de las costureras y la cesión de Cándida, persona de carácter resuelto. No así para mí, pese a que soy muy parcial de Cándida y siempre confié en la firmeza de su carácter. Pero Sotu está en la margen Astur del Sella y Cangues está en lado Cántabro, si San Antonio hubiera pasado la raya, cruzado el “agua”, se hubiera materializado una deserción de trascendencia imprevisible. En opinión de ellas el santoral se hubiera trastocado.

¡San Antonio había desaparecido!, se decían muchas cosas, las versiones variaban: desde el milagro, hasta el expolio, pasando porque algún devoto lo hubiera escondido. Pero San Antonio siguió siendo objeto de devoción, hasta la milagrosa reaparición luego de la “liberación” por las tropas insurgentes. Muy pocos sabemos lo que en realidad ocurrió, creo que el urdir la reposición anónima fue obra de doña Clara, maravillosa catequista y amiga de las custodias, pero de eso no estoy seguro.

Pero sí, todos estaban seguros de su reaparición, al menos así lo manifestaron en la Gran Romería que se celebró con tal motivo. Se diría que creían que nuestro San Antonio particular era una especie de Ave Fénix, que quemado resurge de sus cenizas.

En Cangues ¡todo es posible! Aunque creo que tampoco este oriental mito es exacto. He leído que éste, el mito, es fruto de un malentendido del traductor griego de un refrán. Al parecer sabía menos idioma del necesario para la empresa acometida de traducir mitos orientales. Tomó un refrán por una leyenda y donde debía leer: “El palmeral resurge de sus cenizas”, no conocía palabra “palmeral” e interpretó “Ave Fénix”, inexistente y desconocida ave, aún en las leyendas. Vamos, que fue un ave extinta ya desde su “aparición”. Así inventó el popular mito y la más popular ave.

Aunque me estoy distrayendo de la historia que nos ocupa, creo que es cierto que los bosques renacen con el tiempo de sus cenizas. Pero en la Península, como sigamos quemando el campo a este ritmo, no va a quedar la mínima masa crítica arbórea, que permita la espontánea reposición. Para ejemplo véase los Monegros, que tal vez no fueron quemados pero, hoy por hoy están perdidos para siempre.

Me dijo Cándida, no tengo razones para no creerlo, que durante la desaparición de la imagen, ésta no se movió de la casa aneja al Puente. Cándida estaba segura, yo también, de la gran influencia de la presencia de San Antonio en lo que ahora voy a narrar.

Me contaba que la Guerra Civil se había tornado horrible. Ya se sabe, donde mandaban personas del propio pueblo, podía haber alguna venganza, alguna atrocidad. También se sabe que el poder emborracha al que lo ejerce, sobre todo cuando no tiene límite. Pero la presencia de personas que te conocen es un límite a ese poder, no así donde se impone alguien de fuera.

Los insurgentes, las Brigadas Navarras, llegaban por el Este, no parecía preocuparlos crear “bolsas enemigas” a sus espaldas. No ocupaban cada pueblo, ya que su objetivo era avanzar hacia el centro, hacia las grandes ciudades y las cuencas mineras.

Los Insurrectos no comprendían la importancia de Cangues, pese a su abolengo.

Las “autoridades militares locales” creían que tendrían más tiempo para el desalojo, no fue así, los fascistas dejaron el pueblo atrás sin darles una oportunidad de una heroica defensa, tal vez haya sido una suerte para el pueblo, pero ¡Oh decepción!, pánico al imprevisto, iban a quedar embolsados, quedándose sin escapatoria. A toda prisa los milicianos fieles a la República, es un decir, deciden retirarse hacia el centro de la Región.

No eran muchos los que desalojaron. Los soldados desaparecen por arte de magia, supongo que San Antonio no tuvo nada que ver, hacía milagros, pero nuestros santos no hacen magia. En la retirada se queman algunas casas: las de los teóricos desafectos al gobierno “legítimo”, y se dinamitan los puentes.

Vuelvo al relato literal de Cándida:

-Los aviones de Franco, buenu creo que eren alemanes, daben pasaes por encima del pueblu, un soldau que tenía que prender la mecha, salió corriendo de Casa Josefa, ya sabes, la de la tienda donde tengo la libreta-.

Entonces era frecuente ir comprando a crédito y una vez cada mes o cada semana, dependiendo de la periodicidad de los ingresos, se pagaba lo que el comerciante había apuntado.

Ésti soldau era un mineru muy malu que molestaba a la gente y les moces i tenían muchumiedu. Cuando iba a llegar a la bolera, que entonces nadie la usaba, dieron’i un tiru desde un avión antes de que prendiera la mecha, Cándida resopla, salvoseel Puente, no el Puente, también el pueblu enterusalvolu San Antoniu, yo creo que con un españidu así hubiérese deshechu hasta mi casa en Sotu.

No tengo la más mínima duda de la sinceridad de Cándida, pero hoy se despiertan mis dudas de su visión de la realidad, no dudo de la fidelidad de algunos detalles de la historia, pero ni una de las primeras atómicas hubiera sido tan devastadoras como Cándida se lo imaginaba.

Esa tarde-noche vino mi hermana a buscarme, ejercía de madre alternativa a su temprana edad, con su carácter cariñoso e intransigente al tiempo, que me resultaba tan confortable y tan protector. Al día siguiente fui al río y no tuve excusa: tragué agua, pasé miedo, nadé, me hundí y fui objeto de las chanzas de mi hermano pequeño, qué no había llegado aún a la edad de la responsabilidad en materia natatoria y de mi hermano mayor que nadaba como una rana y despreciaba, como adolescente que era, mi carácter que juzgaba pusilánime…


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

Un comentario en “EL MILAGRO DE SAN ANTONIO ~Recuerdos de niñez~

  1. Que Joaquin de bueno que es se cree malo y es un diccionario ambulante de memoria admirable y como justo y amigo y familiar el mejor a pesar de que su indigestion y casi aprendiendo a nadar recuerde malos ratos que fueron de su estupenda formacion.

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