No podemos acostumbrarnos a ser esclavos

Libertad de Faye Hall

Libertad. Faye Hall

ALEJANDRO URIZ LUCIENTES

Es sábado dos de enero del 2021. El Gobierno de la Comunidad Autónoma de Aragón -podría ser cualquiera- convoca una rueda de prensa para anunciar nuevas medidas frente al virus, que entrarán en vigor en los próximos días. Los titulares de los periódicos, para variar, son engañosos: ni son nuevas, porque en ellas no hay nada de novedoso o innovador, ni son medidas en todo lo que abarca el significado del término, ya que vuelven a reducirse a más restricciones.

Esta breve reflexión no tiene por objeto buscar responsables (o culpables) -que los hay, y no somos en ningún caso la generalidad de los ciudadanos, pues nosotros tenemos reconocido el derecho a la protección de la salud, y los poderes públicos el deber de garantizarlo (art. 43 CE)-.

Tampoco quiero analizar el alcance o la eficacia de las concretas nuevas prohibiciones -aunque tristemente es inevitable imaginarse a un grupo de políticos inexpertos, absolutamente superados por la situación, algunos con mejores intenciones que otros, tirando los dados o consultando una bola de cristal, para decidir cuánto cambia el porcentaje de aforo máximo permitido en las terrazas o cuánta gente puede venir a cenar en horario británico a mi casa-.

Lo que quiero es recordar que una vez fuimos libres. Y que incluso, aunque parece mentira, todavía lo seguimos siendo, al menos formalmente. Los ciudadanos españoles tenemos una serie de derechos y libertades amparados por acuerdos internacionales, el texto constitucional y sus leyes de desarrollo y tratados disposiciones de las instituciones europeas.

Los derechos no son absolutos en ningún caso, y es por ello que hay instrumentos para limitarlos y hasta suspenderlos temporalmente. La declaración del estado de alarma es uno de ellos que, por cierto, sólo permite su limitación. Ahora lean la última frase sin partirse de risa, o ponerse a llorar.

La limitación o suspensión de un derecho fundamental -el otro día un familiar me contaba con cierto asombro que, después de tanto escuchar una cosa y la contraria, había comprobado que la libertad de movimiento, el derecho a circular por el territorio nacional (art. 19 CE), es, sorpresa, uno de ellos, y que aparece también en el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos– ha de hacerse única y exclusivamente, con todas las garantías y cautelas, cuando en una situación determinada está en juego otro derecho de igual o superior rango.

Nos han contado que la pandemia pone en peligro derechos como los de seguridad, integridad física o salud pública. Puede ser. Ante esto nos preguntamos, por un lado, si realmente aumenta el riesgo de contagios con las medidas que se toman -por ejemplo, viendo los bares de nuestros barrios cerrados y sus dueños y trabajadores arruinados, espacios en los que es fácil controlar un aforo reducido, mientras los medios de transporte público, que muchos de nosotros tenemos que coger obligatoriamente para poder desempeñar nuestras obligaciones, están abarrotados-; y, por otro lado, si estas medidas en su conjunto sirven para algo -comparándonos con el resto de países del mundo en los que, en muchos casos, ya están yendo a conciertos incluso más multitudinarios que el de Raphael, y sin haber atentando tanto y durante tanto tiempo contra las libertades de sus ciudadanos-.

Con estas líneas generales, quiero hacer un llamamiento a todos los españoles que queremos seguir siendo libres, y a todos los seguidores de las medidas tan arbitrarias e infundadas como autoritarias, que en el fondo también aman la libertad, para recordar que no podemos acostumbrarnos a ser esclavos -a no poder dar un paseo a partir de las 23, respirar aire puro en medio del monte sin una mordaza, publicar lo que nos de la gana en Instagram, salir a tomar unas copas con nuestros amigos, trabajar en nuestra profesión, despedirnos de nuestros seres queridos en sus últimos días en el hospital o en su funeral o visitar las maravillosas ciudades y pueblos que hay por España-.

No hay ninguna pandemia, ninguna catástrofe por más trágica que sea, ninguna razón sensata que justifique renunciar a nuestra libertad, que no es menos importante que la propia vida. Prefiero morir de pie que vivir de rodillas, ¿no?

Libertad III. Frederick Candon

Prefiero morir de pie que vivir de rodillas

Emiliano Zapata

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Publicado por Alejandro Uriz Lucientes

Futuro jurista de reconocido prestigio. Amo la libertad y por eso la defiendo.

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