LA MILI DE GUILLERMO ~Recuerdos de niñez~

Mirador del Fito

Mirador del Fito – Parres 

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Don Guillermo Precendi era un hidalgo de Parres, concejo próximo a Cangues, su familia, los Precendi, habían desempeñado un papel activo en la corte desde “siempre”, ocupando cargos durante generaciones. Se habían emparentado con casas ilustres de los más diferentes puntos de la geografía española, se decía que por sus venas corría sangre de una princesa Azteca. Habían vivido siempre con desahogo, en ocasiones en la opulencia.

Su padre, don José, se había casado ya talludito con una jovencita de buena familia local, de nombre Consuelito; ella era casi una niña, había salido del internado para casarse; él era genuinamente bueno y se había enamorado de ella de inmediato, supongo que de la alegría juvenil y del candor de la niña. Se habían enamorado de tal modo, tan profundamente, que don José no tenía sentidos más que para su recuerdo y para el hijo que habían tenido y en cuyo parto Consuelito había entregado la vida.

Pasado un año escaso desde la boda, Consuelito había alumbrado un hermoso niño. Cuando empezaron los primeros síntomas, los primeros dolores, don José tiró del cordón de la campanilla, al poco se presenta la doncella.

-Remedios, despierta a la Señora, dile que la niña se encuentra mal.

Doña Mariana se levanta y de inmediato ordena:

Remedios ve y llama a la comadrona, a la Cuervina y di’i que Consuelito está ya pa tener el críu.

Mientras esperan a la comadrona, se presenta el médico, Tino, el caballerizo, lo había avisado por encargo de don José.

Don Alfonso, que así se llamaba el médico, visita a Consuelito, pero en cuanto llega la Cuervina a los hombres no se les permite la presencia en la habitación.

Don José y don Alfonso esperan impacientes fumando sin parar, ya se sabe que entonces los cigarrillos se “liaban”, la petaca era la del médico, don José tira más tabaco al suelo que al papel que sacan del libritu. Suspirando don José dice preocupado: -Es tan joven-, el médico: -No te preocupes es fuerte y está llena de vida-.

Nace el niño, su llanto alivia a don José. -¿Cómo está Consuelito?-, pregunta a doña Mariana que se presenta con el niño en brazos, la cara excitada, su rostro expresa alegría mezclada con preocupación. Doña Mariana se serena, se vuelve seria y le dice a su yerno:

-Ella está bien, no te preocupes, pero espera un pocu porque está perdiendo mucha sangre.

Interviene Remedios: –Vamos a matar un pitu pa hace’i un caldu, ya sabe usté que e mano de santu.

Dos días después murió Consuelito, don José aunque desconsolado cumple con sus obligaciones, es el jefe de la casa en el duelo. Cumplidas estas obligaciones se encierra en su gabinete, doña Mariana se hace cargo de todo y le anima cuanto puede, rogándole, qué coma, qué salga a pasear con el caballo y pasados unos días intenta persuadirlo para que se vaya a la Corte a pasar una temporada.

Don José decide cesar su actividad como abogado, opta por refugiarse en su casa solar de Vallobil, sus tierras, cultivadas por colonos, producen lo necesario para vivir con holgura. Se lleva al niño y deja su casona de Cangues a cargo de doña María, la casa de la villa estaba cerca del Puente Romano y de la calzada que se dirigía a Castilla cruzando el antiquísimo puente sobre el río que llamamos Dobra, tal vez porque se nos olvidó que esta palabra no significa más que río en la lengua hoy olvidada de los antiguos pobladores y por ello no necesitamos de un nombre propio. ¡Hoy ya no existe la casona! 

Don José no quiere compartir el niño, no quiere que se lo maleduquen, la educación de Guillermo será cosa suya.

Eso sí, como don José no puede hacerlo, Guillermo es criado por un ama, Tere, mujer lozana, ama de cría “muy buena”, según le dijeron a don José y se apreciaba por sus generosas formas. Tere estaba destetando a su hermoso niño, Pepín, de dos años, de carrillos colorados y nariz permanentemente sucia. Ambos hermanos de leche, Pepín y Guillermo serán durante unos años camaradas inseparables.

A sus diez años Guillermín exigió ser llamado Guillermo, más apropiado a su grado. En esas fechas don José y su hijo ya se habían acomodado en la casona familiar de Cangues, su abuela, doña Mariana, aunque joven y enérgica había fallecido. Guillermo acompañaba a don José todo el tiempo que sus estudios le permitían. Un cura severo le había adoctrinado en las primeras letras, los números y las tablas, el niño era despejado y aprendía con facilidad. Las oraciones y actos piadosos fueron “cosa” de su padre.

Guillermo hacía escapadas a jugar al río. Tirar piedras era un deporte muy agradable, también le divertía robar nidos de pájaros, visitar el poblado de los gitanos a charlar, husmear y ver sus caballos y asnos.

Estas visitas le gustaban particularmente, porque allí era tratado como persona de alto rango y se admitían sus opiniones sobre las cualidades de las cabalgaduras. Por aquellos tiempos la Serrana, que llegó a ser una abuela importante entre los “calés” locales, no era más que una niña tímida de grandes ojos negros.

En resumen, Guillermo, niño feliz, vive primero en el campo y luego en la Villa, donde cuando no está estudiando latín con el cura, o álgebra con el dómine, es el rey.

Aprendió a cabalgar, como corresponde a un caballero y pronto llegó a ser un jinete consumado. Por las tardes se daba largos paseos a caballo con su padre, que aprovechaba para charlar con él e inculcarle aquello que un señor debe conocer y los principios que debe respetar. También la historia de su familia y parentela desperdigada a lo largo y ancho del mundo.

Este vagar le permitió conocer la comarca y a sus gentes a la perfección. Don José siempre tenía una palabra amable para todos, y también recibía a cuantos lo visitaban, dando consejo y ayuda con verdadera abnegación. La afición a la caza también unía a padre e hijo. Les gustaba la mayor y la menor, pelo y pluma; tenían buenos perros y mejores escopetas, por lo que eran llamados a cada ocasión que el jabalín o el osu, hacían estragos en las cosechas de alguna aldea.

En compañía de su padre realizó algún viaje a Madrid sin haber superado aún la niñez. En el primero le impresionó ver desde el tren: los campos agostados, completamente amarillos, después de ser cosechados, dijo a su padre: -¡Qué seco!, ¡Qué pobreza!-. -No te equivoques-, le advierte don José.

-Esto que ves es pura riqueza, a estos campos vinieron desde siempre nuestros colonos a ganar unos reales cuando no teníamos nada que darles, y con esos ahorros pasaban el invierno y nosotros de paso, con lo que ellos traían; pues ellos compraban lo que podían para llevarse a la boca; se movía ese dinero, lo que permitía vender y comprar lo necesario para mantener también la casa del señor.

¡Madrid!, la Capital, cómo le impresionaron las luces, los coches, conoció el automóvil, con ese ruido y ese olor característico, ¡no eran como el tren! ¡Qué pasión despertó en él!

¡Las casas de amigos y parientes! Enseguida las chicas, ¡Tan descaradas, tan vistosas, tan alegres!

Gran Vía de Madrid en 1930

-¡Cuando i’lo cuente a Pepín!, ¡No lo va a creer!, claru, él e un aldeanu que nunca salió de Vallobil, sólu los domingos a Cangues a la feria. Les mozes de Cangues son otra cosa, eso sí, son guapes y tienen de tou, pero no tienen esa gracia. 

Don José disfrutaba observando las emociones de su hijo.

Pasado el tiempo Guillermo fue llamado a filas, “a servir al Rey”, su padre podía haber pagado un soldado y haber evitado a su hijo las penalidades del Servicio, era lo que se esperaba en el pueblo, pero don José tenía su propio concepto de la honra, lo consultó con su hijo, pero la decisión ya estaba tomada.

Guillermo se incorporó, según sorteo a un cuartel situado en Oviedo y en pocos meses fue trasladado a África. Al comienzo fue acompañado de un criado que le hacía las funciones de asistente, luego lo reexpidió a Vallobil, a la casería familiar. 

Don José estaba sólo por primera vez, se aburría, no disfrutaba de sus paseos a caballo, la caza perdió todo atractivo, al fin razonó y encontró la solución: Este año no se presenta el osu, los conejos no tienen ningún aliciente, tampoco el jabalí abundaba, al fin pensó que la solución al tedio era una cacería de leones del Atlas. Ese bravo león de pequeña talla y melena negra, de los que no deben ya quedar más que unos pocos en los zoológicos y al que me acostumbré de niño a ver disecado en aquella casona.

Don José se presentó, no sé si a la ida, o a la vuelta de la cacería y sin haberlo premeditado; o al menos así lo dijo, en el regimiento de Guillermo y preguntó al primer soldado, un joven tostado de barbas, que podría ser un moro por su piel, no así por su uniforme: 

-¿Por favor, podría indicarme donde podría encontrar al caballero don Guillermo Precendi? El soldado se volvió sorprendido y le dijo:

-Padre, veo que ya no me reconoces, y si llegas a darme ese tratamiento con otro soldado cualquiera, se pasan riendo de mí hasta que se acabe la mili o hasta que los moros me espenen.

La guerra de Guillermo terminó felizmente, volvió a su casa, sin cicatrices, pero enriquecido por experiencias como limpiar a las mulas, Tino lo hacía habitualmente en Cangues con los caballos. También limpió letrinas, peló patatas y realizó todo tipo de trabajos domésticos como nunca se hubiera imaginado el joven caballero. Afortunadamente para él hubo pocos tiros en el tiempo de su servicio militar. 

Guillermo, libre ya del servicio militar, abogado por formación y caballero por situación, planteó su futuro: el sustento no era su principal preocupación, por lo que no vio la necesidad de recurrir a la Pasantía ni a la Función Pública.

Buscó su ocupación en la Cosa Pública, en la Política, participó activamente, pronto fue un joven y reputado diputado de la CEDA. Cuentan que en una de las campañas electorales, en unos comicios bastante tumultuosos, a la salida de un mitin en un pueblo próximo a Cangues, fue lanzado al río con automóvil incluido.

Fue en La Riera, es un pueblo atípico o así me lo pareció a mí siempre, su proximidad al Santuario de Covadonga le da unas características especiales, desvinculados de los “Poderes Terrenos” y relacionados con el “Señorío Espiritual”. Siempre pensé que ellos y los de Les Roces eran distintos racialmente al resto de los habitantes de la comarca y más parecidos entre sí, tal vez realmente sea así.

No sé si es cierto, cómo se dice, que monjes “extranjeros” se enseñorearon de parte del país, de los campos del Convento, que crecían con las herencias y donaciones recibidas, e instalaron en estas aldeas a familiares, a sus parientes pobres traídos de lejanas tierras. De hecho el nombre “Las Rozas” probablemente procede de haber sido colonizado con esa modalidad de cultivo rotativo.

Un dato curioso es que en todas las generaciones ha habido un “Roxu” de les Roces, lo de rojo no hace alusión a la ideología política, si no que se refiere al color de la cara. En mi niñez creía equivocadamente que “roxu” era el color rubio del pelo que acompañaba a esa tez característica en los llamados popularmente roxos, era lo que generaba el ser o no ser roxu. Tal vez la endogamia también habrá contribuido a la diferenciación, ésta es potenciada por la normal concentración y acercamiento de intereses.

Les Roces

Los éxitos políticos de don Guillermo lo pusieron en una posición especial, de hecho en cuanto estalló la guerra civil, quiero decir que en cuanto Franco se sublevó contra el gobierno de la república, don Guillermo tuvo que “salir pitando”, al menos salió de su casa con el mayor sigilo, de noche como un ladrón y no sé por que caminos alcanzó la frontera francesa.

Creo que don Guillermo Precendi, que así se lo conocía desde hacía años tuvo razón al ausentarse súbitamente, sin poder recoger siquiera a su padre ya anciano y desvalido.

De hecho Veceña estaba de vacaciones en su Cangues natal, era un brillante político, catedrático, joven, pero la máxima autoridad de España en Derecho Internacional, no estoy seguro si era esta la materia, y miembro señalado del partido de Azaña, pero ¡Ay desgracia!, en Cangues pesaba más su condición de señorito, hijo de un usurero, para más señas. Los incontrolados a veces sabiamente dirigidos no lo fueron en este caso y “pasearon”, este era el eufemístico nombre que se daba al asesinato en ambos bandos, al prometedor joven antes de que ninguna autoridad pudiera intervenir. La realidad es que segaron la vida del que estaba destinado a ocupar las más altas cimas de la administración y tal vez del exilio.

{(*El catedrático referido se corresponde al cangués Francisco Beceña, padre de nuestro Derecho Procesal moderno // No militaba en las filas de Azaña sino en el partido republicano liberal de otro ilustre abogado asturiano, Melquiades Állvarez) Gracias a Samuel Morse por la aclaración.]

También dejó don Guillermo a su novia, fue una suerte, ella era una joven instruida, hija de un indiano, “cubano”, algo atípico éste frente a otros de los que transitaban por Cangues. Alcántara, el padre de Socorro, era un hombre rústico en su origen, pero había reunido una gran fortuna, que creo se hubiera llevado a la tumba con agrado si hubiera podido. La realidad es que años después Fidel le ayudó a substanciar el efecto de ese deseo, si es que lo tuvo.

Don José, el padre de Guillermo, llevaba muchos años sin más fin en su vida que lo que tuviera relación con su hijo, al faltarle éste se desmoronó, además a su casa de Cangues empezó a no llegar el suministro de sus caseros y colonos, tampoco le llegaba dinero procedente de las ventas de las producciones, buscó refugio en Vallobil, en su casa solariega y fue perseguido a pedradas por los jóvenes vástagos de los que él consideraba sus “protegidos”, éstos habían ocupado la casa señoril, claro está que era más confortable que las de los colonos.

Don José volvió calamitoso y desconsolado a Cangues el mundo se le caía encima, se refugió en la casona de la que no salía, el servicio doméstico le protegía; al día siguiente llegó un carro con algunas provisiones, conducido por uno de los caseros, un anciano de Vallobil. Éste contó que tuvo que escaparse con lo que pudo, como un ladrón en su propia casa y la de su señor, ya que su hijo se lo había prohibido.

Socorro la novia de Guillermo, al principio visitaba y pasaba las horas alegrando a don José, disimulando su pena y en pocos días fue necesario que le proporcionara algún sustento los ánimos no valían para comérselos. Ni en la casa de Alcántara, de su padre, sobraban las viandas. También es verdad que éste y su hijo varón estaban en La Habana en esas fechas y que sus hijas tenían menos poder que él.

Pasados unos días, don José fue desalojado de su casa, para albergar a “los soldados”, los “salvadores de la libertad” tenían preferencia sobre la población civil y claro es por ende sobre el anciano hidalgo.

Como ya he dicho la novia de don Guillermo se llamaba Socorro, era una bella joven de gran inteligencia natural y sencillez en el trato, que la hacían muy accesible.

Al cabo de unos meses cuando Cangues resultó insufrible para ellos, fueron desalojados de sus casas, pasaron hambre, pidieron limosna, Socorro fue reclutada junto con sus hermanas para fregar los edificios públicos: cuarteles, casa consistorial, etc, el Perru, así se le apodaba de siempre, se ocupaba de hacer la labor lo más humillante posible.

Cangas de Onís, tras los bombardeos (ABC)

Después se refugiaron en el Collau Landrín, aldea de la que era natural el padre de Socorro. Estaba muy mal comunicada y por ello más segura, vivía allí el etílico hermano del Sr. Alcántara, aquel que cuando inauguraron la Luz en el Collau y hacía las funciones de alcalde de barrio, comenzó diciendo algo así como:

-Gracies al mi hermanu ya podemos buscar les coses que perdamos por la nochi. Cuando alguien quiera ver, aunque de noche ya se sabe e mejor dormir, o hacer otres coses que no necesiten luz; pero si algunu pierde la navaya u otra cosa y no quier esperar al día siguiente, no tien más que dar a esta tarabica y préndese la luz, y no e brujería, que mi lo dijo el mi hermanu que fue a Cuba y e muy listu y tien muches perres y hasta leones trajiera si quier.

Se debe hacer aquí justicia a Alcántara, pues si bien primero se dijo con cierta falta de generosidad que desmerecía de otros indianos, él pagó de su bolsillo la luz de su aldea natal y costeaba el gasto de todos los vecinos, al menos los primeros años.

En resumen Socorro se hizo cargo de don José, los criados fueron refugiándose donde pudieron, ya que no podían sostenerse en la casa carente de alimentos. Después ocupada por los soldados, don José absolutamente desposeído por la desgracia y particularmente en ausencia de Guillermín, que así volvía a llamarse para él su hijo.

Pasados unos meses Cangues, no solamente Cangues, toda la Costa Cantábrica fue “liberada” por los insurgentes, y aunque los combates debieron ser duros, dado la orografía de la zona era fácil de defender. La ciudad de Cangues fue abandonada sin lucha. En la retirada ardieron algunas casas, todas ellas de los considerados desafectos a la República y se fusiló algún que otro “preso”. La entrada de las tropas también ocasionó catástrofes con fusilamientos y redistribución de los locales de negocio. Un dato curioso es que el Puente Romano fue artillado aunque no llegó a explotar.

Para Socorro la “liberación” fue auténtica, se atrevió a bajar a la Villa y don José recuperó sus fincas y casas. La alegría fue inmensa cuando Socorro le dijo que su hijo volvería pronto.

Don Guillermo se retrasó aún más de una semana, volvía por el Puerto de Gijón, Socorro se desplazó allí con don José.

Don Guillermo había estado colaborando con el “Régimen Golpista”, esperando con ansia “la liberación” de Cangues, de vez en cuando recibía noticias de Socorro y su padre, nada buenas en general. Aunque sabía que estaban juntos y eso le tranquilizaba, tenía mucha fe en la capacidad de su novia.

Socorro se desplazó a su encuentro con don José. Cuando Guillermo se bajó del barco, don José se emocionó, Socorro corrió a abrazar a su novio, llora de alegría, se estremece y lo estrecha hasta límites que hubieran resultado poco decorosos antes de la separación; su padre siguió en silencio, estático, eso sí, tenía una sonrisa feliz, pero estúpidamente feliz, por la comisura de sus labios se le cae un hilo de baba. ¿Qué le ha ocurrido? Sencillamente la emoción, él estaba como me imagino a Santa Teresa en pleno éxtasis ascético.

Guillermo controla mejor las emociones, pasados unos momentos entregado a Socorro se dirige a su padre arrastrando a Socorro, el anciano no ve, no oye, no entiende; él encuentra a su padre en ese estado y queda conmocionado. El retornado no se lo esperaba, su padre se ha quedado tonto, y él sin saber nada; de haberlo sabido ¿Qué no hubiera hecho por su padre?, hubiera cruzado las líneas para socorrerlo, liberarlo de esto, ahora con toda seguridad será demasiado tarde.

Comienza con una batería de reproches:

-¿Por qué no me lo dijiste? ¿Porque no me avisaste que mi padre estaba así? yo hubiera ido a veros a costa de lo que fuera-. 

Se excita y dice lo que no quiere. Socorro, toda corazón, llora desconsolada, pasa de la mayor de las alegrías a la más intensa pena, ¿Pensar que ella sólo vivió para don José y para esperar por su novio? ¡Y ahora esto! Ella que siempre había tenido a Guillermo en un altar, no sólo por su valía si no por su exquisita sensibilidad y caballerosidad.

Socorro llora, su pena se va tornando rabia. Don José se despierta del letargo:

-¿Qué ti pasa Socorrín? ¿Que ti dijo esi? Cambiarómnoslu ahora e un hombre malu, ¡esta guerra tou lo estropea! Si él no te quier yo me ocuparé de ti. No te preocupes de nada; yo no vuelvo a habla’i, mira que haceti eso a ti, la más buena de toes, ¡Tan buena como Consuelín! 

Don José dice esto entre un llanto mal contenido, abrazándose a la novia de su hijo.

Guillermo está atónito su padre no está tonto y está muy enfadado con él. Se deshace el malentendido.

El final pasa a ser tan convencional que no vale la pena describirlo, solamente decir que muchos años más tarde más de una vez disfruté de la hospitalidad de la Casona de los Precendi y ahora sé que aquel clima de bondad, junto con aquella hidalguía de bien, no los volveré a conocer nunca más en este mundo cambiante.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

Un comentario en “LA MILI DE GUILLERMO ~Recuerdos de niñez~

  1. Interesante relato que mezcla recuerdos del autor con buenas dosis de imaginación, transformando, uno supone que adrede, algunas circunstancias y también nombres del relato real. Como curiosidad, comentar que el «catedrático Veceña» corresponde casi con seguridad al catedrático cangués Francisco Beceña, padre de nuestro Derecho Procesal moderno que en efecto, fue «paseado» en agosto de 1936. Y no militaba en las filas de Azaña sino en el partido republicano liberal de otro ilustre abogado asturiano, Melquiades Állvarez, otra víctima más de un injusto «paseo» en los albores de nuestra guerra incivil.

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