LOS RECUERDOS DE FULGENCIO ~Recuerdos de niñez~

Guerra civil Asturias

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Aquel día era bastante trascendental para mí, me paseaba arriba y abajo, saludando tímido, sabiéndome protagonista y sufridor de la situación. Al llegar al acto, había visto un anciano venerable que me resultaba familiar y que me llevó a evocar recuerdos de la adolescencia.

Recordando que a Oviedo y a Tornín las separaba una distancia de ochenta y cinco kilómetros, quizás debería decir que las unían unos “caminos” que hacían un total de ochenta y cinco kilómetros, no sé cuantos serán ahora con las nuevas carreteras. Separar lo que se dice separar, las separaba casi todo, la vetusta ciudad era provinciana, pero no rural.

Tornín por el contrario era una aldea, distante unos cinco kilómetros de Cangues; de allí era mi amigo del Lago, del que ya hablé anteriormente y él era quien me había contado que sus habitantes habían sido siervos de la gleba hasta hacía pocas generaciones, que el nombre de Tornín procede de “fortín” y que su fonética se deformó con el paso del tiempo.

Yo nunca creí lo relativo al nombre, más bien, en mi mente infantil, lo veía relacionado con la palabra torno, y no se de que modo lo veía emparentado con los tornos de los conventos, que eran los únicos similares que yo conocía. En nuestra comarca se emplea “tornar” por cerrar. De ahí la letra de la canción: “torna la gocha Antona, tórnala bien torná…”. En la canción se le pide a Antona que le impida el paso a la cerda. Otra de las acepciones de tornar es cortar el paso.

Además a diferencia de Tornín, Oviedo exhibe un cartel en un lateral de la casa consistorial, en una preciosa plaza, con la iglesia de San Isidoro cerrando uno de los laterales, este cartel contiene sus títulos, que son ni más ni menos: LA MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA, INVICTA, BENEMÉRITA Y BUENA CIUDAD DE OVIEDO, ganados, uno tras otro, gesta tras gesta.

Por no recordar, no recuerdo como era la iglesia de Tornín, ni si la tenía. Eso sí, cerca, realmente al lado, pasa el Río, el río que era mi referencia de río. Yo “sabía” que en el mundo los había mucho más grandes, que incluso en alguno de ellos desde una margen no se veía la contraria de anchos que podían llegar a ser, lo sabía pero no lo entendía, sabía también que habría otros más salmoneros, pero aún así…

El Río Grande era un río grande, yo pensaba que “lo otro” no serían ríos. Todavía hoy estoy seguro de que si no grande, sí es El Río Sagrado: “Principio y Fin de la Existencia”, pese a lo que piensen tantos hindúes “tan confundidos”, que creen que el río sagrado es ese río “cochambroso”, que ellos llaman Ganges o algo así.

Por el contrario, Oviedo por no tener, no tiene río, ya que no se puede llamar así, siquiera, del río Gafo, cuyo nombre desconocerán muchos lectores, y que pase por Oviedo la mayoría. Muchos creerán que el significado de su nombre sea similar a malo o feroz, bien es cierto que, aunque parezca increíble, sé que al menos allá por los años veinte se ahogó un niño en él. Probablemente su nombre sólo hace referencia a la malatería que albergó en su orilla en el Medievo, seguramente, de ahí también el nombre de barrio de San Lázaro; la lepra fue una plaga universal en esa era.

Pero la verdad es que siendo el río más cercano a Oviedo, no se puede decir que este arroyo haya sido río histórico de Oviedo. De hecho los leprosos no circulaban del todo libremente y no se les hubiese consentido morar en la ciudad.

Yo no Conocí a don Fulgencio hasta aquel día… era tío de mi amigo Del Lago Quien me contó que hasta ese día él tenía una idea muy borrosa de su tío. 

Nuestro encuentro ocurre un buen día, allá por los sesenta, don Fulgencio se presentó en Tornín, era de tarde, yo estaba de visita en aquella casa, la bicicleta me permitía cómodos desplazamientos y justo es reconocer que para los jovencitos de entonces las bicicletas eran una bendición y menos peligrosas que ahora, pues apenas había coches.

Mientras jugábamos delante de su casa, se presentó un señor de venerable aspecto, vestido de traje y corbata, llevaba sombrero, allí no se veían ese tipo de sombreros, yo supongo que la indumentaria estaría raída, pero no me acuerdo de ese detalle, pero en la aldea alguien de esta guisa impresionaba. Era educado y ceremonioso, nos preguntó: -Por favor señores, ¿podrían indicarme donde vive don Manuel del Lago?-. Como el padre de mi amigo era el Maestro Nacional en la escuela local, no nos sorprendió el tratamiento a él dirigido, pero a nosotros, apenas unos adolescentes lo de señores nos pareció absurdo. Su acento sudamericano quizás justificara algo.

Del Lago contesto suspicaz: 

Elli e mi padre y ahora mismu no está aquí-

El desconocido contestó: 

-¡Ah entonces tú eres Manolín!-. 

No señor, Manolín e el mi hermanu-, y cortante continuo: -¿Qué quier usté?– 

Mi amigo era desconfiado y no admitía familiaridades a los extraños.

El desconocido se presentó: 

Perdona que no me haya presentado yo soy tu tío Fulgencio, primo carnal de tu padre, le escribí que vendría y esperaba encontrarlo. ¿Estará fuera mucho tiempo? ¿Ha tenido que viajar? Acabo de regresar de Venezuela y me sería un enorme contratiempo… pasó tanto tiempo…-

Fue cortado por Del Lago, que así llamé siempre a mi amigo.

-Ah buenu, entos usté e el tíu Fulgencio, habiánme dichu que un día de estos vendríes, pero pasó tantu tiempu, no contaba hoy contigo, yo soy Pachín-

Don Fulgencio se abalanzó sobre él y lo abrazó con vehemencia.

Volviendo al paralelo entre Oviedo y Tornín, intentaré ordenar nuestra conversación con aquel interesante señor, más bien la suya. Cierto es que rápidamente le tomamos afición y pasamos aquella tarde ensimismados escuchando su plática. 

Intentaré recoger su charla. Nos contaba: 

-Aquella temporada mi mujer estaba disgustada conmigo… mi vida bohemia comienza con los problemas que me crea la Política y la inestabilidad familiar… Luego llegó la expatriación…-

La charla a partir de un momento discurre como sigue:

-Claro… nos distanciaban las ideas y la incontinencia verbal de ambos, tal vez mi caso fuera más agudo, también su intolerancia era excesiva…-

-Yo me preguntaba cómo era posible que una persona de buena voluntad y culta, como era Adosinda, mi mujer, no entendiera la gravedad de la situación; lo que nos estábamos jugando: La República ganada tras tantos sacrificios. Nos jugábamos todo lo que la República significaba, que era: La Legitimidad, la Justicia Social, el desenmascarar a tanto cura comilón y vendido, el desterrar a los señoritos. Parecía como si algunos todavía gritaran la frase de un siglo antes: “Vivan las Caenas”-

-También es cierto que este tipo de ideas no puede ser entendido fácilmente por personas carentes de elevación de espíritu y cegadas por ese fanatismo, que se pierde en las ramas sin contemplar el bosque en su conjunto. Sólo porque se había quemado alguna iglesia, o que algún infeliz había sido atropellado por hordas incontroladas. ¡Incomprensible, era incomprensible!, todo proceso revolucionario requiere ciertas inmolaciones y éstas eran un tributo mínimo frente al bien buscado, La Libertad, La Igualdad, La Cultura…-.

-Yo había meditado largamente había leído “todo” en esta materia, y ¡a los franceses en su lengua original!, Adosinda por el contrario despreciaba solemnemente todo esto. En su casa, sus hermanos tan agradables ellos, pese a su apasionamiento reaccionario, despreciaban estas cosas sin ni siquiera haber prestado el más mínimo interés a mis argumentos. Claro es verdad que solamente personas con tiempo para meditar y la elevación de espíritu necesario, podíamos entender la importancia de lo que nos jugábamos-.

-Pasado el tiempo, ahora, mi impresión es que don Fulgencio añoraba a Adosinda, pero también, no sé si más, a su parentela, ya que eran una constante en su plática-.

Continuó don Fulgencio: 

-Es cierto que yo en cierto modo compartía con Adosinda la aversión al Marxismo Soviético, ya entonces alcanzaba a ver que el Estalinismo elimina la personalidad del “hombre” y tiende a convertir todo “bicho viviente” en esclavo del aparato.

-El enfrentamiento político nos había ido distanciando, llegamos a discutir por las cosas más nimias. Había otra circunstancia que contribuía a mantener una extraña convivencia; al ser los dos docentes, quiero decir que al ser los dos maestros nacionales, teníamos las escuelas alejadas y por ello solamente nos veíamos los fines de semana en casa de su familia o de mi madre.

-Esta singular convivencia nos impedía resolver nuestras diferencias. Tener que fingir ante otros, no contribuía a una verdadera reconciliación, ni a romper definitivamente.

-Yo escuchaba estas cosas sorprendido con mi mentalidad de niño, hoy pasados tantos años, supongo que la situación que sostenían Fulgencio y Adosinda era similar a las guerras intermediadas por las Naciones Unidas, que nunca se terminan y sólo están algo amortiguadas, pero finalmente son mucho más cruentas, que aquellas menos duraderas.

Contaba don Fulgencio:

-Los días del comienzo de lo que terminaría siendo mi exilio, estaba separado temporalmente de Adosinda, llevábamos cuatro domingos sin vernos, tampoco había visto en ese tiempo a mis dos hijos-.

-Aquellos días fueron para mí de un gran sufrimiento, desde los sucesos de mayo del 36 de Alcalá de Henares, con el enfrentamiento entre población civil con los militares de los cuarteles de Caballería, que acabaron en los famosos consejos de guerra sumarísimos. Cierto es que al general Miaja, el que actuó en nombre del Gobierno, quiso ser enérgico, sin serlo realmente, se le fue la mano.

-Ya se sabe-, decía don Fulgencio, –Además que Caballería fue cuna y refugio de señoritos. Después los rumores constantes de golpe de estado. El asesinato de Calvo Sotelo fue el más sonado, el más trascendente, pero no el único, en Oviedo sin ir más lejos, liquidaron, entre otros, a aquel médico a principios de julio, cuyo funeral ordenó el Gobernador Civil se celebrara a las seis de la mañana, para evitar desordenes, y que, pese a eso, concentró a tanta gente-.

-Además la Pasionaria, tan encendida e imprudente, que amenazó a Calvo Sotelo el día anterior a su muerte, tal vez, dando alas al cobarde y asesino capitán de asalto, que salió a buscarlo desde la Dirección General de Seguridad. Consternación al día siguiente con la noticia. ¡Qué desgraciado acto!

-Yo echaba de menos a Adosinda y a los niños, también a don Enrique, su padre, siempre tan agradable conmigo como parco en palabras; también a sus hermanos gente estimable, aunque fogosa y reaccionaria. Yo siempre fui más reflexivo y racional. La vida me dio lecciones que ellos no conocieron, tenían a su madre tan cariñosa, aunque muy imprevisora, siempre tan sometida a don Enrique. Y él tan serio y equilibrado-.

-Tanto los he recordado y me interesado por ellos desde mi destierro. Ellos siempre me contestaron, se podría decir que cortésmente, algo más cálido tal vez. Me decían que mis hijos progresaban mucho. Pero Adosinda tan fría, al principio con una foto de los niños y apenas una línea en cada carta navideña, espero un reencuentro más afectivo… ya veremos. 

Continuó nervioso: -Antes de verlos debo ordenar mi vida y recuperar mi escuela ¿Podré conseguirlo sin su ayuda? ¡Estos fascistas no perdonan!-.

De pronto volvió al pasado: -Mis cuñados esos jóvenes siempre ocupados, trabajando o estudiando, pero con unas horas en la sobremesa del domingo para discutir sobre la situación del País. Pero ¡Qué ciegos! ¿Seguirán igual?-.

-Turón la villa minera donde me dedicaba desasnar hijos de mineros, tan brutos y tan prepotentes, aún recuerdo a la esposa de Federico, el director de la graduada, era mi escuela ¿sabéis…? Cuando se quejó en la tienda, de aquellas alubias tan caras, y aquella mujeruca tan pinturera según me contaba la buena de Milagros, era la madre de ese rapaz que le llamaban el Pintu, que luego dio tanto que hablar en la guerra. La mujeruca le dijo a la tendera: -“Anda dámilo a mi y no pierdas el tiempu con estos muertos de fame, «muchu sombreru y pocu dineru».

-Aquel domingo lo había pasado en Faro en casa de mi madre, en la aldea, aproveché para ir al chigre y estuve con Pachu que así se llamaba el cantinero, éramos los más destacados militantes socialistas de la zona. La verdad es que aquel hombre me hartaba con su constante charla; él creía que hablaba de política pero era un asno que “no sabía de la misa la media” y no paraba de pedir medidas contra “esos fascistas”, ese hombre era el caos y destrucción. Y… ¡ése era uno de nuestros dirigentes!

-Recuerdo el impacto que me produjo saber que Franco se había levantado, esperé, no obstante, que acabara como lo de Sanjurjo. Pero no… ¿Y ahora qué?, Vaya lío. Cogí la maleta y comencé a llenarla de las cosas que tenía en la pensión, en realidad era la casa de una viuda de la Mina, en la que yo era el único huésped.

-Dejé atrás Turón, la camioneta me condujo al Carbonero, ese tren anticuado ya antes de su inauguración, que como el de Económicos y el Estratégico. Aquel que se proyectó de vía estrecha para evitar facilitar una invasión por un país extranjero, tanto había impresionado la guerra con los revolucionarios franceses, cuando se creía que se perdía la franja norte en contacto con la frontera francesa.

-El tiempo pasa despacio, pero afortunadamente viaja poca gente, cuando llega el tren me subo y me coloco, contra mi costumbre, en el extremo de un vagón de tercera, bancos de madera, me parece que es más discreto, espero que no me conozca nadie.

-El Carbonero avanzaba despacio con su rítmico ruido… “chaca-chaca, chaca-chaca” y su humear, el humo entraba en el departamento en las curvas; tan incómodo, particularmente en los túneles. Cómo me había violentado abandonar Turón con la maleta, ¡Cómo pesaba!, O al menos, a mí me lo parecía… en aquellas circunstancias.

-No quería que se me viera, no quería que me preguntaran a donde iba, quería desaparecer del mapa y evitarme líos; ya había tenido bastantes en octubre del treinta y cuatro, cuando se habían levantado “los míos”, ahora era al contrario eran los militares. 

-Recordaba el miedo que pasé, además la vergüenza por la barbarie de los míos, luego la represión. Además yo, sin comerlo ni beberlo, fui sometido al rigor de esa absurda justicia, que no necesita más que pruebas circunstanciales. Esos fascistas no las necesitaron para otros con menos suerte.

-Distraído en mis reflexiones, de pronto el tren llegó a Oviedo, la Carretera de Gijón, cruzó el puente sobre la calle y vi el lateral de la casa con el anuncio de Almacenes Alpelayo, pintado en el lateral, tal vez estarían allí mi mujer y los niños.

-Esta vez las circunstancias no me permitían refugiarme con ellos, pese a que lo deseaba: en primer lugar las relaciones con Adosinda estaban en un momento horrible. Además, pensaba, que esos “locos” estarían en plena efervescencia, queriendo mezclarse en el lío, particularmente Fabrique, con su cara infantil, del niño que ya no era, esa temporada en vez de estudiar empleaba su tiempo, cuando no estaba trabajando, en rumiar la Política. ¡Hasta se había afiliado a Falange!, ese movimiento del Primo de Rivera Joven, ese señorito de Jerez que está en la cárcel, y hasta creo que Fabrique anda comprando armas, en el teatro Campoamor… de las de tramoya. Un día, cuando las pruebe le van a estallar en la cara, ya se sabe: “no compres cosa vieja que nos sea teja”.

-Pensé: pasaré a saludarlos, ¡Pero no!, ¡No puede ser!, Me van a retener con mil excusas, ella y yo no cavemos en tan poco espacio con la relación como la tenemos ahora. Por otro lado buscar cobijo en tan acogedor hogar hubiera sido confortable, cómo la otra vez.

-Meditaba sin parar, mezclando recuerdos, con octubre del treinta y cuatro, siempre presente desde que me enteré del golpe de Franco, las hordas mineras dueñas de la calle, el gobernador civil encerrado en su palacio, con los soldados del “Tercio del Milán” custodiándolo y dejando la calle a los mineros. La quema de la Universidad, se dijo que por el hijo de Llaneza, que era abogado y que no querría competencia de nuevos titulados.

-Recuerdo el despliegue de los regulares en el Naranco. ¡Que sensación de alivio!

-Recuerdo la angustia que pasé los pocos días que duró aquella revuelta. Para evitar comprometerme me refugie en la casa de don Enrique, mi suegro, estábamos todos nerviosísimos, vimos llegar los mineros, llegaban los trenes a la estación del Vasco, estación situada cerca de la casa que ocupábamos y desde cuya cocina se veía perfectamente la llegada y el desembarco de las hordas, portando banderas rojas, jóvenes insolentes y otros no tan jóvenes con pañuelos rojos al cuello, las multitudes se dirigen a la Fábrica de Armas.

Fulgencio hablaba deprisa, parecía que reviviera su historia. 

-Al cabo de un rato los mineros empiezan a empinar la cuesta, la Carretera de Gijón, algunos con fusiles, provocadores seguros de su poder, increpando a los balcones, a mi cuñado Fabrique le dice un muchacho de no más de dieciséis años: ¡Eh tú, baja que tienes pinta de cura! Nunca sabré si se entendió su respuesta: “sube tú si tienes…”, supongo que no, en cualquier caso no se querían detener, tenían prisa por ocupar la Ciudad.

-Se sucedieron escenas aterradoras, yo, simpatizante de la idea, estaba preocupadísimo y ahora recordando aquello no me imaginaba como podía acabar esto.

-En el tren, huyendo de mi identidad, pensaba: los militares son gente organizada, se unirán e impondrán y harán ríos de sangre o se dividirán y durará la cosa unas semanas, con gran mortandad entre ellos y aún más para la población civil.

-Recuerdo las escenas de octubre del treinta y cuatro alrededor de la casa, al ser un piso alto se veía bastante. Al casero, el dueño de la casa, pero que sabéis vosotros de eso si sois unos afortunados rústicos que desconocéis la barbarie ciudadana… Decía que al dueño de la casa, Juan se llamaba, se le presentaron unos revolucionarios y le conminaron a que entregase a los falangistas, que tenía según decían refugiados en el sótano. Pobre hombre no creo que se recupere del susto, al menos en el treinta y seis todavía no era el mismo, menos mal que Teresa, su mujer, medió en el conflicto, era mujer enérgica hija de Polín el carpintero, empleo su energía para llorar, rogar y resolver el problema del pobre Juan. Claro que esto no se resolvió sin que antes éstos saquearan el comercio de ultramarinos que tenían en el bajo de la casa.

-Me han dicho, pues siempre llegan noticias por lejos que estés, que a éstos ahora les va bastante mal, el comercio hundido, creo que al no estraperlar no consiguieron que los antiguos clientes les dejaran sus cartillas de racionamiento; además con las leyes de alquileres de Franco, los inquilinos no pagan nada y así no tienen apenas de qué vivir. ¿Quién lo diría cuando ocurría todo esto? ¡Se los veía tan prósperos, tan bien! ¡Qué cosas!

-Volvió a mí el recuerdo de mi detención y acusación de ser líder de la revuelta, yo explicaba donde había estado y nadie me creía. ¡Era de locos! Y había quemado mi carnet de socialista, pero mi madre en faro se había jactado de mis proezas cañoneando Oviedo desde el Naranco, hasta se colaba en las colas de abastecimiento, argumentando lo heroico de mi conducta revolucionaria.

-Menos mal que don Enrique, mi suegro, era solvente en la Milicia, y el testimonio de que había estado refugiado en su casa, sirvió como salvoconducto para abandonar la cárcel.

-Eso no me libró de algunas bromas, en particular de mi cuñado Pachu, que era el más guasón, pero la situación era tragicómica para todos menos para mí, por poco me fusilan aquellos que tenía tantas ganas de que llegarán.

Fulgencio volvió al presente. -El mío no fue un caso único, me contaron después, que al paso de la columna que se dirigía a Oviedo en el treinta y siete, por la parroquia de Santiago, cerca de Luarca, en el lugar de Aquelcabo, el coronel, creo que se llamaba López Ochoa, o algo así, preguntó a un campesino que donde estaba Luarca, éste le contesto: 

¿Ve usted aquella capilla blanca? 

-Sí

-¿Y ve usted aquella otra? 

-¡Claro!

-Pues La Villa está en medio-.

-No se veía nada en el medio de las capillas. 

El coronel se encoleriza, 

-¡Capitán fusilen inmediatamente a ese, que es rojo! 

-Por Dios señor, ¿qué es lo que dije? Es la verdad Luarca está allí. 

-Los otros mandos tranquilizaron al coronel y el campesino se salvó de casualidad. Luarca estaba allí pero el tajo del río que había creado tal cañón que permite a la Villa Blanca que no se la vea desde el mar o desde tierra, hasta que ya está uno en ella. 

Nosotros interveníamos de vez en cuando, pero él hablaba y hablaba, sin apenas prestar atención, haciendo de cuando en vez algún elogio de la fruta que habíamos sacado, de lo buena que era y había sido siempre el agua, que habíamos traído de la fuente de la parte de arriba del pueblo. Nos dijo:

 -Además está tan fresca, aquí no llega el hielo-. 

Entonces, que yo supiera, sólo don José Abego tenía frigorífico en toda la comarca.

-Se me va la mente, pero los jóvenes debéis saber de estas cosas. 

Nos halagó, nadie nos daba ese tratamiento tan considerado.

Prosiguió: 

-Luego alcancé la estación de Económicos, ese tren que hace la línea Oviedo-Santander. Pensé: ¡ya llegué!, A partir de aquí nadie me conocerá y en Tornín, con mi primo Manolín estaré a salvo. ¿Sabes?, Yo soy más viejo que tu padre y siempre lo llamé así-.  

-Por favor, pedí, un billete para la estación de las Arriondas, ese pueblo era aún un poblado ferroviario flanqueado por aldeas, San Juan de Parres era aún la cabeza de concejo, o lo había sido hasta fecha reciente, algunas de las aldeas, como Coviella no era siquiera de su término municipal, los puentes desactualizan las antiguas divisiones administrativas.

-No recuerdo el precio, hoy parecería una insignificancia, pero no lo era. ¡Había que ver con que sueldos nos teníamos que arreglar entonces los maestros! El tren ya estaba estacionado en un andén, pero tardaba en salir, fue media hora eterna. ¡No todas las medias horas son iguales! Pensaba a estas horas en Turón ya me habrán echado de menos, reconozco que magnificaba mi importancia. ¡No importa!, las autoridades saben que soy de los suyos, hoy no creo que nadie me echara de menos, pero nuestro ego nos ciega a veces y nos obliga a hacer cosas absurdas.

-Pensaba… en Oviedo me conoce demasiada gente, querrán que me comprometa y no quiero. En Tornín con mi primo estaré de mil amores, ya le escribiré a Adosinda, a ver en que acaba todo esto. No puede durar mucho, si los militares se juntan, se cargan esto que ya se está desbordando, y si no se juntan, en quince días serán fusilados Franco, Sanjurjo y Mola y fuera se acabó. La verdad es que el comandantín es un tipo curioso, simpático, pero qué se va a hacer, uno menos al fin y al cabo, a ver si hay suerte y de paso se va también Sanjurjo. ¡Qué elemento! Mientras hacía estas reflexiones el tren arrancó, humeante y ruidoso, su traqueteo renqueante me llevaba a la liberación.

Fulgencio se detuvo, se secó el sudor de la frente, nos miró y dijo:

-Llevo tanto tiempo hablando que creo que os estaré cansando. 

Su aspecto y solemnidad nos tenían hipnotizados. Yo sólo había visto una vez un obispo, a Tarancón que me confirmó, pero yo estaba seguro: ¡Es igual que un obispo!

-Cuando el tren paso cerca de Faro me preocupó que me reconocieran, nadie reparó en mi presencia, había cambiado mi habitual sombrero de fieltro por una gorra, quiero decir una boina, para darme un aspecto más pueblerino, la realidad es que nadie me reconoció.

-Durante el viaje no hable con nadie, excepto cuando una aldeana que venía con un viejo, me ofreció un trozo de pan con chorizo y le di las gracias evitando entablar conversación. ¡Con lo que me gusta a mí hablar! llamó viaje a aquello porque se tardaba más de tres horas.

-Cuando llegué a Arriondas, observé el andén casi vacío, baje del vagón y me coche dirigí al coche de línea, me acomodé en la parte de atrás del coche, era de aquellos de madera, barnizados en color natural, parecido a una rubia pero más grande. A todo esto yo procuraba pasar desapercibido, aunque pensaba que ya nadie me reconocería.

-Un chicuelo, debería decir un pilluelo, me miró con atención y algún disimulo, lo que me preocupó un poco, pasaron unos minutos, el coche iba a salir, ya con el coche en marcha vino un tipo que me miró muy descarado. Le dijo algo al conductor, creo que fue, que no arrancara sin que lo avisaran, pasó un rato, no sé cuanto, pero se me hizo largo, después se presentó una pareja de policías municipales, uno gritó desde fuera del coche diciendo: ¡Eh tu, cura, sal de ahí ahora mismo!. Estaban encogidos, algo tímidos, lo que compensaban hablando muy alto y con un cierto descaro.

-No me moví, me estremecí, me miraban a mí. ¿Me habían tomado por un sacerdote? ¡A mí!, Al cabo de un rato, tal vez de un instante, no lo sé, para mí duró una eternidad, se resolvió el malentendido se referían a mí. Ante mi pasividad se envalentonaron, entraron en la línea y me sacaron a empellones, el tipo descarado me decía algo así como: “cura miserable” y no sé cuantos improperios más.

-En la calle se había arremolinado bastante gente, curiosos que me increpaban o me miraban con cierta conmiseración, una vieja decía cuando pasé a su lado: “probin dejaílu en paz, ¿qué vos hizo?”, Y dirigiéndose a mí me dijo: “no se preocupe señor cura que el mi Pepe lu va sacar enseguida, en cuantu yo lu avise, él e muy importante aquí, no como estos que son unos muertos de jame”.

-Los chicuelos de la calle me tiraban excrementos, quiero decir cagallones de caballo y me hacían chistes sobre mi tonsura: ¡Eh cura! ¿Por qué no tienes coronilla? ¿Dejástitila crecer después del 34?

-Me llevaron a la casa consistorial, me empujaron a un calabozo en el sótano, el recinto me pareció miserable, tal vez de vez en cuando encerraran allí a algún borracho y poco más, el recinto estaba sucio y no olía bien. Se olvidaron de mí hasta el día siguiente, no me dieron de cenar y dormí mal. ¡Qué angustia! ¡Allí tan solo!

-A la mañana siguiente vinieron a buscarme, usaban mejores modales, me metieron en un despacho, me recibió un hombre con aspecto de oficinista. Me dijo que estuviera tranquilo que no pasaba nada, pero que había que hacer unas comprobaciones de rutina, “Ya sabe usté, que hay que controlar, tenemos que saber quien viaja, no sea que haya espías o reaccionarios de los que andaban por los pueblos levantándolos.

-¿Ya no era cura?, Pensé, pero sí, para él lo seguía siendo; continuó hablándome: “Hemos recibido consignas de especial cuidado con los curas, pero no se preocupe, por cierto que luego va a venir mi madre me gustaría que la atendiera y le dijera que yo lo he tratado bien, ¡e una beata de primera! ¿Sabe?”. Don Fernando el cura de aquí anda escapau y ella está muy triste. Luego comenzó un interrogatorio.

-Di mi nombre y explique que era maestro, de noche había destruido mi renovado carnet socialista, para evitar ser descubierto y comprometido por los del partido, pero me abstuve de decirlo. 

Se dirigió a Del Lago. 

-Di como valedor a tu padre, diciendo que también él era maestro, en Tornín y que estaba de vacaciones y me dirigía a su casa a pasar unos días.

-El funcionario no parecía convencido, se empeñaba en que hablara con su madre: “Buenu a usté que más i´da, hágami esi favor, aunque no sea cura. Usté habla muy finu y a ella va a dai igual, la cosa e que ella crea que yo ayudé a un cura.

Por la tarde llegó tu padre, él estaba bien visto allí, yo había comido un bollo de pan con tocino y media botella de vino, malísimo por cierto, pero “a buen hambre no hay pan duro”.

-Ya no me tenían en el calabozo, estaba en la oficina, aparentemente libre, pero custodiado.

-Todo se aclaró, pidieron referencias a Faro, tras lo cual me dieron todo tipo de explicaciones, hasta obligaron a los guardias municipales a disculparse, lo hicieron tan torpemente como la detención.

-El alcalde me dijo: ¡qué sarcasmo camarada!, Confundirte con un cura, ¿Por qué no te explicaste? Ya sabes que queremos cada cura controlado en su parroquia, que no anden por ahí revolviendo a la gente, ¡la revolución es cosa nuestra!, pero ¡Qué ocurrencia, creer que alguien como tu sea un cura!; aunque mirándote bien ¿porqué no? Me dolió en el alma que me dijera aquello, pero aguanté sin decir nada.

-Todo resultaba aparentemente satisfactorio, pero descubierto, ya no tuve escapatoria, ya no podía refugiarme en Tornín en el anonimato, me vi obligado a irme a Faro a hacerme cargo de mis obligaciones políticas.

-Preocupado, en el tren de vuelta, pensaba ¿cómo terminará todo esto? ¿Cuantos días más durará? A todo esto me enteré que había caído Sevilla en manos de Queipo del Llano, ¡Ese loco!

-No os lo creeréis, pero se presentó en el Gobierno Militar y le dijo a Villabrille, ese general que decían que era medio tagalo y tenía otro hermano con Franco, pues le dijo Queipo que se revelara, como se negó lo detuvo, llamó al ordenanza y le dijo detenga inmediatamente al general. Tan seguro aparentaba, que el ordenanza encerró a Villabrille, unos meses después le hizo consejo de guerra y lo fusiló, cuando ya el gesto era absolutamente inútil. 

-Lo más desconcertante era que Queipo era republicano declarado, desde que se casó sin permiso y al descubrirse, le enviaron una temporada preso a un castillo. Tal vez su asonada tenga más que ver con el fracaso político de su consuegro.

 Un hijo de Queipo del Lano estaba casado con una hija de Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República cesado después de las elecciones del 36

 -En Madrid el levantamiento había fracasado, también en Barcelona y en Valencia. ¿Sería Franco capaz de traer fuerzas de África, entre las que se decía, tenía tanto prestigio?, si las conseguía traer la resistencia sería cosa de días… Luego duró tres años.

-Recordaba sus conversaciones, las de Franco, con mi suegro para convencerlo de que le actualizará los libros de cuentas del regimiento de Santa Clara, don Enrique gerenciaba por entonces La Comparativa, allí lo visitaba aquel jovencito aniñado y petulante, ¡qué ya era comandante!

-Es que Franco, al hacerse cargo de la mayoría, había encontrado un completo desorden en las cuentas del cuartel. Nadie llevaba las cuentas desde que mi suegro, don Enrique, se había retirado, con aquella ley que permitía retirarse a los militares con veinte años o más de servicio y él había llegado de niño, con quince años. ¡Se habían ido todos sus primos de la edad!

-Franco no arriesgaba su carrera por unas cuentas mal llevadas, aunque le costara su dinero, al fin y al cabo era comandante y no tenía ni veinticinco años y era soltero aún.

-Volví a mi realidad, me preocupaba no implicarme demasiado, pero ¿cómo sería eso posible en Faro?, Con mi madre, tan exaltada, tan rústica, con el bestia del tabernero que hacía de alcalde de barrio, ¿Qué pintaba yo en ese ambiente? ¡Yo qué me había criado con los frailes!, Me habían educado para ser una persona refinada y me habían inhabilitado para desenvolverme en ese ambiente. El convento era de lo más refinado, ¡sólo se hablaba en Francés!

-La vez anterior, cuando la revolución de octubre, en Faro habían repartido las existencias de la tienda de ultramarinos, que era de una familia de derechas, los habían repartido al modo libertario, cada uno lo que podía cargar, hasta que no quedó nada en la tienda. ¿Qué será saquear?

-¿Qué se estaría haciendo ahora? El tabernero, en realidad, sólo quería tener a alguien responsable, para hacer lo que le diera la gana, no me iban a hacer ningún caso y de nada valdría mi sentido común.

-Ya en Faro, camarada para aquí, camarada para allá. Algunas detenciones de reaccionarios, procuro no comprometerme y evitar demasiados atropellos.

-Luego pasan los días, Franco no avanza apenas. ¡Oviedo no se rinde! Yo impaciente, ¿qué va a pasar? Están paseando a mucha gente. Llamaban pasear a ir a buscar a algún infeliz a su casa y matarlo al borde de cualquier carretera. También hay un montón de gente en las cárceles, sólo por sus ideas, o las que se les suponían.

-En octubre empiezan a faltar víveres. Pachu, el tabernero dice: “no hay que preocuparse, en Oviedo hay de todo los militares guardaron de todo allí y por eso no tenemos de nada. En cuanto conquistemos Oviedo nos repartimos lo que haya, como hermanos, como hicimos aquí en julio”.

-Yo le decía: el aceite se repartió al principio, y la mitad se fue al suelo por falta de cuidado, ¿a quién se le ocurre pasarlo de la barrica a las botellas con un hervidor?

-Fulgencio, si no supiera de tu adhesión, pensaría que eres un cochino “nacional”, siempre criticas todo lo que hace el Pueblo. ¡Era un cerril y no había con quién tratar!

-Pero Pachu, si la gente, viendo la abundancia, uso el aceite para las lámparas, creyendo que cuando se acabara se repartiría más, derrocharon sin la mínima previsión, así no alcanzará nada, nunca.

Don Fulgencio continúo con su charla:

-En febrero en una visita a Gijón, para curiosear y liberarme del ambiente de Faro, me insolenté con un guardia, cuando éste pedía la documentación al entrar al andén del Carreño, el guardia me empujó con muy malos modos.

-Le dije: “mejor era tan valiente con los fascistas y dejaba en paz a la gente que no le hizo nada”, la reacción fue inmediata: me detuvieron. Las formas fueron absolutamente violentas, me llevaron a empellones, llenándome de improperios, la blasfemia estaba al orden del día”.

-Yo me sentí descansado, no había que preocuparse, tenía mis influencias y no iba a pasarme nada. Solamente era un modo de quitarme de en medio ahora que las “columnas gallegas” estaban de camino. Los nacionales me encontrarían en la cárcel y de ese modo no me pedirían cuentas por mi gestión en Faro, donde por cierto no había incurrido en ninguna responsabilidad. Además estaba mi suegro, que incluso se había movilizado y me llegaban noticias de que lo había herido un proyectil, en la defensa de la Fábrica de Armas. Ahora le sería más fácil socorrerme si hacía falta.

-Por cierto os diré que a esa familia en el aniversario de Lepanto, les habían herido a todos los hijos en la defensa de La Loma del Canto, que tanto dio que hablar. En la cárcel me contaron que Adosinda se trasladó al hospital y que allí estaba en su salsa. Sólo fue de cuidado lo de Fabrique, que cuando lo vi luego de la “Liberación” seguía andando con cachabas.

-La cárcel fue para mí una tortura, los presos no me hablaban, los presos se creían que era un espía, que estaba allí para descubrir complots, como si hubiera podido existir un complot en aquellas circunstancias. ¡Dios mío, qué soledad!

-Para los carceleros era un cochino traidor, alguien con el que no cambiar más de dos palabras seguidas… ¡Ningún consuelo! ¡Con lo que me gusta a hablar!

-Apenas recibía noticias, estaba fuera de los circuitos. No me enteraba ni de los bulos a los que son tan propicios estos ambientes. ¡Lo que recé esos días!, yo, que era ateo y no había rezado desde la adolescencia.

-Estoy seguro de que nadie puso tanta fe en Franco como yo en aquellas circunstancias. Ahora no sé si rezaba a la Virgen o a Franco.

-Es cierto que en todo momento intentaba acercarme aquellos desventurados, para enterarme de cosas y sentir algún calor humano. Pero conseguía poco calor y casi nula compañía.

-La comida no paró de empeorar, empezaron a llevarse a algunos presos, nos decían que eran traslados, sospechábamos lo peor. También los interrogatorios se hicieron más frecuentes, ¿Que podía decir aquella pobre gente?

-A medida que pasaba el tiempo el desánimo cundía más y más, llegó un momento en que empecé a poder estar con los demás, tal era el abatimiento. Había un tal Manolo que incluso empezó a venirme con cuentos, sobre la ilegitimidad del golpe de Franco y cosas así. Éste fue el que me delató cuando llegaron los nacionales, en la puerta de la cárcel me esperaba para delatarme.

-Un día llegó la liberación, había mucho revuelo en la cárcel, llevábamos dos días sin comida apenas. Las tropas de la columna gallega estaban optimistas, nos abrieron las puertas y nos abrazaban. Pronto algún preso dijo que no se podía soltar a todo el mundo indiscriminadamente, que había delincuentes comunes e incluso algunos rojos, que esos eran los peores. Manolo me buscó con la mirada y dijo Fulgencio es un espía.

-No fui liberado, me quedé detenido. ¡Vuelta a empezar! a dar explicaciones. En los interrogatorios me harté de hablar de mi suegro que conocía a Franco, pero los gallegos no lo conocían, también hablé de mis cuñados, que se habían movilizado todos, que habían salido el primer día y que eran alféreces provisionales e incluso habían sido heridos en la ofensiva de octubre.

-Tres días después llegó la orden de dejarme salir, don Enrique se había portado. Yo pensaba: ¡qué hombre!, Pocas palabras, seco, enjuto, serio, pero siempre que se lo necesitaba respondía.

-Fui a Oviedo a darle las gracias, mi suegra como siempre, tan acogedora, con su expresión siempre alegre, don Enrique apenas abrió la boca, la herida aún no había curado y su hombro le debía doler mucho. Los jóvenes estaban en el frente, excepto Fabrique, que como ya dije, seguía invalido con las heridas sin cerrar.

-Este joven tenía la cara con costras de la metralla, sobre todo alrededor del ojo izquierdo, andaba con bastones, por lo demás se lo veía de lo más optimista, se había liberado de las diez horas diarias de la academia y no estudiaba, para él aquello suponía una verdadera liberación.

-Los niños locos de contentos, pero Adosinda me saludó muy fría… ¡qué mujer!, No perdona, ¿Porqué es así? Yo estaba dispuesto a una reconciliación, pues nada.

-Me desconcertó que en Oviedo hubiera comida, comí en aquella casa y me fui; allí no tenía espacio, Adosinda sin necesidad de palabras me lo puso muy claro, su frialdad su desdén y el abandonar la mesa, sin apenas haber comido, lo ponían todo de manifiesto.

-El regreso a Faro fue de lo más accidentado, llegué de noche, mi madre me recibió de lo más alegre, pese a que estaba endemoniada con la ocupación fascista de Asturias: “El Valuarte”, decía.

-Pasado el primer momento comenzó a hacer todo tipo de reproches a mí, a los mineros, al gobierno de Madrid, por no traer armas, etc. ¡Qué idioma usaba mi madre! ¡No os lo podéis imaginar!

-En Faro ahora sacaban la barriga los que hasta ahora andaban escondidos, algunos cuando me veían antes de mi desaparición, eran de lo más servil, ahora eran insolentes.

-También habían desaparecido algunos izquierdistas, aunque quise ser prudente, me enteré que de algunos estaban detenidos y otros huidos.

-Para mí seguían los malos tiempos, en la primera semana aparecieron dos cadáveres en la carretera, seguían los paseos y ahora eran los otros.

-No se sabía quienes daban los paseos, pero se decía que algunos eran los mismos que lo habían hecho en el otro bando y que se estaban congraciando con el vencedor.

-Empecé a preocuparme y por ello a alardear de familia política, de mis cuñados, que si eran oficiales, que si don Enrique era amigo personal de Franco. Andaba como esos niños que andan diciendo que su padre tiene una pistola, y otro responde que su padre es policía o boxeador.

-Al anochecer empezaba mi angustia, procuré esconderme, anduve escapado, durmiendo en casas de amigos y parientes, para no ser localizado, la oscuridad de la noche era el peligro.

-Tenía verdadero miedo a la indiscreción de mi madre, así que no la informaba de mis andanzas y ella se creía que era un tenorio y me reprochaba que fuera tan calavera y pedía que tuviera cuidado de no preñar a alguna infeliz, que ella sabía lo que era eso.

-Además se había inventado y parecía que lo creía, nunca supe porqué, que yo estaba en correspondencia con Moscú y lo contaba por ahí. ¡Cómo me complicaba la vida! ¡Qué locura! Y mientras yo muerto de miedo.

-Después, para qué seguir, el exilio…

-Tu padre no llega, estoy agotado. ¿Podías ponerme algo de cena y disponerme un sitio donde acostarme? Mañana seguiré con la historia, es importante que los jóvenes la sepáis y no la repitáis.

El resto de lo relatado tuvo menos interés, cuando Fulgencio se hubo acostado, Del Lago me contó que su tío era bastante pintoresco, cosa que yo ya había notado y que “sabía mucho de todo”, pero carecía de sentido práctico y cosas de ese estilo, que creo que repetía sin entender del todo como me pasaba a mí mismo.

He recordado esta historia, al creer reconocer entre los invitados a Fulgencio. Ese día no era mi día, esperaba en la iglesia a mi novia, que debía presentarse con mi padre. 

¡Esta mujer siempre llega tarde! El sacristán me estaba amargando: -Su boda no se va a poder celebrar tenemos otra a las siete y ya pasan de y veinticinco, no podemos esperar más, lo mejor es decir a la gente que se suspende la ceremonia-.

Al fin llegaron y entraron a la carrera, el celebrante era atípico, un fraile misionero con el pelo largo, pariente de la que iba a ser mi mujer, que hasta su llegada me miraba desconcertado.

Las amigas de mi suegra se habían estado cachondeando de mí: -¿Estas seguro de que vienes a casarte o es tu primera comunión? Para eso no necesitas novia, y como pareces un crío, ¿cómo va a ser esto una boda?-. ¡Cómo le gusta a las maduritas bromear con la carne fresca!

Le doy quinientas pesetas al sacristán para comprar otros cinco minutos, hasta ese día nunca me hubiera imaginado capaz de hacer tal cosa.

Me vuelvo a encontrar con el anciano venerable, pues era Fulgencio, me fijo en él y era él. Le acompañaba una señora de tez blanca, pelo más bien ensortijado y solemne apariencia. ¿Sería Adosinda?

¿Por qué estaría allí? ¿Sería el tío Fulgencio del que hablaba mi futura esposa? ¡Qué pequeño es el Mundo! Naturalmente no me recordaba. Me dijo:

-Entonces tú eres de Cangas. ¿Quién me iba a decir que mi sobrina se casaría con un rapaz de Cangas?- Charlamos un momento y fue cuando llegó, al fin la novia.

Cuando le conté a mi esposa mi antigua relación con su tío, me dijo mi tía es ella, me contó bastantes historias del matrimonio y que se habían reconciliado, a su vuelta. Que él parecía evitar choques, refugiado en la lectura y en sus escritos.

La historia que ella conocía coincidía con la que nos había relatado a Del Lago y a mí, excepto en un detalle: En la familia de mi esposa se aseguraba que los republicanos no lo habían detenido en Gijón como él nos relató, si no que había sido el día de la toma de Santander por los nacionales, fue sorprendido por su lugarteniente, supongo que el tal Pachu, celebrándolo con pollo y vino en casa de unos vecinos de lo más carcas, los detuvieron a los tres.

Más adelante traté a aquel matrimonio, sin entenderse demasiado, pero se querían mucho y nos hacían las tardes de visita de lo más agradables.

Él se armaba de paciencia, se cubría con una coraza, era muy sensible y vulnerable. Invocaba a Herodes y se le caía la baba con los niños, una vez que le di, en su casa, un azote a uno de mis diablillos, faltó poco para que me pusiera en la calle, me dijo muy irritado: 

-A los niños no se les pega, ¡Caramba!, al menos, no en mi casa-.

Fulgencio era todo bondad y contradicción.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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