El cuento de los siete ministros, 100.000 muertos e infinitos despropósitos

Tonto Simón

CARLOS LUQUE FLÓREZ

Tengo que reconocer que nunca pensé que llegaría el día en que estaría de acuerdo con cualquier palabra que pronunciase Fernando Simón. Ese día ha llegado: «no creo que el que se cambie el ministro haga que tengan que dimitir todos los funcionarios del mismo”.

Cuando alguien tiene razón hay que dársela. Por supuesto que un cambio de ministro no debe provocar la dimisión en bloque de todos los funcionarios del ministerio en cuestión. ¿En qué cabeza cabe pensar eso?

Sin embargo, creo que todos coincidiremos en que se pueden dar ciertas circunstancias que sí provoquen una dimisión en bloque de los empleados del ministerio de Sanidad, al menos del director de uno de los organismos que dependen de él.

Planteemos la construcción de un cuento, una distopía. Supongamos que estalla una pandemia mundial, por ejemplo, y que que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias no sólo no alerta de una grave emergencia sanitaria sino que afirma taxativamente que «España no iba a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado».

Ese sería un gran fallo ¿verdad? Pero quizá podríamos ser benévolos y perdonar el fallo garrafal bajo un argumento tan ridículo como falso que sonase parecido a «es que eso no se podía saber».

Una vez la pandemia se empieza a desbocar y produce cada día cientos de muertos habría que pensar qué hacer para frenar los contagios. Quizá, simplemente, con haber visto alguna película, el director del CCAES podría suponer que el uso de mascarillas es muy útil para frenar la propagación de un virus sumamente contagioso, quizá.

No obstante a nuestro epidemiólogo de referencia parece no atraerle el cine y alerta de que el uso generalizado de mascarillas no es necesario, nos dice que incluso puede llegar a ser contraproducente.

Seguramente, como los ciudadanos tenemos cerebro, sabemos que se equivoca y aquellos que hubieran perdonado sus primeros errores se empiezan a hartar de tener que aguantarle. Pero algunos siguen confiando en él, quizá en virtud de su «expertitud». ¿Qué tendría que pasar para que toda la sociedad pidiese la dimisión del mal llamado experto?

Quizá tendrían que pasar unas semanas y que el mismo que desaconsejaba el uso de mascarillas reconociera que lo hizo porque no había para todos. Si eso llegase a pasar seguro que cada vez serían menos quienes confiarían en él, ¿no creen? Pero, ¡cáspita! Son tantos los medios que dicen que sabe mucho que todavía hay quien cree en él.

Pongamos que nuestro portavoz se ríe a menudo en las ruedas de prensa en las que nos cuenta el número de fallecidos. ¿Eso sería permisible? Seguramente no. Un médico al que el juramento hipocrático le suena a cuento de Calleja no suele ser digno de admirar. No obstante, esa sociedad distópica de la que estamos hablando está tan enferma que ha convertido al negligente en todo un icono pop, así que posee miles de «defensores».

Hablando de Calleja. ¿Creen que esa sociedad ficticia sería capaz de tolerar que mientras el director del CCAES que insta a la gente a quedarse en su casa acude a grabar programas televisivos o se cambie de país para coger unas olas? Lo normal sería que fuera la gota que colmase el vaso, pero como he dicho, esa sociedad está tan sumida en el infantilismo que una aberración como la planteada no sólo es permitida, sino loada.

Ahora imaginen que todas las decisiones que se han tomado a lo largo de la Pandemia son fundamentadas en un comité de expertos. Ese comité está puesto en duda por todo aquel con un mínimo de capacidad crítica. Pero hay gente que les cree. Se nos dice que no es posible desvelar el nombre de los expertos. Pero la presión es tal que finalmente se hace pública y se descubre que de «comité de expertos independiente» no tenía nada. Sino que el comité fantasma era compuesto por subalternos de nuestro director del CCAES.

Llegados a este punto recordemos que el Gobierno dice tomar sus decisiones en base a esos expertos. Pero resulta que cuando el portavoz de los mismos es preguntado por la toma de decisiones nos cuenta que esas cosas no le corresponden a él. ¿Creen que el resquemor crece en la población? Se equivocan.

¡Me olvidaba! Seguro que hay algo que haría que la opinión pública se tornase contra ese ser cargado de incapacidad. El perfecto cretino director del CCAES es capaz de frivolizar con las miles de muertes de abuelos en sus residencias de ancianos. Parece no querer informar de algo tan sensible. Seguro que eso sería un detonante. No solo me olvidaba sino que me equivocaba.

Continuemos con la historia. Los meses pasan y cada vez conocemos más acerca del virus. Los verdaderos expertos comienzan a advertir de que el virus es transmitido por aerosoles. Todos conocemos el concepto y la palabrita. ¿Todos? ¡Claro que no! El protagonista de nuestra distopía parece tener una cierta tendencia a negar los hechos hasta que le atropellan.

De hecho, siguen pasando los meses y aparece una nueva cepa del peligroso virus. Por lo que vemos en otros lados del mundo, parece más contagiosa. Quizá es un momento para que nuestro perfecto cretino compense un mínimo sus criminosos actos. ¡JA!

Ninguno de los hechos relatados hace que el señor director del CCAES se plantee dimitir, o su Gobierno cesarlo. Reconozco que al no ser novelista el relato construido aquí sería difícil de comprar. Aunque hablando de una sociedad enferma e infantilizada quizá podría incluir un hecho que propiciara que la dimisión o el cese estuviera más cerca que nunca. ¿Qué podría ser?

A lo mejor que al doctor menos docto de la historia hiciera un chiste sobre enfermeras podría llegar a ser el acabose. ¿Ustedes qué creen? ¿Sería demasiado surrealista que una nimiedad tal fuese lo único que tornase un mínimo el discurso de la masa acrítica?

Pronto eso se olvida y la posibilidad de que se convierta en ministro es más real que la opción de verle dimitir. Así de podrida está la sociedad aquí descrita.

Mural Fernando Simón

Abandonemos esa «realidad paralela» y volvamos a la realidad. Las últimas declaraciones de Don Simón han servido al menos para confirmar algo que no tenía del todo claro. Sabe contar, muertos no, verdades tampoco, pero ministros sí.

Lo dicho, señor Simón, nadie le pide que se vaya porque Illa dimita. Se le inquiere a irse para que su incompetencia y negligente gestión deje de provocar muerte y ruina.

«Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”

Julio Verne

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Publicado por Carlos Luque Flórez

Periodista polivalente. Soy de Aragón, la tierra noble.

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