EL HOLANDÉS ERRANTE ~Recuerdos de niñez~

Holandés Errante

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Siendo muy niño oí hablar del ‘Judío Errante’, era frecuente en la aldea que las viejas contarán cuentos a los niños sobre este sobrecogedor personaje, también había otra versión que me marcó, despertando mi imaginación y mi miedo a la oscuridad, y es que yo vi al Holandés Errante.

 (Para Cándida, la protagonista, el condenado a vagar por siempre no era judío, era holandés, no sé si se confunde con el barco maldito)

Cándida era una mujer extraordinaria, se había hecho cargo de nosotros tres cuando mamá murió, papá estaba en Buenos Aires buscando mejor fortuna. Era soltera no vocacional, ella decía que al ser tan alta no encontraba pareja y que los hombres se acomplejaban a su lado. Era hermana de mi abuela y se portó como una buena abuela, celosa de sus deberes. Era poco expresiva y de una rigidez increíble, pero nos contaba historias, en particular a mí, que era su ojito derecho, la del Holandés Errante era su favorita.

Era un tiempo en que la luz eléctrica era un privilegio que disfrutaban algunas aldeas. Recuerdo una tarde, ya había oscurecido, aun no habíamos cenado, de pronto un relámpago iluminó la estancia, después oscuridad total, se fue la luz, la bombilla, que apenas iluminaba la cocina hasta ese momento, estalló con un chasquido premonitorio, todas las caras mostraron el miedo, mi hermana pequeña empezó a llorar, yo me quedé mudo.

Pasados unos segundos oímos el trueno, era como si el cielo cayera sobre nuestras cabezas, vi a Cándida mirando al techo con aprensión, como si temiera que cayera sobre nuestras cabezas. El cielo comenzó a jarrear de un modo indescriptible, el ruido exterior apenas nos permitía oír los golpes de la aldaba de la puerta. Cándida recitó:

 –Santa Bárbara bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita-. Todos repetimos la oración.

Luego ordenó a mi hermano mayor que abriera, el fue a abrir y aunque dudó un momento, a tientas quitó la tranca y abrió la puerta. Vimos una antorcha en el zaguán, todos estábamos en el quicio de la puerta de la cocina mirando. Detrás de la llama, cuando nos acostumbramos a la luz, vimos un hombre inusualmente alto, totalmente cubierto y embozado en su capa parda. Le entregó la antorcha a mi hermano y se quitó con elegancia su inmensa capa que sacudió, echando el agua hacia fuera del zaguán.

El desconocido preguntó: -¿Estoy en Soto de Dego?… ¿Dónde dan albergue al peregrino en esta aldea?- Su voz y pronunciación eran extrañas, su pelo enmarañado, entrecano, con barba roja con zonas canosas, cara surcada por arrugas que a la luz de la antorcha resultaba sobrecogedora. Hablaba con autoridad, no como los mendigos a los que yo estaba acostumbrado a ver, que pedían por caridad algún socorro.

Camino Asturias

Me sorprendió que Cándida no lo dirigiera directamente a la Casona, como hacíamos habitualmente. Allí, en la Casona, siempre había un par de camas para caminantes y una sopa en la dependencia de los criados. La Casona tenía delante los dos cipreses que indicaban que se recibía y daba caridad a los caminantes.

La casa de Cándida estaba al borde de la aldea, no era gran cosa, la habían construido ella y su hermana, mi abuela ya difunta. Las había ayudado y dirigido de un albañil ambulante, que se había detenido por un tiempo en Soto, como hacían habitualmente estos profesionales para ganarse la subsistencia.

Volviendo al relato. Cándida ejerció de huésped con el forastero, le ofreció un espacio en la mesa y le dijo: -Puede calentarse cerca del hogar, mientras preparamos algo-.

El hombre se quitó los zapatos y un hedor espantoso llenó la cocina, no era el típico a pies sucios, era un hedor a azufre, a pajas quemadas. Cándida abrió un ventanuco sin decir nada y enseguida lo cerró.

Mientras se ventilaba la cocina preparó un barreño con agua caliente y un puñado de sal para que el peregrino descansara sus pies.

Luego cenamos y Cándida se interesó por el origen del forastero, 

-¿Qué hacía en un lugar apartado de los caminos? 

-Es la costumbre, siempre repito los caminos-.

-Ya sé que desde la construcción del puente se han desviado los viandantes lejos de la antigua calzada romana, pero de vez en cuando me gusta volver a estos andurriales. Antes de la existencia del puente usábamos el vado, entonces Soto Deu era un hito importante en el camino, con santuario incluido-.

Cándida se quedo sorprendida.

 -Yo no recuerdo haberlo visto a usted antes y no me olvidaría fácilmente de un hombre como usted, con su estatura y su aspecto-.

-Bueno es cierto-, dijo el caminante.

-Hace tiempo que no frecuento esta zona del Puerto del Pontón, en otro tiempo venía con más frecuencia, sobre todo cuando el Camino de Castilla estaba complicado por las pendencias de los Velas y los Laras-.

No entendí nada y me pareció que Cándida le seguía la corriente, siguió hablando y contó que en otro tiempo había más trasiego de caminantes y que las posadas funcionaban a tope de personas. Que ahora apenas había posadas de peregrinos y que se lo miraba como a un bicho raro, teniendo que defenderse en ocasiones, usando la contera del báculo de peregrino, de los perros que le azuzaban los mozos.

Dijo que se había desviado de la ruta de Sahagún de Campos, por visitar o más bien por curiosidad de ver en que había parado la familia del soldado Juan y que allí estaba felizmente protegido de las inclemencias del tiempo por nuestra hospitalidad y por la lumbre tan primorosamente cuidada.

Alabó la sopa de cebolla, dijo que estaba muy buena y que hacia mucho tiempo que extrañaba las tortas de maíz, fritas en grasa de cerdo y remojadas en la leche recién ordeñada.

Nos preguntó que de quién era La Mortera, ese campo ahora convertido en pomarada, donde se asentó la casa solar de los Prida. Cándida dijo que siempre había sido de su familia, desde tiempo inmemorial, pero que no recordaba que allí hubiera habido casa alguna.

El forastero le dijo: 

-¡Vaya! es usted descendiente del soldado Juan-.

Sí lo soy, así como lo son estos rapazos, hijos de Mari, la hija de mi hermana Virtudes, siempre se habló de él y el día de San Antonio bailan los mozos en su honor con las picas. El cura dice que fue un héroe de los tercios de Flandes, pero el cura lo llama Juan Soldado.

-Pudiera ser que fuera él o un descendiente-, respondió el forastero, -Pero lo cierto es que aunque nunca lo quise mal, buena me la jugo en aquella partida de cartas por el alma de Pimentel, que agonizaba delirante en el camastro, mientras jugábamos-.

El Milagro de Empel, obra de Ferrer Dalmau
‘El Milagro de Empel’, obra de Ferrer Dalmau

Cándida lo interrumpió. 

-¿Cómo va a haber conocido usted a Juan Soldado, si fue el abuelo del abuelo de mi abuelo o más…?

El caminante no le hizo caso. –Yo era entonces un perdido, jugaba, bebía y deshonraba cuanto podía… Tirso se inspiro en mi leyenda para El Tenorio-.

Miramos atónitos, yo no entendía nada, Cándida nos hizo un gesto y comprendimos que era un loco.

-Sí, yo jugué contra la salvación de Pimentel, el cabo furriel y Juan defendían la salvación de su alma, se hubieran necesitado muchas plegarias para que fuera a la Gloria…-. Se quedó pensativo, prosiguió.

-Juan y el tramposo del furriel consiguieron ganarnos a mí y al el sargento Picardías, que era mi pareja. Luego descubrí que Picardías era el propio diablo encarnado, así nos la jugábamos en Los Tercios… Me comprometí, si perdía, a hacer el camino de Santiago ida y vuelta a Amberes una y otra vez. Luego el propio diablo ya bajo su forma infernal me tomó el juramento y desde entonces sigo caminando, porque cuando pare, vendrá por mi alma y me arrastrará por las barbas a los mismísimos infiernos, si no encuentro antes la redención. Supongo que el diablo se dejó perder, porque preferiría el alma de este holandés a la de Pimentel-.

Se quedo ensimismado y habló para sí: -Es tan difícil ¿Dónde habrá un alma pura que supere sus miedos y me socorra? No sé si ya ha nacido o no… pero el caminar es tan duro, los pies gangrenados y condenado a seguir andando y andando… hasta que encuentre ese alma caritativa, que no me tenga miedo y no se asquee de mi cuerpo-. Me pareció que Cándida se alteraba. Me pregunté ¿Qué ocurría? ¿Qué habría querido decir el peregrino? … ¿Qué habría entendido Cándida?

Luego el peregrino se animó, Cándida sacó una botella de vino dulce, aquella que tenía tan bien guardada para evitar que nos sirviéramos de ella y le puso una copa al caminante. El tomó de nuevo la palabra y dijo

-Por cierto saben que pasé por la casa de los Callarga en Avalle y que no tenía luz prendida, pregunte y me dijeron que desde siempre vivía en ella el sacristán y que estaría consolando a alguna viuda-.

Aquello contrarió algo a Cándida, que le dijo: 

-No debería andar usted por ahí levantando falsos testimonios, ya está grande para portarse así ¿No cree?-.

El caminante no reaccionó al comentario de Cándida y volvió a divagar. 

-Pimentel había caído en una emboscada, que le tendió aquella tejedora, Juan y yo llegamos justo a tiempo para librarlo de los felones, pero sus heridas se infestaron y ya fue de mal en peor. Cuando estábamos más apurados apareció en nuestro socorro uno que dijo ser el Sargento Picardías y la verdad que dio cuchilladas a mansalva y se porto como el mismo demonio y nos libró de una muerte segura. Más me hubiera valido no conocerlo nunca….

-Juan estaba alegre e incorporó a Picardías a nuestra cuadrilla y a éste fue el que se le ocurrió lo de la partida de cartas, nos burlábamos de todo y me pareció divertido ¿Quién se iba a imaginar las consecuencias…?-.

La conversación siguió con monólogos ininteligibles del peregrino y así llegó la hora de acostarse. Cándida le pidió que antes de retirarse rezara con nosotros unas oraciones y él accedió, aunque no le oí articular un sonido. Luego le pidió tímidamente a Cándida que si le podía limpiar los pies, que su dolor de huesos le impedía hacerlo por sí mismo.

Cándida trajo más agua caliente y me pidió que acercara la lámpara de carburo, no había vuelto la luz eléctrica. Vi unos pies negros, me recordaron las pezuñas de un macho cabrío, pero la verdad es que apenas se veía, supongo que Cándida lo lavó más al tacto que viendo realmente, además era vieja y no veía de cerca. Usó para la limpieza un cepillo de raíces y el jabón de lavar la ropa. Intentó cortarle las uñas con las tijeras de esquilar las ovejas, pero fue imposible, así que echó mano de la cuchilla de reparar el calzado y le cortó las uñas, que me a mí me parecieron pezuñas de cabra.

En ese momento el olor a azufre llenó la cocina y creí ver chispazos azules, quedamos sobrecogidos. Cándida miro al peregrino y dijo: -Vade retro Satanás- y observó la reacción del forastero. Yo también lo miraba, observé que se quedaba sin aliento, sentado como estaba en el banco, quedo como desplomado sobre la mesa que tenía detrás.

Cándida le secó los pies, le puso unos calcetines bastos, busco unas madreñas y lo envió a dormir a la Casona.

Al día siguiente supimos que el peregrino había muerto. Cándida dijo en el primer momento: -Es una pena, ya no quedan hombres de su talla en la comarca, este, tan alto, si hubiera valido…- y no dijo más.

En la aldea se comentó mucho el incidente y a los niños no nos dejaron ver el cadáver, al parecer estaba deshecho, como si llevara muerto muchos… muchos años. Decía una de las viejas que era como los cadáveres antiguos que se sacan de las fosas para limpiarlas y se llevan sus huesos a la Fosa Común. Por eso, aunque nadie me lo dijo, yo sé que ví al Holandés Errante y que Cándida era la doncella de la Misión Redentora. Esas misiones reservadas para unos pocos elegidos.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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