El cuento de la rata Paolo

El cuento de la rata cretina

CARLOS LUQUE FLÓREZ

Érase esta vez, en un país no muy lejano, una pequeña rata llamada Paolo. Paolo nació en el seno de una familia de buena alcurnia, tuvo una buena educación y nunca le faltó de nada.

Desde muy joven empezó a preocuparse por lo que pasaba a su alrededor, era tan tan solidario que no tardó en ver insolidaridades donde nada podía hallarse. Esa percepción del mundo como un páramo de injusticia cambió su forma de vivir, Paolo decidió que había que cambiarlo todo.

La ratita, (esta no era presumida) vivía en Ishapan, un país normal y democrático. Es cierto que había muchos problemas en el norte, donde reinaba el Kaos. Sin embargo, la mayor parte de las demás ratas eran felices y vivían en paz unas con otras.

Todo eso cambió cuando a Pepelu, otra pestilente rata que siempre había trabajado en el gremio del calzado, se le puso entre ceja y ceja destruir su país. ¡Hasta se alío con otras civilizaciones para hacerlo!

Pepelu arruinó su país en tiempo récord, hizo pensar a todos que podían vivir por encima de sus posibilidades y la economía no tardó en hundirse. ¡Pero lo peor no fue eso! Hemos olvidado decir que Ishapan vivió una horrible guerra entre familias, por fortuna la guerra acabó y todos supieron dejar el pasado atrás, abogaban por un futuro mejor. Pepelu se cargó esa concordia y comenzó a resucitar esos resentimientos cainitas tan nocivos. Lo hizo tan sumamente mal que las ratas de a pie acabaron mandándole al exilio a un país más caluroso.

Tras la salida de Pepelu, le tocó el turno al Rá el Joyero. La situación heredada provocó una serie de medidas que enfadó sobremanera al pueblo. Es ahora cuando tenemos que volver a a la rata Paolo, porque de ese clima de ira hacia el Gobierno de Rá surgió la figura de Paolo. Hubo un movimiento popular de cierta insurrección, las ratas querían cambiar el sistema y Paolo, que de oportunista tenía muchos pelos, supo sacar su particular tajada de la situación.

Paolo había tenido poco trabajo a lo largo de su vida, pasó su juventud enseñando a las ratas más jóvenes, pero en esa revuelta popular vio un filón para cambiar su vida. Paolo se pasó meses y meses paseando su repanchigada figura por todos los platós de televisión de Ishapan. Poco a poco su mensaje, atractivo por radical pero populista, fue calando en las ratas menos avanzadas. Fueron muchas las ratas con más experiencia que alertaron de que Paolo no era más que un prestidigitador del lenguaje, un simple juglar. Aún así, una parte importante del país cayó en la trampa, todo el mundo pensó que si Paolo llegaba al poder todo cambiaría.

Él lanzaba mensajes diferentes. Era un tipo de barrio humilde, donde pasó gran parte de su vida, decía que nunca abandonaría a los suyos, aseguraba que los salarios de los políticos eran desmedidos y que eso cambiaría con su llegada, condenaba que los políticos vivieran fuera de las ciudades, ajenos a la realidad de su gente, era especialmente vivaz ante la falta de trabajo real de los mandatarios y criticaba que fueran unos privilegiados, les llamaba «casta». Todas esas proclamas fueron bien acogidas por esas ratas carentes de inteligencia y en el momento de elegir a sus futuros líderes fueron muchas las que depositaron su confianza en Paolo.

Pasaron las elecciones y, aunque le costó muchos intentos, finalmente la rata Paolo llegó al poder. Cuando accedió a esos puestos de responsabilidad muchas ratas ya se habían quitado la venda de los ojos. Paolo ya podía engañar a pocos, su cinismo e hipocresía ya había quedado retratada. Fueron muchas las ocasiones en las que Paolo decepcionó (o secundó) a propios y extraños.

No sentó bien que en cuanto pudiera abandonara las calles que le vieron hacerse un nombre para irse a una mansión que sólo los ricachones podían permitirse. Fueron pocos los que le toleraron gozar de los privilegios que prometió eliminar. No gustó que todo aquello que prometía no terminase por llegar. A las ratas más pobres, las que lo único que querían era encontrar trabajo, les sentó muy mal que dijera que sólo un cretino podría disfrutar con mucho trabajo.

En definitiva, Paolo se estaba convirtiendo en «casta», aquello que juró destruir. Casi nadie perdona la traición, ya no tenía casi nadie a quién engañar, y ya sólo las ratas más embaucadas seguían confiando en sus palabras. Él se movió muy bien cuando de joven criticaba a los poderosos, era su hábitat natural…fue convertirse en poderoso y caérsele el chiringuito, la decepción era evidente.

Paolo, aunque corto de miras, tenía la suficiente inteligencia como para advertir que el chollo se le estaba acabando. Desesperado buscó soluciones, necesitaba un lugar donde volver a sentirse el Paolo de la viejas ocasiones.

¡Y la solución le llegó! De un día para otro se convocaron elecciones en la villa donde vivía. Pensó que sería una buena ocasión para empezar de cero y se propuso gobernar la villa. No obstante, para poder hacerlo tenía que superar un difícil reto para cualquier rata, debía lanzarse a una piscina profunda y salir por su propio pie. 

Era puro orgullo, nada le podía frenar. Así que una noche del mes de las flores Paolo salió de su mansión y con su orgullo por montera se dispuso a saltar a la honda piscina. Aunque la mayoría de ratas podían prever el trágico final todos asistieron con expectación al salto. 

¿Y que pasó? Paolo se lanzó decidido, por el camino dejó impresionantes piruetas que a algunos hicieron pensar que lograría la gesta. No fue así. Paolo se ahogó. Las ratas son capaces de nadar largas distancias pero aquella rata ya estaba exhausta para una misión tan complicada.

Aunque durante algunos días se siguió hablando de él, su desagradable recuerdo se borraría pronto de la memoria de Ishapan, que con Paolo fuera de sus vidas recuperó la paz que le había arrebatado.

«Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”

Julio Verne

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Publicado por Carlos Luque Flórez

Periodista polivalente. Soy de Aragón, la tierra noble.

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