Octubre de 1934, socialistas y separatistas inician la Guerra Civil

Octubre de 1934, socialistas y separatistas inician la Guerra Civil

JOSÉ MARÍA AIGUABELLA AÍSA

Corría el otoño de 1933. El gobierno del bienio de izquierda, presidido por Manuel Azaña, había tocado a su fin. Un ambiente de preocupación se respiraba, en bastantes sectores de la población, por causa del sectarismo antirreligioso, la oleada de violencia o los movimientos separatistas.

El presidente de la República, Alcalá Zamora, convocó elecciones generales para el mes noviembre. Las fuerzas de derecha no constituían un todo homogéneo, pero había surgido un movimiento aglutinador, que dio lugar a la creación de un nuevo partido, Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de inspiración católica, liderado por José María Gil Robles. Su objetivo no era, en modo alguno, acabar con el régimen ni establecer el fascismo. Pretendía, desde la legalidad, anular los artículos de la Constitución que consideraba sectarios y poner fin al ambiente de subversión constante. Por otra parte, concurrían partidos como Falange Española, que se presentaba como un ‹‹antipartido››; las JONS de carácter fascista; El tradicionalismo carlista; Renovación Española, de tendencia monárquica. 

Cabe significar la actitud con la que, desde la campaña electoral, la izquierda planteaba el porvenir. Largo Caballero, líder del PSOE, anunciaba de manera incendiaria la guerra civil: ‹‹La lucha ha quedado planteada entre marxistas y antimarxistas (…) y eso nos llevará inexorablemente a una situación violenta (…). Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. Pongámonos en la realidad (…) estamos en plena guerra civil (…) que no ha tomado los caracteres cruentos que, por fortuna o por desgracia, habrá de tomar››.  A su vez, Gil Robles contraatacaba: ‹‹Si los socialistas pierden la batalla, (…)  no hablen de echarse a la calle, porque la calle es de todos y allí nos encontraremos››. ‹‹Aceptamos la batalla en el terreno de la democracia (…) Pero que no pretendan marchar por caminos de dictadura, porque les saldremos al paso donde sea y como sea››. 

Las elecciones fueron ganadas por la derecha, siendo el partido más votado la CEDA, seguido por el Partido Radical. El presidente de la República, Alcalá Zamora, encargó formar gobierno, al Partido Radical, apoyado en las Cortes con los votos de la CEDA, que quedaba en segundo plano, pese a ser el partido más votado. 

La izquierda no aceptó la derrota electoral. Desde el primer momento comenzaron los movimientos para expulsar del gobierno, por la fuerza, a los que limpiamente habían ganado las elecciones. 

El jefe del Estado, Alcalá Zamora, fue presionado para que anulase las elecciones, siendo el propio Azaña el diseñador del plan. En enero de 1934, Largo Caballero declaraba en un mitin: ‹‹Vamos a conquistar el poder (…). Hay que preparar a las masas para la revolución, pero sobre todo, materialmente (una ovación terminó con el grito: ¡Vivan las ametralladoras!) ››. El propio Largo Caballero, con las urnas todavía calientes, instaba a la dirección de su partido a preparar ‹‹un movimiento revolucionario a fin de impedir el establecimiento de un régimen fascista››. El Comité Nacional del PSOE planteó ‹‹una acción ofensiva en contra de los elementos de derecha››. El PSOE aderezó sus intenciones con la difusión de bulos a cerca de golpes militares y conspiraciones fascistas para excitar los ánimos hacia la acción revolucionaria, que ya estaba en marcha.

El separatismo catalán se manifestaba sobre el resultado electoral en el periódico Humanitat, bajo el título: ‹‹¡En pie de guerra!››:  ‹‹(…) El resultado de las urnas, así juzgado, exigía estar alerta, el arma al brazo y en pie de guerra (…)››. ‹‹Es la hora ser implacables, inflexibles, rígidos (…) solo hay que escuchar la voz, que resonará, si hace falta, en el momento preciso››.

Sería demasiado larga la lista de atentados, asesinatos, sabotajes, huelgas que se produjeron de manera creciente a lo largo del año 1934, con agravamiento entre el verano y el otoño, que culminaron en el golpe revolucionario y separatista de octubre, contra el gobierno legítimo.

La CEDA, que había ganado limpiamente las elecciones, entró a formar parte del gobierno a primeros de octubre del 34. Este hecho democrático fue calificado por la izquierda como una traición a la República. Gil Robles no era menos demócrata que los dirigentes socialistas o que Manuel Azaña y la CEDA no había asesinado a sus contrarios, ni había planificado un asalto al poder. 

Reunidas las ejecutivas de PSOE y UGT, Largo Caballero declaró que había llegado el momento del levantamiento armado por la dictadura proletaria en toda España. Para ello, habría que organizar el alzamiento: acumular armas, eliminar o secuestrar a personajes significativos, volar puentes, y vías de comunicación, organizar guerrillas, apoderarse de industrias y servicios básicos. El golpe debía ser desde el principio lo más violento posible.

La acción decisiva se llevaría a cabo en Madrid. El golpe consistiría en apoderarse del gobierno, capturar al jefe del Estado y al presidente de las Cortes.  Aunque hubo luchas callejeras, las fuerzas del orden restablecieron la situación en poco tiempo. Una serie de huelgas generales, motines y violencias de extendieron por otras provincias.

En Cataluña, el 6 de octubre, Lluís Companys proclamaba el Estado Catalán dentro de la república federal española, que no existía. La proclamación solo duró unas horas, las que tardó el ejército, al mando del republicano general Batet, en hacerse con una situación, que el pueblo, ardorosamente concitado, no secundó. Companys se rindió y Dencás, a la sazón Consejero de Gobernación de la Generalidad, huyó por una alcantarilla junto con otros separatistas. 

La situación cobró mayor gravedad en Asturias, donde socialistas, comunistas y anarquistas se apoderaron de la cuenca minera, pertrechados con el robo de depósitos de dinamita y de armas, además de las que llegaron en el vapor Turquesa, bajo el patrocinio del socialista Indalecio Prieto.  Durante 15 días se vivió una situación de guerra civil, que tuvo que ser sofocada por el ejército. La revolución se saldó con 1.500 muertos, 3.000 heridos, con la destrucción de 63 edificios públicos, 58 iglesias, 26 fábricas, 58 puertos, 31 carretas, 66 ferrocarriles y el robo de 40 millones de pesetas en los bancos. En Oviedo, la Cámara Santa de la catedral, que contenía importantísimas obras de arte, fue dinamitada, mientras que la universidad era destruida por el fuego. La represión provocó cuatro condenas a muerte y 30.000 encarcelados. Como suele suceder, pagaron los participantes, pero no los impulsores.   

El golpe revolucionario contra el gobierno legítimo de la República había fracasado en toda España. El propósito de sus promotores era establecer la dictadura del proletariado en un proceso de bolchevización. No en vano, uno de sus principales promotores, Largo Caballero, terminó apodado como el Lenin español, el cual matizaba: ‹‹¿En qué se diferencia el partido Socialista del partido Comunista? Doctrinalmente en nada››. ‹‹El Partido Comunista es marxista; nosotros también››. ‹‹Profesamos el marxismo en toda su pureza›. Cuando se convocaron las elecciones para febrero de 1936 avisó: ‹‹Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas, nuestra labor habrá de ser doble, porque con nuestros aliados podremos laborar dentro de la legalidad, y ganando las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada. Y esto no es una amenaza, es una advertencia. Y que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas: que nosotros las realizamos››. Es una mentira afirmar que aquella izquierda era democrática, lo diga quien lo diga.

El historiador Carlos Seco hace la siguiente valoración: ‹‹La gravedad de la revolución de octubre no reside exclusivamente en su violencia -preludio de la guerra civil-, sino el rompimiento efectivo del socialismo y de las izquierdas catalanas con las normas de convivencia democrática hasta entonces todavía vigentes en la República››.Una vieja argucia muy actual: ‹‹No debemos hablar ni de una acción para implantar el socialismo, lo que habría de restarnos bastantes apoyos ni de la defensa de la democracia, por si con ello se enfriaba el entusiasmo de nuestros camaradas.  Debe hablarse solo de antifascismo, en lo que puede resumirse todo››. Wenceslao Carrillo (miembro de la dirección del PSOE y la UGT).

«Con su golpe de fuerza, la izquierda ‹‹perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936›»

Salvador de Madariaga (diplomático y escritor español)

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Publicado por José María Aiguabella Aísa

El Profesor.

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