La princesa del guisante

Luarca

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Corría el año setenta, apenas había pasado tiempo desde mayo del 68, su espíritu estaba presente en nosotros, aunque no todos teníamos la misma visión de lo ocurrido, ni las mismas pretensiones.

Víctor la conoció en una playa. Él cantaba y pedía limosna con Manuel, poniendo una gorra sobre la arena. Fue en Luarca, localidad que funcionaba como un lugar turístico desde hacía muchos años. Los palacetes de principios de siglo XX se mantenían bastante bien, sus dueños seguían viniendo en verano y en general eran las mismas familias de siempre o prolongación de las mismas.

Un grupo de niñas bien, así las vio nuestro protagonista, interrumpió a Manuel y a Víctor, dándoles cháchara. Ese día ya no continuaron su labor de destrozar las canciones de todo tipo que habían incluido en su repertorio.

El resultado de ese día no fue del todo malo, ya que ellas les trajeron unos bocadillos y unas cervezas. Ellos pasaron la tarde agradablemente tumbados en una sombra, soñando con aquellas chicas tan monas y sin preocuparse por su bastimento que ya llegaría al día siguiente.

La temporada de playa pasó. Manuel y Víctor habían hecho constar su condición de estudiantes de ingeniería, lo cual no estaba mal visto en el ambiente social de Martita, la chica que al acabar el verano había mostrado tanto interés en ver a Víctor el próximo curso en Madrid.

Martita en opinión de Víctor era una verdadera monada y se arreglaba y vestía maravillosamente. Además se habían encontrado con algunos compañeros de universidad, veraneantes habituales de Luarca, que pertenecían a las familias de socios del casino.

Manuel y Víctor habían sido envidiados por la acogida que habían recibido de las chicas, particularmente de Víctor por su relación con Martita. Uno de ellos, Ortega, que era veraneante de los de siempre, los coló en el casino, pese a sus pintas y se incorporó a su pandilla con verdadero entusiasmo.

Yo conocía vagamente a Manuel, bastante íntimamente a Víctor y también aunque menos a Ortega. Los tres me contaron ese verano a posteriori. En particular la aventura de vivir de cantar, así lo llamaron Manuel y Víctor. Las versiones fueron bastante diferentes e incluso contradictorias con la de Ortega.

Centrándonos en Martita, a la que no llegué a conocer, según Víctor era un cúmulo de perfecciones, Manuel iba cambiando de opinión, un día me dijo que era una “pija” y en cuanto a Ortega no razonaba cuando hablaba de ella. Pero mostraba una mezcla de admiración, tristeza y frustración que sólo un enamorado no correspondido puede expresar.

No llegue a formarme una opinión clara sobre esa mujer. Víctor me decía:

-¡Es tan elegante! si vieras la ropa que usa, lo exigente que es cuando vamos a tomar algo a una cafetería o algún sitio por el estilo. En su casa al servicio doméstico no le pasan ni una. 

Terminé mis estudios y perdí de vista al trío. Nunca llegue a conocer, como ya dije, a Martita. En una ocasión un compañero de estudios me contó que Víctor había montado una empresa y que le iba realmente bien. Se había casado con una chica de la Alta Sociedad y su boda había aparecido en las revistas del corazón… Que sus relaciones lo habían ayudado mucho a situarse y que se lo veía con aires de triunfador.

Pasados unos años entré en una ferretería de un pueblo de Castilla. Cual no sería mi sorpresa cuando encontré a Víctor, enfundado en una bata gris y atendiendo a los clientes. Le pregunté por su vida, por su evolución profesional. También le pregunté por Martita.

-Cuando murió mi abuelo-, me dijo, -vi mi oportunidad, me hice cargo del negocio familiar y aquí me tienes, tan feliz.

Me contó como había evolucionado su carrera, su vida social y su estado de cuentas.

-Fue un infierno, esa mujer es insufrible, gasta más en ropa interior de lo que cobra un peón, no había restaurante en el que no se quejara, encontraba pegas que poner a todo, todo la incomodaba. Necesita una vida social insostenible. ¡La ruina!

-Aguanté unos años casado, no pude sufrir más. Es peor que la princesa que se quejaba de haber dormido mal porque había un guisante bajo ocho colchones, y yo como el imbécil del príncipe la creía sublime y me casé con ella.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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