El ocaso del fútbol

El ocaso del fútbol

IVÁN CANTERO

Tras décadas de vivir en una sociedad acomodada y engolfada con entretenimientos volátiles, hemos descubierto en perspectiva que las preferencias en cuanto a cultura popular son una foto estática de por vida. Así, a partir de una cierta edad (por más que en la juventud nos pretendiésemos especiales y diferentes a todos los que nos precedieron), en general dejamos de interesarnos por nueva música, las vanguardias del vestir o los iconos emergentes del cine comercial. La prueba del nueve la tenemos en el solapamiento constante de las tendencias actuales con una regresión hortera de la cultura que gustaba en los años mozos a la masa que transita la cuarentena en el momento… Aunque quizás esta costumbre se extinga pronto, dado que los ochenta fueron la última década más o menos homogénea y reconocible. 

Siempre había pensado que la excepción a esta regla estaba en el fútbol, pues la ventana de alto rendimiento de un jugador no suele exceder los diez años, forzando a una renovación rápida y continua en el ecosistema; pero compruebo en mí mismo y fenómenos como el retrofútbol de Iker Jiménez que queda una cierta nostalgia hacia los equipos y jugadores que disfrutamos en otra época de nuestra vida. Sin embargo, la afición se prolonga en general durante muchos años. ¿Qué explicación tendría entonces? ¿Ha sucedido esto mismo desde siempre? Algunos pensadorzuelos creen que estamos en un momento crítico, frontera abrupta entre dos generaciones muy diferentes entre sí: por primera vez en la historia del deporte parecería que no hay un relevo digno para los veteranos, de modo que un puñado de jugadores que han pasado largamente los treinta siguen siendo los mejores del mundo. El caso del tenis es todavía más dramático, donde el cuarentón Federer y los añejos Nadal y Djokovic todavía no tienen rival. 

Sin perjuicio de que en los treinta años que puedo llevar siguiendo este deporte con cierto interés he percibido picos y valles en el entusiasmo popular del balompié, en los últimos tiempos se nota un desgaste inédito que ha tenido su culminación en la corriente Eurocopa, que por primera vez no ha conseguido entusiasmar, ambientar ni vertebrar al país; y que por lo demás ha resultado ser un evento tibio y aburrido, saturado de prórrogas y tandas de penaltis, que no ha servido para descubrir a ningún jugador o animar el mercado y, por primera vez en la historia, se ha tenido que repartir a lo ancho del continente porque ningún país la quería organizar. No podemos obviar para el análisis el caciquismo de Luis Enrique, que tomando a Álvaro Morata a modo de Carmen Calvo gobernó su parcela pública con el mismo sectarismo y desprecio al interés general que Pedro Sánchez; montando la selección que mejor encajase en su esquema táctico preferido en lugar de adaptar el esquema a la mejor selección posible. Se le criticó, pero no lo suficiente, probablemente por rubricar con este equipo su conversión pública al guardiolismo desde la herejía del fútbol directo que le costó el puesto en el FC Barcelona a pesar de haberse hinchado a ganar títulos. Y también porque, a pesar de su desatino y presunto afán de provocación antimadridista que debería ser incompatible con el puesto de seleccionador, tuvo la fortuna de que el grupo y los emparejamientos en las eliminatorias (en mi opinión, España solo hizo un partido estimable contra Croacia) favorecieron que alcanzase la semifinal aún en estas absurdas circunstancias.

El guardiolismo (también llamado con frecuencia buen fútbol o jugar al fútbol) es una religión futbolística cuyo principal dogma de fe es la fidelidad al juego de circulación yerma de balón, aun por encima del resultado. Por eso tiene muchos fieles entre los charlatanes profesionales del balompié, a los que fácilmente les proporciona argumentos para defender al equipo que les interese con el consuelo de tontos de «hicieron un mejor partido». En realidad es una táctica que solo se aprovecha con un perfil concreto de jugadores, torticera y aburrida para el resto frente a esquemas más rápidos y directos, pero aun así ha conseguido pudrir el fútbol mundial al punto de desdibujar la mayoría de los estilos nacionales clásicos. En su alegato a favor de la fallida Superliga, Florentino Pérez insistía en el desinterés de las nuevas generaciones, y creo que no me equivoco mucho si digo que esta cosmogonía del tikitaka, que domina fastidiosamente el fútbol internacional al menos desde el mundial de Brasil en 2014, ha minado la afición de los jóvenes de nuestro país, junto con el baño de realidad que se llevarían todos los que no conocieron a la selección española sino ganándolo todo.

Deben existir también otros factores comunes, porque la desafección es más bien transversal. La principal y evidente sería, como comentaba en otro artículo, la enorme e irresoluble diferencia económica entre unos pocos clubes y los demás, que casi llega a anular el margen para la sorpresa de los marcadores cortos, al cabo la locura que es la salsa del fútbol; y desde entonces ha hecho perder cualquier atractivo a las ligas nacionales y aún la Champions league hasta los cuartos de final, aunque la prensa especializada nunca se ha atrevido a decir que el rey iba desnudo. Además, el capricho de inyectar millones a fondo perdido por algunos multimillonarios excéntricos ha creado una burguesía artificiosa en el fútbol que no termina de ser rentable en cuanto a títulos, pero supone una competencia desleal que ha destrozado el mercado de jugadores.

Hay también otras razones, de tipo sociológico, menos mentadas pero a mi modo de ver incluso más definitivas que todo lo anterior. El fútbol es, por encima de todo, el desahogo dominical del populacho, el consuelo y la ilusión de pertenecer a algo grande para cientos o miles de millones de personas que no tienen otra fuente de alegría en su desgraciado día a día. Pero la plutocracia globalista se empeña en infectarlo todo y ha querido también utilizarlo como plataforma propagandística introduciendo a la fuerza alegatos políticos de todo tipo en el pre-partido, cartelerías o incluso logotipos y lemas en las equipaciones. Y es que el balompié ha tenido siempre una idiosincrasia muy firme, y subversiva, que en nuestro país ni siquiera Franco se atrevió a intervenir. No paro de reírme cuando veo tachar de violentos, racistas y todófobos los improperios que gritan en bares y estadios paisanos humildes que pagan con sus entradas y suscripciones televisivas los sueldos millonarios de los que corren por el campo, demasiado bien pagados para que puedan fingirse ofendidos por cualquier cosa que se les diga. Los proletarios pagan y consumen para tener derecho a desahogarse e intentar desconcentrar al rival, y vienen ahora los burócratas del fútbol a quitarles su legítimo derecho histórico. Por robar, les han robado hasta la polémica y las discusiones de los lunes con la introducción de la pijería del VAR, degradando su pasión a ser un juego de pelota mondo y lirondo.

Lo más gracioso de todo este asunto es que, justo cuando están a punto de cargarse este deporte tal y como lo conocemos (más que nada por el colapso que vendrá tras el desinterés), pareciera que el fútbol debe su presencia mediática a una suerte de derecho natural del que carecen el resto de deportes y no al dinero que hasta ahora viene generando. Se nos bombardea contenido de competiciones y categorías que no interesan a casi nadie en lugar de aprovechar esta crisis como una oportunidad para plantear si tiene sentido que en las secciones deportivas de los informativos en entes privados no se hable más que del puñetero fútbol (y algunos grandes eventos de tenis o ciclismo).

Quitad todos vuestras sucias manos de este espectáculo. Con sus defectos, sigue pontificando más y mejores valores que cualquier otra expresión de la cultura popular, que por lo demás se inunda de ficciones repugnantes en las que se invita al espectador a empatizar con criminales para irlo educando en el relativismo moral. El fútbol sigue siendo todavía una potente resistencia en tiempos de estrangulamiento ideológico, por eso van a por él.


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