La conciencia del asesino

La conciencia del asesino

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Caminaba sin dejar de mirar arriba y abajo… La calle estaba casi vacía, la oscuridad iba apoderándose de los rincones. Sentía necesidad de un trago, me había despertado desasosegado, la posibilidad de ser visto me daba pánico. El avance del crepúsculo me llenaba de esperanza, tal vez conseguiría escapar a mi destino ¿Quién me hubiera imaginado a mí, el hijo, el heredero de LAS TRES BES huyendo de ese modo hacia nadie sabe donde?

Recordaba la noche anterior… ¡Había empezado de aquella forma tan esperanzadora! A la puerta del baile Lolita la salvaje, me había abrazado y arrastrado lejos del recinto. La música se oía apagada… como siempre que salías del local; también se escapaban cortinas de luz, el humo del tabaco bailando por los postigos mal cerrados. Fuera se respiraba… La atmósfera, tan cargada dentro, contrastaba con la frescura de la noche en el exterior.

Pensé que nadie nos vería alejarnos y así fue. Sus hermanos salieron pronto y comenzaron a buscarla, gritaron una y otra vez: ¡Lolita! ¡Lolita! Ella se me agarraba y tapaba mi boca con complicidad, mientras se le escapaban risotadas contenidas ¡Era tan sensual! su pecho rebosaba su camisa al apretarse a mi. Tuve miedo y quise irme solo, pero ella no se separó de mi y yo, borracho sin costumbre de beber, no tuve energías para irme sin ella.

La botella de caña, sujeta en mi correa, se calló al suelo. La recogí y pensé: –Por suerte está bien corchada. Pero, ¿Qué hacia yo con una botella de caña? Yo, joven obediente y prometedor del que tan orgullosos estaban mis padres.

Tuve miedo de que nos oyeran, le rogué silencio con un siseo, ella estaba excitadísima, se le escapaba la risa a pesar de su esfuerzo por contenerse.

¡Cómo me gustaba esta mujer! ¡Cómo la había deseado! Era apenas una niña, pero ¡Cómo la había mirado! buscando su mirada, cuando me sentía seguro de que nadie me veía. Ella resistía la mirada, descarada, me obligaba a rehuir sus ojos en mi cobardía. No podía sostener esos ojos negros y descarados frente a los míos… ¿Por miedo a sus hermanos? ¿Por miedo a ella? ¿Al que dirán?… ¡Yo, con mi posición social, en relación con la hermana de Los Raqueros…!

Ahora nos internábamos en la espesura, yo buscaba la intimidad, la soledad en su compañía ¡Qué emoción! Pero el miedo casi ahogaba el resto de mis emociones.

Cuando nos habíamos apartado lo suficiente… ya no se oía nada… ya nadie nos podía oír… ya no se veían ni restos de la luz furtiva de la sala de baile. Le propuse regresar: volvamos Lolita. Yo no lo deseaba, pero el miedo, aunque menos violento, aun me impulsaba a no molestar a Los Raqueros, los hermanos de Lolita la salvaje que tanto había deseado y ahora estaba allí sola conmigo. Ella contestó: -¿Ahora quieres volver?… ¡Cobarde!. Su lengua se atascaba, estaba bebida y me miraba. La miré en la oscuridad, vi su miraba altiva. Vi desprecio en su expresión, bajé la vista acobardado y reparé en su cuello, en el inicio de su seno. Me excité, sentí deseo mezclado con odio, un sentimiento desordenado se apoderó de mí. Sentí ganas de humillarla, de estar por encima de ella.

Alcé la vista y volví a encontrarla desafiante. En un arranque la cogí por la cintura y comencé a besarla. Al principio se resistió con desprecio, luego correspondió a mis caricias. Intenté desnudarla y de nuevo opuso resistencia. Pensé: demasiada tontería, se colmó mi paciencia. La golpee y se transformó. ¡Sorpresa! Apareció la niña que al parecer realmente era: una niña desvalida y asustada, sobreprotegida y tiranizada por sus hermanos. Crecido, la abracé con rudeza y rodamos por el suelo. Me suplicó, al verla vulnerable, fui inclemente, abusé de ella de todos los modos que me inspiró la imaginación. Sus súplicas no me conmovían, me excitaban, disfruté experimentando una sensación de poder que no había conocido ¡Qué impunidad! Era como patear un parterre cuajado de flores.

Cuando al fin, agotado y sudoroso, me di cuenta de lo que había hecho, me asusté, no sentí más que miedo por lo que podría pasarme, ningún remordimiento. Pensé en mi responsabilidad, en la posibilidad de ser descubierto, en las represalias de sus hermanos… Los Raqueros. En un instante decidí borrar las huellas y testigos de mi crimen, con una piedra machaqué su cara, volví a sentirme pletórico de poder. Apenas le dio tiempo a gritar, luego quedó exánime. Ya no la necesitaba para nada, saciado mi deseo, ya nunca me sería útil. Me salpicó la sangre y sentí asco. Devolví, mi estómago se vació y el malestar, durante un rato, fue inmenso.

¿En qué se había transformado el símbolo del deseo imposible? En nada, una vez satisfecho, en aquella despreciable niña quejumbrosa que ya no significaba nada para mí. Pensé: ni siquiera fue capaz de divertirme como lo habría podido hacer cualquiera de las prostitutas flacuchas del barrio del río. Cierto es que yo no me había atrevido nunca a solicitar sus favores. Me recreé en el recuerdo de aquellas mujeres escuálidas y desarregladas, tan faltas de salud, pero tan solícitas; eso decían los otros chicos, y bastaba con unas monedas… Ahora ya estoy preparado, pensé ensoberbecido, para entrar en ese tipo de vida.

Estaba agotado, bebí la caña casi sin pestañear, apuré la botella y quedé dormido. Me desperté al cabo de un rato… pero ya era de día. Me vi, con mis ropas sucias, malolientes mezcla de hedor de devueltos y no sé qué. De pronto reparé en el cuerpo de la muchacha, reparé en su desnudo pecho, su cara no estaba, era una masa sanguinolenta, comenzaba a oler, las moscas se arremolinaban en lo que fue su cara.

En un primer momento hui a carreras. Luego… la necesidad de beber, la sed me abrasaba y el estomago me ardía. También pensé en asearme, me dirigí al río, evitando las casuchas de la ribera. Esperé escondido la llegada de la noche. Apenas si pude comer algo, las moras, estaban aun verdes en su mayoría, las zarzas me impedían coger las más maduras, no encontré otra cosa que comer, pero no me atreví a buscar en las huertas por no exponerme a ser visto.

A la caída de la tarde, me dirigí a la estación. Tomé todas las precauciones posibles, tenía que atravesar parte del pueblo y no quería ser visto.

Ahora, ya en el tren, escondido en un vagón de ganado, supe que no volvería más al pueblo. Mis padres, en el comercio, se preguntarán ¿Qué fue de nuestro hijo? y llorarán mi ausencia.

Estaba seguro, mis padres no relacionarían mi ausencia con la muerte de Lolita. Dirán: es imposible. Ellos siempre creerán en mí, pero ¿Qué importaba ahora eso? Yo tendría que buscarme la vida, renunciando a lo que fui y tuve. Pensé: seré como otros proscritos que trabajan en el ferrocarril, sin que nadie les pregunte quien son, ni de donde vienen.

Quizás esta vida no sea tan mala, quizás valga la pena la libertad conquistada. Al fin y al cabo ¿Qué he perdido? Y… ¿A quien le importa esa… que presumía de hacer lo que quería y no era más que una niña ñoña que se asustó a la primera de cambió y me suplicó sin ninguna dignidad? Sus hermanos los Raqueros la echarán de menos, como cocinera y nada más… Además, esos son unos zafios que no tienen sentimientos, son apenas animales y sólo un estorbo para las personas decentes que los tenemos que soportar y temer.

Lolita, sí, se llamaba Lolita ¿Qué importa ya? Si hasta me parece que la muy sonsa ni siquiera tenía la más mínima experiencia. Descanse en paz, al fin y al cabo no se mereció otra cosa. Bueno, para algo ha servido, fue mi pasaporte para la nueva vida que me espera, llena de aventuras y libre de ligaduras.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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