Cayetanos y cultura

Cayetanos y cultura

IVÁN CANTERO

Hace casi setenta años, mi paisano Gonzalo Torrente Ballester empezaba a escribir su magistral Los gozos y las sombras. Aunque la verdadera aportación literaria y originalidad de la obra es otra bien diferente, más bien relacionada con la labor terapéutica del protagonista, la excusa narrativa es el costumbrismo tardorrepublicano o preguerracivilista de un pueblo ficticio en las rías centrales gallegas. Como telón de fondo ineludible y recurrente en la época en la que se ambienta la historia, está el choque entre el viejo y el nuevo régimen, o lo que es lo mismo, los viejos ricos contra los nuevos ricos; una transición traumática e inédita que empezó con Cromwell y la Revolución Francesa, pero no se hizo palpable hasta principios del siglo XX, donde los réditos y las producciones agrarias aristocráticas pierden peso económico frente a la actividad industrial burguesa. En este caso, el cacique que sustituye a las antiguas familias de señoritos tiene por nombre Cayetano, que para más inri es socialista (no confundir con la actual socialdemocracia, que solo conserva aquel nombre por tradición histórica) y por tanto se concede un halo dictatorial pero mesiánico. Qué distinto significado tendría el apelativo de cayetano si a algún personaje público se le hubiera ocurrido la gracia allá por los ochenta, cuando la novela tomó su impulso definitivo en popularidad tras su versión televisiva, ¿verdad? Sin embargo, don Gonzalo decidió bautizar así a su personaje por su innegable vínculo con populares casas nobiliarias y dinastías taurinas convergentes, esto es, para resumir las pretensiones de una familia de ficción que pretendía ser neofeudal por las buenas o por las malas.

Los decadentistas franceses, capitaneados por Joris Karl Huysmans, fueron quizás los primeros en lamentar este cambio de era por sus implicaciones culturales. Consideraban que, al menos, los antiguos déspotas tenían una sensibilidad que les llevaba a mover su enormes medios e influencias para ejercer el mecenazgo de artistas o levantar palacios y templos cuyo coste es imposible de trasladar a la época actual. Los cayetanos de la incipiente clase política tenían en común un aborrecible materialismo: ni la iniciativa privada ni la pública, que antes tendían a solaparse, tienen ahora demasiado interés en aquello que no tiene una rentabilidad económica o utilitaria evidente a corto plazo como es el arte. El razonamiento que daban estos intelectuales para explicar el fenómeno consistía en que los nuevos poderosos, aun con una posible formación académica mejor, eran infinitamente más incultos que los antiguos aristócratas. El arte seguía, claro, pero a un nivel inferior, casi precario, en cuanto a medios.

A pesar de las predicciones tan pesimistas, que de manera obvia progresaban a diferentes velocidades en cada país, cada cual según su grado de industrialización, al menos a nivel académico continuaba una cierta inercia de los viejos tiempos en cuanto a otorgar importancia a las humanidades, a la cultura. Curiosamente, la mayor y más duradera resistencia curricular en este sentido fueron las dictaduras del siglo XX, de modo que todavía quedan muchas generaciones educadas en el franquismo o tras el telón de acero con una formación básica que las nuevas generaciones (y las viejas de otras latitudes) no pueden ni soñar. En el resto del mundo occidental, los cayetanos liberalistas no pararon hasta hacer de la universidad un enjambre de profesiones técnicas a un nivel de especialización absurdo al supuesto servicio del mundo laboral real, despojando los estudios de cualquier sustrato teórico con el que los egresados pudieran defenderse en la vida cuando la tecnología evolucione, si es que no les ha dado por cursar estudios predoctorales. Por su parte, los cayetanos marxistas, aburridos de las viejas cantinelas políticas, se dedicaron a retorcer y vulgarizar los estudios humanísticos con la excusa de las nuevas filosofías, de modo que todo pasa a ser inválido y relativo… Por tanto, carente de un verdadero interés o empaque. A los dos sabores de cayetanos les unía la siniestra iniciativa de maquillar las cifras del fracaso escolar en su estado particular con la receta fácil de precarizar el nivel curricular del alumnado. Ambos cayetanismos consiguieron algo tan repugnante como convertir la exploración de la cultura, que era un anhelo natural de todas las personas alfabetizadas, en una vulgar afición particular de unos pocos raritos. Quien crea que exagero, póngase a buscar, por ejemplo, el tipo de literatura que se convertía en best seller hace cuarenta años y compárela con el equivalente actual.

Mientras tanto, las antiguas artes seguían su curso y surgían otras nuevas como el cine, que ya nació con la patología crónica del mercantilismo. Porque lo cierto es que la cultura deja de tener sentido para los nuevos cayetanos capitalistas si no es convertible en dinero, o bien los cayetanos marxistas pasan a ver una obra de arte como un vulgar objeto que solo vale el equivalente al tiempo que ha llevado al artesano confeccionarlo… En todo caso, todos pueden llegar a apreciarlo por su utilidad política. Justo es decir que esta transición no fue repentina, sino gradual: la vieja industria audiovisual todavía tenía algo de corazón y alternaba producciones destinadas a llenar las arcas con otras con claras pretensiones intelectuales. Corría riesgos, pero sabía cómo seguir adelante. Cuando se olía la crisis de las subprime, el cayetanismo económico tomó las riendas del sector y no lo ha soltado desde entonces, condenando al séptimo arte a ser poco más que una batidora de secuelas, precuelas, reversionados innecesarios y muchos, muchos superhéroes. Se prefirió trasvasar las inversiones a las series, culturalmente mucho más vulgares y digeribles; y formidables caballos de Troya para proyectar interesadamente política y activismo para el gran público. La inercia llega incluso al mercado secundario del audiovisual, las televisiones, en las que resulta casi imposible ver producciones de cualquier tipo con más de veinte años de antigüedad salvo en canales minoritarios o locales. Una manera de decir que «el que quiera cultura, se la busque».

Por último, al cayetanismo nunca le ha interesado demasiado la religión o tan siquiera la ética, para hacer más flexible a la opinión pública a la hora de asimilar sus decisiones. El fervor religioso había sido desde siempre uno de los motores más importantes de la creación o al menos la industria del arte, pero con el nuevo régimen el arte sacro pasa a ser anecdótico, y las nuevas iglesias se alojaron en locales comerciales… O en el mejor de los casos, fueron excusas para lucimiento de arquitectos tibios buscando el reconocimiento de un premio, con gran libertad en el diseño pero poca vocación estética. 

Precisamente uno de los personajes de Los gozos y las sombras es un monje pintor de pasado bohemio, que para mí representa la resistencia que deberíamos encarnar todos los que decimos amar la cultura en los tiempos que corren: en oposición a las nuevas fuerzas vivas del pueblo (incluido el propio párroco, capitaneados por Cayetano), restaura y repinta el interior de una iglesia románica en base a criterios propios historiográficos y artísticos, defendiendo su obra hasta las últimas consecuencias… Con el único apoyo de los despojos señoriales locales. Debemos seguir creando y apoyando la cultura por amor al arte.


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