Digan a sus madres que la quieren, no sean cobardes

Digan a sus madres que la quieren, no sean cobardes

KAY

Hoy la cosa va de los ángeles que nos protegen desde que salimos de su vientre hasta que respiran por última vez, a pesar de las desventuras. Cierto es que no todas las madres son así, suelen ser las que se dejan llevar por los males de la vida y descuidan lo que más les importa.

Yo personalmente he tenido, hasta ahora, una vida muy entretenida. Mi madre ha sabido estar y actuar siempre que lo he necesitado e incluso, cuando no era necesaria su aportación. Digan más veces “te quiero mamá”, entiendo que a algunos les cueste porque tal vez su relación no sea tan cercana, pero échenle valor y verán la alegría en el brillo de sus ojos. Porque un “te quiero” mueve montañas y más el de un hijo a una madre; ni se imaginan el de una madre a su hijo.

¡Qué pasa con los padres! Nada, a ellos ya les dedicaré otro texto si lo estimo y me da el venazo. ¿A ustedes no les gustan los venazos? Los mismos que les da a sus madres previo a darles un beso, o para hacerles un sándwich cuando ya estaban a punto de irse por la puerta hacia una excursión, o cuando están frente a un escaparate y, viendo algo que puede gustarles a sus hijos, entran para comprar sin fijarse en el precio. Tengan ustedes el valor de dejarse llevar por ese venazo y decir “te quiero mamá”.

¡Ay si nos diésemos cuenta siempre (me incluyo) de lo que nos aman nuestras madres! Cuánto daño les hacemos sin darnos cuenta, vaya pandilla de sinvergüenzas estamos hechos y ellas nos perdonan, no son inconscientes, no; nos quieren más que a su vida.

Miren, como todo hijo de vecino he cometido mis errores (nada grave), y he hecho llegar a límites insospechados a la paciencia de mi querida y santa madre. Sino fuese por ella, ¡yo que sé dónde estaría ahora! Las discusiones han hecho acto de presencia en más o menos ocasiones dependiendo de la época y circunstancias y a la simpática todavía le quedaban tiempo y fuerzas para llegar y decir: “te quiero hijo mío, te quiero con locura”. Sus madres harán lo mismo, díganles que las quieren.

No sean tan cobardes de hacerlo en su lecho de muerte, como en las películas de lagrimón fácil, háganlo cuando todavía tienen energía para escalar la más alta de las montañas porque la alegría que se llevarán les hará vivir mejor y más años. Digan a sus madres que la quieren, no sean cobardes.

Y yo, para concluir (jamás se dice esto en un artículo, pero ya saben que escribo como me da la real gana, ya les expliqué esto en otro), como sé que la mía los lee lo diré aquí públicamente: Te quiero mamá.


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