Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (II)

Familia Echeverría

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

(Primera parte aquí)

En los comentarios que encontrarás en la Crónica, los que hicieron entre tu abuelo y tu tío Andrés, mío no encontraras casi nada, pero aunque no esté diferenciado en el texto lo identificarás a la primera. Verás cuánto talento se desaprovechó y lo bien que resultó gente que hubiera sido desechada por el sistema hoy en día. Hoy el que a los 17 años no haya rendido lo necesario ya no podrá elegir la carrera universitaria que quiera estudiar y se perderán muchos talentos que hubieran podido contribuir a un gran bienestar de ellos mismos, incluso diría en algún caso de la humanidad. Entre tus primos hay de todo.

NOTA Mi padre vuelve a insistir en la necesidad de cuidar a la gente joven para que se desarrollen y sean útiles a la sociedad y a ellas mismas. Él creía que muchas personas desechadas por el sistema podrían haber tenido una vida más cómoda y feliz, al poder dedicarse a profesiones para las que tenían predisposición. Ese estado compatible con sus inclinaciones los hubiera hecho más útiles para la sociedad. En resumen, nosotros individualmente no podemos cambiar la Sociedad, pero sí podemos ayudar a cambiar a las personas que nos rodean, y así ellos podrán aprovechar las oportunidades

En las cartas que incluye el abuelo se ve como en las que corresponden a Enrique, mi padre, se pasa el tiempo recomendando a los demás que estudien, enviándoles problemas para resolver y pendiente en todo caso de su formación académica. Vuelvo a la carta de mi padre.

Guillermo, comenzaré por decirte como llegaste a casa al comienzo de 1950, cuando yo estaba opositando y saqué mi primera plaza de funcionario, de profesor de matemáticas por oposición. Dicen que los niños vienen con una barra de pan debajo del brazo. En tu caso fue así, y hubiera funcionado divinamente si no se me hubiera cruzado una oportunidad de volver a vivir en Asturias y ese “canto de sirena” hubiera puesto nuestra vida en una situación bastante precaria. 

Cuando después de haber participado en cuatro concursos, llegué a casa había pasado un mes desde tu nacimiento, había hablado con tu madre por teléfono y sabía que tu tía Tilde estaba cuidándola, además de la parturienta y el bebé había que ocuparse de tu hermana Maru y de Enrique que era de “echarle de comer aparte”.

NOTA. Al final de la crónica incluyo unas notas sobre mi hermano Enrique por sus méritos y por ser un ejemplo de nuestra educación inadecuada en algunos aspectos, lo he llamado “La exigencia excesiva”. Está en el anexo III. Vuelvo a la carta.

No te debe preocupar que el descubrimiento de tu nacimiento, cuando estaba próximo, lo anunciara un veterinario, sé que no te acompleja, pero fue así, yo cogí un expreso dirección Madrid para opositar. Apolinar que era muy amigo nuestro y además su hijo pequeño, Antonín, muy amigo de tu hermano Enrique. Luego Carmela, una de los catorce hijos de ese mi amigo se enamoró de ti y pese a sus ocho años, emocionada, cuidándote, llegó a morderte, cosa que no tomaste nada bien, siempre fuiste algo quejica, ya desde bebé. Total unos dientes marcados en un carrillo no son nada frente a nuestras heridas de guerra.

NOTA: Enrique y Antonín merecen mención aparte por su conducta asocial, pero además del “hecho vergonzoso” de esa conducta incívica, mi padre cayó en el enorme defecto de contarnos algo que se tenía que haber olvidado. La historia bélica de Antonín Apolinar y Enrique la recojo en el anexo V.

Te decía que Apolinar, una vez salido el tren de la estación de Montoro, dijo: -Maruja te vas a poner de parto, tienes los rosetones en los carrillos propios de la circunstancia-. Guillermo, te advierto que eso no lo sabía por veterinario, si no por padre de numerosísima familia. Así que estate que tranquilo, si tus hermanos se quieren burlar de ti habrá otros muchos motivos, pero no éste. En cualquier caso fue discreto y no dijo nada hasta que había partido el tren, para no meter más nervios en mi espíritu de viajero ilusionado con la esperanza de ganar una oposición a profesor de matemáticas numerario como así resultó, también me iba nostálgico ante la perspectiva de vivir sin mi familia por más de un mes. 

No me resisto a decirte que allí, en Montoro, me sentí muy querido, tanto por los amigos que nos encontramos, por la consideración con que nos trataron, cómo sólo en Coaña me había sentido, claro qué en Coaña mi salud estaba tan deteriorada que no era capaz de tener el descanso ni la paz que me proporcionaban los amigos de Montoro. En Cangas fue diferente, con el tiempo me sentí muy querido por todo el mundo, pero amigos íntimos sólo tuvimos a Fernando y a Teté Mori, que desgraciadamente se marcharon muy pronto de Cangas Onís, esa fue una gran pérdida para tu madre. Después de su partida ya no volvimos a tener verdadera vida social como matrimonio con personas de Cangas de Onís. En el instituto era visitado por amigos, pero ya era una relación personal, sólo mía, no eran relaciones de nuestro matrimonio. Tengo que decirte que tu madre pagó caro el ostracismo que sintió en Cangas de Onís.

Yo durante ese tiempo de mi ausencia a tu nacimiento tenía por delante un maratón de oposiciones, desde el comienzo de la Guerra hasta el año 50 se habían convocado sólo unas cuarenta plazas de profesor de Matemáticas y habían terminado la carrera bastantes cientos de licenciados en Ciencias Exactas, por ello había una gran dificultad para obtener una de las plazas. Eso se complicaba por que ganaban oposiciones profesores que ya tenían una en propiedad y había pluriempleo incluso con profesores que lo eran en ciudades distantes, además había “coaliciones” que colocaban en los tribunales a miembros con favoritismos muy efectivos, creo que los próximos a la protección de la “Iglesia” y curiosamente muchos salidos en esas promociones de la Universidad de Zaragoza.

Pasado el año 60 empezaron a convocarse plazas y plazas y tuvieron que terminar cubriendo las oposiciones de matemáticas con licenciados en Ciencias Químicas, como es el caso de Gloria Zapico, cuya familia es muy querida por nosotros y aparecen en el horizonte de nuestra memoria desde antes del año 30 en que su hermano Andrés y mi hermano Guille se hicieron íntimos en la Facultad de Química. 

NOTA. Como anécdota contaré que mi padre me había contado que a Andrés Zapico y a Guille se les atravesó la Termodinámica, que era una de las materias que se estudiaba en la asignatura llamada Químico-Física, Guille le pidió que la estudiara con ellos.

En Montoro tus hermanos mayores campaban a sus anchas por las calles y tú eras un gorgojo debilucho que requería muchísima atención de tu madre. La vuelta Asturias, en este caso fue a Cangas de Onís. El Ministerio de Educación había decidido crear institutos en el medio rural. Hasta esa fecha no se habían creado institutos en España y al final de la guerra se habían cerrado la mayoría.

En mi opinión la Iglesia presionaba fortísimamente al régimen, decían que los niños debían ser educados en centros religiosos para evitar tentaciones marxistas en los jóvenes de las clases dominantes. ¡Qué error!, aquella presión que dificultó el estudio a tantos, evitó la generalización de los estudios de nuestros jóvenes y la retrasó hasta pasado el año 60, fecha en que se crearon las “Becas Salario” y multitud de institutos a lo largo y ancho de toda España. Además el resultado fue nefasto, los Jesuitas educaron a una generación despistada y en el caso del País Vasco fueron el núcleo que creó el Terrorismo Etarra.

NOTA Mi padre olvida aquí la creación de las universidades laborales en toda España, en particular la de Gijón que se dio administrar a los Padres Jesuitas, por lo que mi padre decidió seguir en el instituto de Cangas de Onís, yo creo que si le hubieran dado la posibilidad de ejercer la plaza de profesor de la escuela de peritos industriales que había ganado por oposición cuando estaba en Montoro hubiera ido a Gijón y simultaneado los dos trabajos, pero en Gijón el encargado de la cátedra de Matemáticas era un perito que no quería ver cerca a un licenciado en Ciencias Exactas y menos a uno que tenía la categoría de funcionario. No sólo por la plaza obtenida que había ejercido en la Universidad de Córdoba, sino también por la cátedra de matemáticas que tenía ya en propiedad en Cangas de Onís. Sigue la carta de mi padre.

Cuando salió en el Boletín Oficial la creación de los Institutos Laborales y la convocatoria de plazas de profesorado, en el casino de Montoro “misteriosamente” desapareció el Boletín Oficial de ese día. En realidad en Montoro había dos casinos, el de artesanos y el de propietarios, por decirlo así, no recuerdo ahora los nombres. Yo frecuentaba el casino de propietarios, porque era donde me reunía con el Patronato de la Academia, de la que yo era el director y profesor de matemáticas. 

Una de las cosas en las que entretenía mi tiempo en ese casino era tomarme un café y leer a diario el Boletín Oficial, en particular para conocer todo lo que afectaba al Ministerio de Educación y Ciencia. Como decía el boletín del día de la convocatoria desapareció del casino. Claro que para nuestro infortunio eso lo suplió la correspondencia de mi padre, que me envió la convocatoria inmediatamente, también me la envío Ángel Fernández, vecino y secretario del Ayuntamiento de Coaña, que con su amistad no quería que se me pasara aquella convocatoria para volver a Asturias. En Montoro intentaron convencerme de que me quedara, que el futuro era mucho mejor allí, no les hice caso, quiero creer que todo ocurre para bien pero esa, como tantas veces, aparentemente fue una gran equivocación.

NOTA. Mi padre sólo tomaba café, no bebía en absoluto porque temía que se reprodujeran los ataques de epilepsia. Y además tomaba para prevenirlos Luminal, que era absolutamente incompatible con el alcohol. Debo realizar otra aclaración al párrafo anterior, porque esa equivocación de la que habla mi padre fue el meterse en una situación mucho más precaria económicamente y con un aislamiento social que perjudicaron claramente la salud de mi madre. En Montoro estaban insertos en una sociedad que permitía a mi madre tener una vida social agradable, lo que no consiguió en Cangas de Onís y además la precariedad económica tampoco contribuía al bienestar de la casa.

Te decía, qué al conocer la convocatoria de esas plazas de profesor me cegó el ansia de retornar, tu madre no estaba de acuerdo, pensaba que estábamos muy bien en Montoro y que no era bueno meternos por la familia y no le hice caso, no me imaginaba la precariedad en la que caímos. Pero de eso ya sabes tú bastante porque te conté las peripecias y siempre me prestaste atención a las “historias familiares”.

NOTA. Finalmente he decidido recoger los problemas que acarrearon para la familia del traslado a Cangas de Onís en un lugar aparte. está recogido en el anexo VI. En ese lugar también recojo las dificultades que pusieron al matrimonio de mis padres mis abuelos maternos

Nuestra vuelta Asturias en octubre del 50 fue traumática, en Cangas de Onís no había viviendas disponibles y tuvimos que estar separados. Sólo podía acercarme a Oviedo los domingos, allí podía reunirme con vosotros. Pero con el inconveniente de no tener vivienda propia, allí estaban nuestras familias Chavarrías y Alonso, sabes que eran vecinos del mismo portal. Yo me pasaba en Cangas de Onís de lunes a sábado, en realidad yo no pernoctaba en Cangas de Onís, mi pensión estaba en Soto de Dego, lugar que merecería un cierto tiempo de descripción pero que no es el objeto de esta crónica, en casa de Cándida, mujer soltera que había perdido recientemente a la hermana con la que convivía. 

NOTA. En el anexo XI hago una alusión a Cándida, la dueña de la casa donde se hospedó mi padre y después todos nosotros.  Cuento algo sobre el carácter de Cándida en un relato que llamé: “El milagro de San Antonio”

También estaba en la casa de Cándida de pensión Ángel, era un chico cuya familia vivía Montalea, en la falda del Sueve, que estudiaba en el instituto. Recordarás que tú pasaste dos semanas en su casa, cuando tenías seis años, también tu hermano Enrique por esas fechas pasó una semana en aquella casa.

NOTA. Al final del texto n el anexo XII hay una descripción de mi estancia en Montalea, la redacté en forma de cuento, lo titulé “El hospiciano”.

El segundo curso, después de ver que no había modo de conseguir una vivienda, Cándida, nos acogió en su casa y la invadimos, éramos, vosotros tres, tu madre y yo, Juan aun no había nacido, como sabes, nació en noviembre de 1952. 

Un año más tarde pudimos alquilar una casa relativamente amplia, la de Prestín, que tantos recuerdos nos dejó a todos. Tenía estructura de casa de campo, con establos debajo, aunque hacía mucho tiempo que esos establos no se usaban, apenas olían, pero el aire que entraba por la rendijas del piso hacían la casa francamente fría en invierno y llena de corrientes.

NOTA. Aquí debo introducir una aclaración. Los concejos de Cangas de Onís y Parres tienen en común el rio Sella que los separa o los une, según el punto de vista. Prestín es un barrio del concejo de Parres que está inmediato a Cangas de Onís, que comprende la margen oeste del “Puente Romano”, el comienzo del camino hacia Soto de Dego y las casas que han ido situándose al borde de la “carretera nueva”, hasta no hace mucho tiempo la carretera que partía de Cangas de Onís hacia el oeste iba por la margen Canguesa, la oriental, del rio Sella, con el trazado del ferrocarril y su camino de servicio que llevaba a Covadonga aquella vía quedó en desuso y la carretera “nacional” actual parte del puente romano por Prestín en la margen parraguesa del río.

Recordarás que el piso de la casa, de madera de castaño, no estaba revocado por debajo, con lo cual con el tiempo las maderas se habían ido deformando dejando rendijas que ventilaban la casa aunque no quisieras. El establo estaba abierto, no tenía puertas ni ventanas.

Además la proximidad al río, el río Sella, hacia que la zona fuera tremendamente húmeda, por lo que en la casa estábamos sometidos a una ventilación permanente de aire húmedo, frío en invierno, en Cangas de Onís pese a estar a 66 m sobre el nivel del mar helaba cuando había nieve en las montañas del sur. Nuestro mítico monte el Picu Pienzu, no lo confundáis con el de la cordillera del Sueve con el mismo nombre, se ve que la toponimia responde en ocasiones a un hombre antiguo y supongo que Pienzo querría decir monte, o algo así.

Rememoro estas cosas para que veas como te fui percibiendo. En la aldea de Soto de Dego Cándida vio su casa invadida y aunque económicamente era muy bueno para ella, la pérdida de intimidad y de paz debió ser bastante dura para su existencia. 

Cándida se enamoró de ti enseguida, no sé qué vería Cándida en aquel niño mocoso, aparte de los rizos, que en las aldeas eran muy apreciados y esa media lengua que desarrollaste rapidísimamente intentando razonar como una persona mayor, con lo cual eras un niño redicho, pero que a ella le parecías la maravilla de las maravillas. 

Decía Cándida que tus ojos hablaban como los de San Antonio. En su Olimpo San Antonio era el summum de la santidad en el Cielo y no sé si estaba o no por enZapico de Jesucristo en su escalafón, y allí estabas tú, el nieto que no tenía, el hijo que nunca tuvo, aunque había adoptado a una chica de la que conservamos un grato recuerdo, pero no es momento de rememorar a Maruja.

NOTA. La adopción de Cándida de su hija, creo que la llenó de felicidad y le permitió tener un báculo en su ancianidad. Las duras condiciones de vida en la aldea de Avalle me inspiraron el relato “La madre añorada” recogido en el anexo VI.

No quiero hablar mal de tus hermanos, pero Enrique era la persona de la casa menos querida por Cándida, la realidad es que Enrique venía salvaje y era capaz de jugar al espeto en la huerta enZapico de las calabazas, lo que hizo el primer día que llegó a Soto. Maru era una niña cariñosa y servicial que también tenía espacio en el universo de Cándida.

NOTA. El juego del espeto, o del “espetu” como decíamos los niños, consistía en que cada niño tenía un palo de una longitud ligeramente inferior a su pierna hasta la rodilla, y estaba afilado en un extremo para que fuera fácil de clavar en el suelo. Comenzaba un jugador lanzando su palo para clavarlo y en siguiente lanzaba el suyo golpeando a uno de los que ya estaban clavados, intentando que el suyo quedara clavado y derribar al del contrincante, si esto se producía el lanzador recogía el palo derribado y golpeándolo con el suyo lo lanzaba lo más lejos que podía, el derribado corría a por su palo y perdía si cuando llegara de vuelta a clavar de nuevo su palo el otro había tenido tiempo de clavar el suyo tres veces.

Juan que llegó a finales de noviembre del siguiente año, 1.951, cuando ya estábamos todos instalados en Soto de Dego, no tenía estatus a los ojos de Cándida, le era bastante indiferente, ni estaba donde reinabais Maru y sobre todo tu, ni tampoco estaba en la antipatía que monopolizaba Enrique mientras fue niño, ya de adolescente se ganó el respeto de Cándida y el de todo el mundo como tú sabes.

NOTA. Siempre observé que mi hermano Enrique presentaba una imagen de todos admirada, yo nunca entendí por qué. Pero me veo obligado a recoger unas historias sorprendentes de cómo otros veían a Enrique. Lo recojo en el anexo VII.

Continuará.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

Un comentario en “Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (II)

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