Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (III)

Introducción ~Crónica de la familia Echeverria~

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

(Primera parte aquí)

(Segunda parte aquí)

En cuanto Juan cogió autonomía de movimiento y empezó a andar con nueve meses, tú a los trece, Cándida empezó a cogerle prevención, siempre lo llamaba “jorolla cuando lo reprendía. Es que destrozaba todo lo que cogía, un día cogió un libro lo abrió, tiró de los lados y lo descoyuntó, se llevó una buena azotaina. Yo dejé de usar gafas cuando él me la rompió y me resultaba muy gravoso comprarme otras. Otro día cogió la pluma que me había regalado mi tío Andrés, Andrés Chavarrías Menéndez, y la clavó en una mesa. El punto era tan bueno que siguió funcionando después de ser enderezado por mí. En España, en ese momento una pluma de ese estilo costaba aproximadamente mi sueldo mensual.

NOTA. Mi padre recoge el calificativo que usaba Cándida, nunca entendimos que quería decir “Joroya”, nadie usaba allí ese calificativo, Cándida lo usaba en exclusiva para Juan.

En cuanto a las plumas estilográficas de mi padre, yo le conocí 2 hasta que se jubiló, en el anexo II, cuento algo de esas plumas.

Para Cándida no había término medio, estaban los buenos, entiéndase sus amigos, y los malos entiéndanse los demás, aquellos que en opinión de ella no merecían el estatuto de buenos.

 Yo era venerado por Cándida, pero no ocupaba un lugar de afecto, sólo tenía admiración por mí, sobre todo desde que un día con una hoja de lata y unas tijeras le arreglé un molinillo de café que llevaba muchos años averiado, en aquella casa no se tiraba nada, todo se guardaba en el “trastero” que había debajo de El hórreo. 

Recordarás que el hórreo estaba edificado con ladrillos y que el trastero inferior estaba cerrado con paredes y ventanas con tela metálica que le permitía cierta ventilación, este trastero estaba cerrado con puerta con llave y estaba lleno de cosas que tal vez un día pudieran llegar a ser útiles.

Cuando llegó Juan en el primer momento no le hiciste ningún caso, tú estabas en tu mundo y te dedicabas a dar la tabarra a todos, queriendo hablar constantemente. Tus hermanos mayores se burlaban bastante de tus cosas, debían verte ridículo con aquella manera de querer razonar como una persona mayor, consuélate, “nadie es profeta en su tierra”.

Como decía, enseguida Juan comenzó a andar y pasado un tiempo pasó a estar bajo tu protección.

Recuerdo que tú no tardaste mucho en impresionarme con tus habilidades numéricas, en ese aspecto eras un niño precoz, también aprendiste a leer con mucha rapidez para olvidarlo todo en verano y tener un aprendizaje tremendamente incómodo la segunda vez que lo intentaste, la primera había sido muy fácil para ti. La segunda vez la señorita Emilia estaba desesperada contigo en aquella aula de párvulos, niños con mandilón azul, mezclados niños y niñas. 

La escuela como recordarás era una graduada con sección masculina y sección femenina, pero los párvulos estabais en una clase común. Por cierto llevaba el nombre de escuela graduada Vázquez de Mella, en honor al jefe del Partido Tradicionalista.

Yo estaba ilusionadísimo, creía que tenía un genio de la matemática entre mis manos y que lo podría modelar. Sé que descuidé mucho tu formación humanística y tal vez contribuí a ese analfabetismo que te caracteriza, sabes mucho de muchas cosas y eras y supongo que sigues siendo un analfabeto que no sabe escribir, que no aprendió la ortografía mínima y que despreció la Lengua y Literatura, que son fuentes de diversión y de corrección en la expresión.

En eso me culpo, creo que tengo parte de la responsabilidad, aunque pasado el tiempo he llegado a pensar que tu caso era muy próximo a la minusvalía en esas materias, particularmente en la memoria visual que debe ir acompañando a la ortografía. En los últimos años se habla mucho de la dislexia y de la comprensión que se debe tener con esas discapacidades. Cuanta necesidad tenías tú de esa comprensión que no siempre encontraste.

Tardé mucho en descubrir lo caro que lo pagaste en tus estudios en la universidad, en la Escuela de Ingenieros de Minas, me desconcertabas, decías haber hecho un examen para un ocho y volvías con un dos. Otras veces, si había habido un examen oral venías con unas notas fantásticas, aunque creo que en tu época no había casi exámenes orales como había sido la tónica de las “escuelas técnicas” cuando eran escuelas del funcionariado, eso te perjudicó, pero alabado sea Dios, “bien está lo que bien acaba”.

Volviendo a la encomienda que te hago, tengo que recordarte que hace años te regalé mi pluma, la última con la que firmé notas antes de jubilarme, tenía la espiguilla rota y el cargador no funcionaba, te dije: -Guillermo te la doy porque sé que tú te ocuparás de que funcione y de tenerla útil como recuerdo de mis años de docencia.

Te estoy contando estas cosas porque quiero que quede todo hablado o por lo menos mucho. Recuerdo y me arrepiento de ello, que pasado el tiempo en el bachillerato adopté contigo una conducta que no tenía con tus hermanos, decidí no sacarte nunca la pizarra, como hacía en todas las clases, sacando una fila completa y que fuera tu responsabilidad estudiar y llevar al día mi asignatura, creo que fue injusto. 

Siempre te estuve sometiendo a pruebas diferentes a los demás, cómo aquella vez que te encomendé mantener a raya a que el loco peligroso, que podría haberte costado la vida. Pero eso ya no importa has llegado a la edad adulta pese a la pleuresía que padeciste cuando niño, Tal vez sin los antibióticos esta carta hoy no tendría el menor sentido.

También es verdad que por eso fuiste tratado con privilegio, porque en aquella casa de Prestín que no tenía calefacción, cuando pusimos la salamandra en el salón pusimos allí tu cama. Los demás dormíamos en habitaciones sin calefacción, llenas de humedad, siempre os habéis quejado de que os metíais en la cama y que estaba mojada. Mientras los demás pasábamos frío, tú dormías en el salón, la única habitación caliente. 

La verdad es que compramos la salamandra porque yo creí que te morías. Tu madre y yo hubiéramos tenido esa preocupación con cualquiera de tus hermanos. Pero para mí tu caso era especial, me parecía una pena que muriera una persona que estaba destinada a prestigiar la Matemática Española. No me olvidaba de las palabras de Rey Pastor a la vuelta de Argentina. En una conferencia con toda la universidad pendiente dijo que hasta esa fecha la matemática española había alcanzado el nivel necesario para ser útil para los sastres. 

Debo advertirte que tampoco él dignificó a la Matemática Española, pese a la gran fama y el gran conocimiento que tenía. Volvió de Argentina diciendo que traía grandes descubrimientos, pero que el barco en el que venía su documentación se había hundido. 

Suena a broma, pero sí se había hundido un barco que venía de Buenos Aires, con lo cual, o él perdió un material muy valioso o fue una excusa perfecta para justificar su carencia en investigación matemática. En la universidad se decía que su tiempo en Argentina lo había dedicado a la cría de caballos, eso sí, con verdadero entusiasmo.

Ninguno de mis anhelos e ilusiones se cumplió, tú elegiste tu camino y despreciaste el mío, el que yo tenía diseñado para ti. Hoy pienso que en la Facultad de Exactas con tu ortografía no hubieras pasado nunca de primero.

En aquel septiembre de tu primer año de carrera en el que aprobaste la Geometría Analítica, que era la única asignatura que te quedaba. Me dijiste que, en primero, en la Escuela de Minas, como habían aprobado muy pocos y faltaban alumnos para pasar a segundo, sometieron los exámenes a tribunal. En otro caso tampoco allí habrías aprobado la Geometría Analítica. Sé que te sabías muy bien la asignatura, pero el profesor de esa materia consideraba que un analfabeto no debiera ser ingeniero de minas.

En las desventuras de nuestros hijos influyen mucho las metas que les fijamos los padres, creo que a tus hermanos los dejé relativamente tranquilos, pero a ti te sometí a tensiones que supongo que han condicionado mucho tus conductas. Recuerdo las huelgas del 70-71 en la Escuela de Minas, recuerdo tu enfrentamiento a la huelga que te costó que en tercero te suspendieran en junio todas las asignaturas, desde esa fecha ya no fuiste tú mismo, pasaste a renquear, mientras que hasta esa fecha habías ido relativamente bien, pesa a tu ortografía.

NOTA Aquí mi padre no recuerda o no quiere recordar las horas que se pasó atormentando o ayudando a resolver problemas de matemáticas a su hijo Enrique y a su sobrino Andrés Moro Chavarrías.

Por aquellas fechas salías con aquella mujer oriental, que supongo que era bastante mayor que tú, pero que me tenía tranquilo porque pensaba que no te iba apartar de la función de docencia e investigación matemática para las que yo creía que estabas destinado. Cuando dejaste de salir con aquella mujer, te animé a priorizar en tus relaciones que buscaras una mujer muy joven, que no tuviera prisa para casarse y de ese modo tú pudieras sacrificar los posibles ingresos a dedicarte a la docencia. La verdad es qué te veía bastante solo, muy necesitado de compañía femenina.

Luego conociste a la que hoy es mi nuera, creo que tuviste mucha suerte, pero al principio me costó entenderlo, era una mujer de tu edad con un buen trabajo, que no debía esperar, y pensé que te pasaría lo que le había pasado a mi padre cuando conoció a mi madre y abandonó su proyecto de ir a Toledo a la Academia Militar, donde había ingresado, para hacerse oficial.

Pensé que tu abandonarías las Matemáticas para constituir con la que luego sería mi nuera una familia como ocurrió, eso me preocupaba. Hoy ya anciano, sé que eran ilusiones vanas, que no eras tú el elegido, y supongo que tampoco las matemáticas era en el campo en el que se establecería la gloria familiar. 

Hoy me corroboro en que tampoco tú eres el elegido, caso de ser cierto ese vaticinio, pese a la fe que siempre te tuve, pero sé que eres demasiado vanidoso. Él tendría que ser más discreto, más humilde, menos pagado de si mismo, ya aparecerá. Aparecerá en cualquier momento cuando menos lo esperéis, yo no lo veré, como no lo vio mi bisabuelo Juan Chavarrías Uranga que lo esperaba, ni mi padre Guillermo Chavarrías Menéndez que parecía albergar dudas al respecto, ya veremos.

Hay un recuerdo que tengo, la presión que ejercí sobre tu postura en política, pero creo que no es momento y aquí lo dejo. Bueno, no lo dejo, no me resisto a recordarte que cuando mi hermano Guille y yo nos empeñamos en regalarte una pistola; yo ya te había regalado una navaja de Albacete, grande, preciosa, a ninguno de mis otros hijos le regalé tal navaja, ni les ofrecí el regalo de una de las pistolas de Guille. 

Tu tío Guille y yo lo tratamos, él tenía una colección hermosa de pistolas y me dijo que te regalaba la que tú escogieras. Dejaste de ir a casa de tu tío para evitar el compromiso, me habías dicho: -“Papá yo pienso casarme y tener hijos y no quiero tener en casa nada que pueda poner en peligro la vida de cualquiera de nosotros”.

En los temas políticos yo estaba sufriendo mucho en el momento en el que se estaba cambiando el régimen, Franco se moría, Carrero Blanco había sido asesinado y yo veía en la calle un apoderamiento de los que querían destruir la paz que se había logrado. Para mí en ese momento, tú eras mi proyecto de líder político, hombre decidido a resistir a la basura que yo creía que se apoderaría de la calle. En esas fechas ya había desechado la posibilidad de que llegaras a ser el matemático que había esperado.

Pero ese carácter y tus peculiaridades te hacían valioso, pese a que ese carácter decidido no estaba acompañado por tu físico. Siempre temí por ti en la calle, te veía capaz de verte envuelto en cualquier circunstancia en donde podría ser linchado. Ahora pasado el tiempo me doy cuenta que la situación no era tan tumultuosa como yo pensaba, yo creía que estábamos repitiendo la situación del 36, por eso tu tío Guille y yo decidimos dotarte de una pistola, para equilibrar tu carácter impetuoso con tu físico que no lo acompañaba.

Guille me dijo, que venga a casa y que escoja la que más le guste de mi colección, Guille tenía 11 pistolas, algunas preciosas. Tú me dijiste que no, que no querías tener ninguna pistola, que pensabas tener familia y una pistola podría producir una desgracia en tu casa. Recuerdo que dejaste de ir a visitar a tu tío Guille, aunque lo solías visitar periódicamente. Hoy sospecho que tenías toda la razón y que nosotros no estábamos viendo las cosas como realmente sucedían y que tú pese a tu compromiso político y tu carácter impulsivo te dabas cuenta que no tenía el menor sentido lo que te proponíamos.

En resumen, sabes que no cubriste mis expectativas de tener un matemático de renombre en la familia, pero tengo que decirte que pese a tus múltiples defectos, siempre tuve mucha confianza en tu capacidad de adquirir conocimiento científico. 

NOTA, en esas aseveraciones veo a mi padre repetirse, supongo que es fruto de su frustración porque yo no cumplí ninguna de sus expectativas. Sigue la carta de mi padre.

Además tengo que decirte que tus hijos me gustan, pese a que Ignacio me desesperaba en los días que pasé en tu casa cuando estabais ausentes y él me pedía ayuda para sus estudios y parecía que sólo quería que le resolviera el problema del momento, que no tenía el mínimo interés en aprender realmente la materia. Pero creo que todos son buenos y que de todos se puede esperar lo mejor.

Recordarás que un día te dije que para mis hijos deseaba que Dios los dotara de bondad, de ser buenos, en segundo lugar que tuvieran buena salud, y en tercer lugar que fueran inteligentes, pero eso último era menos importante para mí. Estoy satisfecho de todos mis hijos, lo cual no quiere decir que no me hayáis dado disgustos y preocupaciones.

Tener un hijo como tú fue una lata al menos hasta que cumpliste los 35 años y debes saberlo, aunque la distancia y tu madurez fue suavizando esa lata.

Hoy me siento muy contento de ti, pero tengo que decirte que en estos momentos en que se acaba mis fuerzas, doy gracias a Dios de tener cerca Adosinda que vive conmigo y sobre todo a Juan que me visita a diario, ninguno de los demás los podríais sustituir, sobre todo a Juan.

Para despedirme sólo desear que seas bueno y que tus relaciones con tus hijos sean de respeto mutuo. También quiero animarte a que aceptes con buena conformidad aquellas cosas que ocurran, aunque te entristezcan y consternen y por mucho que te parezca que no son buenas, aceptes lo que os ocurra, porque los designios del Señor son mejores que cualquier cosa que podamos desear. En resumen sé valiente y sincero, no hay modo de ser sincero sin ser valiente.

Siempre te quiso tu padre, muchas veces te admiró, en ocasiones, no pocas, no te entendió. Pero eso ya no importa.

Tu padre. Enrique Chavarrías Zengotita


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

Un comentario en “Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (III)

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