El peregrinar por la costa malagueña

El peregrinar por la costa malagueña

Los tres hermanos ya de viejos. Paco menos viejo, con su esposa.

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Después de la muerte de mi madre nuestra casa sufrió una persecución, o más bien sufrió la consecuencia de la persecución a que fue sometido mi padre.

Nuestra vida, la de Paco y la mía, era la de unos pilluelos que teníamos mucho espacio para juegos y mucha libertad para disfrutar. De vez en cuando yo recibía reprimendas e incluso algunos azotes por lo que yo podía hacer, pero sobre todo por lo que no evitaba que hiciera Paco, que era un niño simpatiquísimo y de la piel del diablo, quien iba a decir que se convertiría en propietario de una casa de comercio de cierto éxito, aunque ahora pienso que fue por eso, por ese carácter tan inquieto e imaginativo.

Como os decía, mi padre se vio obligado a emigrar lejos del lugar de nacimiento, en busca de oportunidades de promoción. De mi padre ya os dije que era optimista, de no mal aspecto, y simpático. De mi madre tengo que decir que era persona previsora y con inquietud cultural, a mi me dejó el recuerdo de la dulzura y la bondad. 

Mi madre, Adosinda Menéndez Agüera, se sometió a la carrera de su marido, pero aunque sumisa a él y a su obligación de cuidar de nosotros. Ella comprendía que la preparación de él, mi padre, era escasa, por ello, como os decía, preparó un programa de estudio para mi padre que lo obligaba a ir a clases particulares con los maestros de los pueblos de los destinos por los que fue pasando. También se ocupó de que nosotros, sus hijos, recibiéramos la instrucción más cuidada posible.

Mi padre, empujado y apoyado por su mujer, llegó pronto a ser sargento. Hubo dos sucesos que condicionarían sus vidas y la de sus hijos. El más importante fue que Adosinda falleció de fiebres posparto estando destinados en Mijas, Málaga al comienzo de los 90 del siglo XIX.

Mi padre se encontró viudo con cuatro hijos: Andrés, Joaquín, Paco y un bebé, que como decía, mi padre lo encomendó a una nodriza, que se lo llevó a una aldea. La nodriza estuvo cobrando por dar de mamar al niño durante casi un año, aun cuando creo que el infante debió morir en la primera semana. Parece que en realidad no fue más que una estafa, mi padre se lamentaba diciendo que la nodriza no tenía leche y suponía que intentaría paliar la carencia con leche de cabra y él decía que no era adecuada para un niño tan pequeño.

Andrés, mi hermano mayor a sus 12 años, se hizo responsable de la casa, Paco y yo campábamos a nuestras anchas, manifestando nuestras inclinaciones. Yo hacía lo que me venía en gana, pero me pasaba mucho tiempo protegiendo al salvaje que Paco llevaba dentro. A mi me parece que la pérdida de mi madre llevó a largo plazo a la separación de la familia y a la emigración de mis dos hermanos, que de haber vivido mi madre todo hubiera sido diferente. Estoy seguro que hubiéramos estudiado formalmente y desempeñado profesiones relacionadas con el estudio, pero todo cambió y no fue así.

Además ocurrió algo que nos arrastró, fue que estando mi padre de responsable del turno del servicio aduanero apresó un alijo de contrabando algo especial por su importancia. De inmediato se presentó en el puesto el capitán responsable de la zona y le ordenó que rompiera el expediente y dejara paso franco a los contrabandistas. Ante su negativa a plegarse y dejar pasar el alijo, el capitán lo arrestó con la excusa de una falta menor; algo así como llevar sucio el uniforme, o alguna nadería similar. El alijo quedó confiscado y mi padre no volvió a casa. En esas fechas vivíamos en el cuartel, asé que supimos de inmediato que nuestro padre se encontraba arrestado. Se nos trataba como apestados.

Unos días después se presentó el General Inspector de Carabineros en nuestra casa y preguntó por el sargento Echeverría. Mi hermano Andrés le contestó que estaba arrestado, el general le pidió que lo acompañara, facilitando así la visita de mi hermano a su padre. De resultas de la visita el capitán fue expulsado del cuerpo y hubo más consecuencias. El personal del acuartelamiento fue sometido a proceso y la mayor parte de ellos expulsados. Los que salieron indemnes fueron trasladados a otros lugares, bajo la sospecha de corrupción no demostrada, pero manchados por la sospecha.

Los Echeverría pasamos a peregrinar por la costa andaluza, mi padre lejos de ser valorado como el incorruptible y el valiente que se enfrentó con riesgo a superiores corruptos, se vio tratado como un elemento no integrado que ponía en riesgo los ingresos extras de sus compañeros.

A todo esto debo señalar que pese a la intervención del General Inspector, mi padre cumplió el arresto completo, como si no hubiera tenido relación con su actitud encomiable de haber capturado un alijo importante y haber resistido presiones dignas de un titán o de un zoquete, según se mire, yo creo que no fue obstinación irracional, fue que su dignidad no permitió que lo atropellaran, iba en el carácter que había forjado en él su finada esposa. Yo creo que la obstinación estaba en su naturaleza, pero su dignidad era adquirida.

Hoy pienso en la ironía que representaba que esto le pasara a un hijo del cuerpo, que conocía las triquiñuelas de los carabineros al menos tan bien como cualquiera. Hoy creo que detrás de la conducta de mi padre no estaba la escuela de los suyos, de los Echeverría de las Luiñas, sino que lo que mi padre acusaba era la educación que le había inculcado mi madre, la nunca bien ponderada Adosinda Menéndez Agüera. En ella los principios de su cuna y su padre, criado en aquella casa, en el sentido más estricto de la palabra habían arraigado. Mas adelante hablaremos de conductas de otros carabineros, parientes nuestros, no tan encomiables, pero Bernardo resistió como los buenos. Un día este hombre lleno de defectos vería sublimada su bondad en algunos de los frutos de sus frutos. 

Mi padre fue represaliado con los traslados de destino constantes, vivimos en un montón de pueblecitos de la costa de Málaga, lo que me dejó un recuerdo imperecedero. Le daban destinos provisionales para volver a trasladarlo antes de que consolidara un destino, pienso que lamentablemente usaban el expediente en el que se había expulsado a varios jefes y a carabineros y manchado de sospechas a otros, para ponerlo a él bajo sospecha, pero no hay mal que cien años dure.

Mi padre, como sus hermanos, que fui conociendo después, representaba la esencia de los Echeverría de las Luiñas: bien parecido y simpático ¿Qué vamos a hacer si somos así?. Una vez enunciada esta afirmación, tengo que admitir que soy la excepción que confirma la regla, soy pequeño, cetrino y poca cosa, pero mi soberbia me dice que la esencia la llevo dentro, no se manifiesta a los otros, pero está aquí, ya lo veréis, tiempo llegará de demostrarlo.

Al parecer los superiores de mi padre, eran amigos de aquel capitán expedientado y condenado, le buscaban las vueltas acusándolo de dejar entrar tabaco de contrabando. Ya anciano prematuro y siempre desvergonzado, explicaba a su nuera, mi esposa: 

En … yo convencí a la estanquera de que no vendiera tabaco de contrabando… ya sabes… yo siempre gusté a las mujeres– 

En resumen, tal vez exageraba, pero mi padre, ya anciano conservaba cierta picardía, cierta frescura, contaba que gracias a su encanto y su capacidad de seducción, evitaba la persecución de sus superiores… pero si sois lectores varones no os acomplejéis y si sois hembras perdonad el machismo del comentario… eran otros tiempos. Pido indulgencia a los lectores por mi padre. 

Tal y como lo contaba ya agotada su vida,  él había vendido su cuerpo a la estanquera o estanqueras, a cambio de que no lo comprometieran vendiendo tabaco de contrabando, para no dar escusas a sus superiores del Cuerpo de Carabineros, pero creo que el suyo era un caso de extrema necesidad, disculpemos que este hombre comprometido con la vida a la que había entregado rehenes, los hijos que tenía a su cargo, no nos pudiera exponer a penalidades mayores de las que pasamos. 

Recuerdo el peregrinar de pueblo en pueblo, mudándonos de casa en casa, con escasos enseres de cocina transportados a lomos de acémilas o en un carro tirado por una mula. Se que se os hará difícil imaginar las sartenes y ollas colgadas de las albardas de un borrico, también a lomo los jergones y las mantas las escasas ropas que poseíamos, como ahora de viejo lo veo en las películas de buscadores de oro de California. Todavía tengo pesadillas, imaginando cómo sería la próxima casa, miserable, de una planta; con el piso de tierra y precario techo, al que habría que reparar las goteras; por todo mobiliario un banco de piedra o tierra apisonada, la cocina un hogar bajo, con una raquítica campana de humos y tal vez una cadena de la que colgar el perol o una trébede, soporte de tres patas, sobre la que colocar la sartén, cuando no un hogar central y la salida de humos por un agujero en el techo, que de todo hubo.

Me imagino la angustia de mi padre para acomodarlo todo, los jergones en el suelo a modo de camas, preparando el cierre de huecos para protegernos de los mosquitos. Andrés al fin y al cabo hacía el trabajo, pero la preocupación y las quejas las recibía mi padre, también a el correspondía dar las reprimendas o las palabras de ánimo para hacernos la vida más soportable. 

Y luego de habernos acostumbrado a un lugar, cuando ya acomodados, conociendo al cabrero y a los campesinos para conseguir algunas vituallas. También debía mi padre una vez instalado, conseguir disciplina en su destacamento, conocer a sus subordinados y sus peculiaridades, ver qué se podía esperar de cada uno y vuelta a empezar. Llegaría de nuevo la orden de traslado y otra vez a peregrinar… con los niños a rastras, yo ya tenía uso de razón, pero Paco era un niño.

Andrés se ocupaba de todo tipo de trabajos domésticos, yo colaboraba de mejor o peor gana, pero algo hacía y Andrés se hacía obedecer, siempre tan serio y responsable, pero Paco… Paco era un rato difícil de manejar, llorando a ratos. Y siempre aquellas mujeres que mi padre iba dejando atrás… desconsoladas. No sé si estoy magnificando esas despedidas, tal vez un recuerdo concreto de algo dramático me dejó un recuerdo que no responde a la realidad.

Un recuerdo imborrable, pero no dulce, fue cuando mi padre se empeñó en que aprendiera a tocar la guitarra. Él había contratado un profesor de guitarra. El profesor era ciego, un hombre muy desagradable. Me trataba a empellones, siempre impaciente y aplicaba la máxima que dice: “la letra con sangre entra”.

Mi padre cuando me castigaba me ponía a tocar la guitarra, le gustaba mucho oírme, lo que hubiera disfrutado en estos tiempos con la colección de vinilos de mi hijo Andrés. ¡Cómo llegué a odiar ese instrumento!. Ya toda la vida lo odié y desde que mi padre se fue a la guerra no volví a tocar.

Yo llegué a pensar que la guitarra es un instrumento de villanos y de hecho ¿Qué hacen en las barberías cuando no tienen cliente? -“Ya se sabe, los barberos son la peor ralea de vagos y desocupados”. Desde que mi padre se fue a la guerra no volví a tocar la guitarra; en el viaje a Asturias me la dejé en el barco olvidada, supongo que para alegría de algún marinero.

Recuerdo como Paco y yo correteábamos como pilletes. Yo siempre llevaba a Paco de acólito porque era la forma de mantener la vigilancia sobre él. Andábamos alrededor de los puestos de vigilancia del contrabando.

En una ocasión, saltando de peña en peña, nos internamos en el mar y vimos una morena merodeando, sabéis que es un pez muy agresivo, al citarla con un palo saltaba a morderlo y no dejaba de rodear la roca en la que estábamos. Cuando quisimos volver, yo saltaba a la piedra más próxima a la playa sin dificultad, pero cada vez que Paco se acercaba al agua, la morena saltaba a morderlo. Grité a un carabinero que estaba allí cerca; este cazó al pez con la bayoneta implantada en el fusil. Luego el carabinero bromeaba de lo bueno que resultaba Paco como cebo. Supongo que esa noche habrá habido morena con patatas en la fogata de los carabineros.

En Málaga, en el puerto existían barateros. Cobraban el 10% del salario de cada estibador. Esta figura comercial era impuesta y no siempre consentida de buen grado por los estibadores. A veces había peleas y un nuevo baratero expulsaba a otro.

Un día presencié como un joven se negaba a que el baratero cobrara en su nombre. La pelea llevó a los contendientes a sacar sus cuchillos. El baratero era maduro y se lo veía ducho en este tipo de reyertas. De hecho hirió de poca gravedad varias veces al joven, sin intención aparente de matarlo, para que desistiera en su resistencia. El joven continuó la pelea y en un golpe de suerte dio una puñalada al baratero que resultó mal herido. Puesta la pelea en ese punto, el baratero perdió la paciencia y acuchilló al joven con saña, hasta sacarle las tripas. Fue horrible oír como gritaba. ¡Cómo sangraba!, ¡Cómo olía! 

A lo largo de mi vida vi unos cuantos cadáveres, incluso vi morir a varias personas, pero ninguna muerte dejó una huella tan intensa en mí y siempre pienso: -¡Qué valiente era aquel hombre!-. La muerte de mi madre fue diferente, ir viéndola apagarse, viendo la tristeza de mi padre, viendo derrotado a mi padre al que yo veía como un coloso invulnerable.

Cuando se lo conté esa noche a mi padre, me dijo que al principio el baratero no querría matar al joven, solamente convencerlo de que le pagara, –Vamos, es como cuando un acemilero golpea a sus mulas, él no quiere sino que lo obedezcan-.

Aunque parezca que no viene a cuento, ahora ya viejo, mis hijos desde hace años, cuando hablan de mí entre ellos me llaman el Patriarca, me parece un poco cursi y hago como si no lo supiera. Si ellos supieran que creo que tal vez mi abuelo Juan era gitano supongo que dejarían atrás esa denominación porque los avergonzaría, pero allá ellos. Tal vez si llegan a leer esta crónica dejarán de hablar de mi como “El Patriarca”.

Mis recuerdos de Málaga, con sus inundaciones, pueden resultar poco creíbles, porque hace bastantes años que no se inunda Málaga. Creo que ya no las hay, no son tan frecuentes ni tan pavorosas pero hacia 1890 hubo inundaciones con frecuencia. Yo vi, en varias ocasiones, bajar ríos de agua por las calles en cuesta, construidas sobre las ramblas. De las casas salían flotando los muebles y demás enseres calle abajo. En esas, se veía a las gentes afanadas en cerrar puertas, con tablas que tenían en reserva, las atravesaban, a modo de compuerta, en los alojamientos dispuestos al efecto.

Ahora pasados los años me cuenta mi hijo Pablo que la plaga, la Filoxera, había acabado con las vides de toda Europa y al quedarse la sierra de Málaga inculta y sin vegetación, la escorrentía, el agua de la lluvia no retenida por la cubierta vegetal inexistente, provocaba esas inundaciones y que ahora pasados muchos años, una vez crecida nueva vegetación, bajó la frecuencia de las avenidas. Es lo que tiene tener hijos cultos y tocando diversos palos de la economía. Me llenan de orgullo.

También recuerdo como bajaban de las afueras los ríos de pilletes, jovenzuelos y no tan jóvenes sin oficio ni beneficio. Eran tantos, pobres de solemnidad, bajando en manadas desde la sierra donde tenían sus refugios, llevando un palo con un pincho para recoger colillas y lo que cayera. Cuando comenzaban aquellas avenidas humanas los comerciantes guardaban a toda prisa los géneros en el interior de los locales para evitar que sus mercancías se fueran pinchadas en los palos de los vagabundos. No creáis que exagero, me recuerda a escenas cómicas de Cine Mudo. 

Pero todo se acaba, y esa sensación de libertad, ese corretear y disfrutar con Paco se acabó. Claro es que de los tiempos pasados se acuerda uno de forma selectiva, me acuerdo mucho de los recuerdos gozosos y olvidé, supongo, los amargos.

Pero antes de dejar atrás las costas de Málaga creo que puedo mencionar, sin crear demasiado escándalo, que probablemente tengamos parientes en la costa malagueña. Contarlo no es más que responder a lo que creo una verdad, aunque empañe un poco la imagen de caballero de mi padre, pero lleva tantos años muerto que creo ya no importa. Mi padre le contaba a Matilde en sus últimos días:

Había que comprenderlo, que con la soledad, la tentación de tener una jovencita en la habitación de al lado era muy fuerte-. 

Matilde, mi esposa, fue el paño de lágrimas en los momentos finales de la vida de mi padre. Tal vez más bien una espectadora de la obra de teatro que él representaba en el ocaso de su vida. En aquellas fechas Enrique estaba delicado. Se había muerto mi bebé, María Teresa, y Enrique permanecía en casa encerrado. Temíamos la recaída en la enfermedad, la gripe que le había cursado con fiebres meníngeas y temíamos por su vida o que perdiera la capacidad mental.

Estos días vino a verme Enrique y le saqué el tema de la estancia de mi padre en Oviedo. A mi lo que me interesaba era mi padre, pero él recordaba a un viejo muy delicado que lo miraba con antipatía, me dijo:

-El abuelo debía verme como un niño mimado y tal vez lo fuera, casi seguro, porque mamá en las horas que los demás estaban fuera de casa me dedicaba su tiempo, además de trajinar y de contemplar al abuelo, que como recordarás era asmático y tenía unos ataques de tos horribles. Contaba sus historias y despotricaba contra todo y contra todos. Cantaba a veces canciones desvergonzadas y otras veces antimonárquicas, era la antítesis de lo que eres tu, papá. Es la historia, tu abuelo Juan carlista, el abuelo Bernardo liberal a ultranza y tú hombre de orden, pero al ser más culto razonas lo que creo tu abuelo Juan no acababa de hacer, digo esto por lo que me has contado. 

He recogido el recuerdo de Enrique porque enmarca mucho de nosotros. Creo que mis antecesores recogían muy bien el sentimiento de cómo entender la política del momento, de la vida que les tocó pensar con cierta madurez. Si recuerdo más cosas de mi padre las recogeré, porque bien pensado era un hombre interesante.

Enrique me dijo: –Yo oía historias que no comprendía del todo.

Pero sí entendió lo suficiente para contármelas, en su última visita le pedí que me hablara de mi padre y me contó lo que nadie más que él presenció, porque fallecida Matilde, ya no queda en Oviedo nadie que tratara a mi padre en esos postreros días, su esposa y sus hijos pequeños estaban en Madrid y ya prácticamente no supe más de ellos.

La cosa es que al parecer una sirvienta quedó embarazada, presuntamente fruto de su relación con él y abandonada, en un pueblecito de la costa malagueña, cuando él se fue a la Guerra de Cuba.

Cuando supe de ese posible mi hermano, habían pasado casi 30 años, la estancia de mi padre y su muerte ocurren en 1920, también es el año de la muerte de la pequeña de la casa, María Teresa, con apenas cuatro años .

Ya no hubo modo de averiguar nada, además mi vida por aquel entonces estaba harto complicada, con siete hijos dependientes de mis ingresos. Aun no era autosuficiente ninguno así que no estábamos para adoptar distracciones. Yo llevaba la oficina de la Mayoría del Milán y hacía contabilidades en mis horas libres. En las temporadas de Cierre Contable pasaba las noches haciendo asientos y Matilde me leía novelas y me hacía café para que no me durmiera y pudiera entregar las contabilidades a tiempo. Entonces no teníamos aparato de radio, ni otras distracciones, aunque debo admitir que Matilde leía primorosamente y su voz me resultaba agradable y relajante.

Volviendo a Málaga, un día allá por 1893 mi padre nos reunió a los tres hermanos y nos dijo:

-Quiero que sepáis que Andrés y yo nos vamos a Cuba a la guerra, vosotros, dijo mirándonos a Paco y a mí, a casa de mi padre, el abuelo Juan. Tu Andrés sentaras plaza. Ya tengo todo previsto para que te embarques conmigo de soldado, a mi me hacen teniente, con lo que el cambio será muy grande, seré oficial que es lo que quise ser toda mi vida-. Siguió hablando muy excitado. Era muy entusiasta y trataba aquello como la gran oportunidad.

Creo que mi padre pensaba para sí algo como

-El más pequeño pero el primer oficial entre mis hermanos, ¿qué dirán? ¿qué pensarán?. Andrés tan grande, tan fuerte, tan seguro de si mismo? Nemesio que hizo un cierto capital con sus picardías como comandante de puesto en Soto. Eulogio en Tapia, ahora viudo y casado con esa vieja indiana. Adolfo siempre tan presumido gastándose el dinero que le daba a escondidas mi madre. ¿Qué pensará mi padre que nunca me vio entre muchos?. Antes no tenía ojos más que para Juan, ahora ahogado supongo que pensará y pondrá su orgullo en Andrés, pero apenas lo verá, Luarca le queda lejos, y aunque allí se haya hecho un nombre y su espacio, a mi padre le aportará poco. 

Sigo con el pensamiento que intuyo en mi padre:

Yo creo que Juan era el único que comunicaba bien con él, el único que transigía y soportaba su jerigonza, con ese mezclar su idioma natal ininteligible con el idioma de mi madre y demás habitantes de las Luiñas. ¡Ya sabría él si viviera aquí! y viera cómo se habla con esas haches aspiradas y jotas entremezcladas, sin pronunciar una “z” y comiéndose todas las “eses” o cuando en Foz me veía rodeado de personas hablando gallego, que me parecía que ladraban más que hablaban. 

Nosotros, Paco y yo, nos pusimos contentos, habíamos oído hablar a mamá de la tía María, del abuelo Joaquín, de lo bueno que era todo en Asturias. Luego a mi me dio pena dejar a tras a Telvina, me había encariñado con ella y de vez en cuando ella intercedía con mi padre cuando se enfadaba conmigo. Por lo demás el cambio tan frecuente de domicilio me había impedido echar raíces, tener amistades profundas fuera de mi entorno familiar. Andrés estaba emocionado e intranquilo, siempre responsable pensando qué iba a ser de nosotros. A Paco todo le daba un poco lo mismo, se iba conmigo y era lo que importaba.

En la despedida hubo lágrimas, sobre todo de Andrés, que como hombre responsable, era apenas un niño de 15 años, sufría al ver que no podría ya cuidar de nosotros. Yo siempre fui poco expresivo y Paco entonces era un irresponsable, todo lo percibía como una aventura y viéndose cubierto, protegido por mí, no sentía los azares de su vida sin la protección de los mayores.

Tengo que confesar que desde el primer momento en que conocí la partida de mi padre, sentí profunda pena de perder a Andrés, su cariño de persona responsable. La sensación de ausencia, de lejanía de mi padre, venía de cómo percibía yo sus capacidades, yo creía que él era invulnerable, que nos protegía, pero yo también lo consideraba imprevisible y capaz de castigos arbitrarios, como lo era ponerme a tocar la guitarra porque a él le gustaba escuchar guitarra, usando cualquier escusa para castigarme y deleitarlo. Eso también me daba inseguridad.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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