Las Luiñas

Las Luiñas

Arriba: Oviñana // Abajo: Playa del Silencio

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Nuestra llegada a las Luiñas fue agradable a ratos y dura en otros aspectos. La acogida en San Martín por mi abuela fue muy cariñosa, nos preguntaba mucho por mi padre, que cómo estaba, que qué vida había llevado, que cómo se arreglaba con tres rapazos. Descubrí que mi padre no dejaba de haberles escrito y estaban bastante al día de lo que había sido nuestra vida y lo relativo a la muerte de mi madre.

En la casa de los abuelos, en Beiciella, al principio todos sus parientes y vecinos fueron muy cariñosos, pero la casa se nos hizo estrecha y dejó de ser atractiva. Nos faltaba libertad y nos sobraba el control al que nos sometían, diciendo: –No hagáis esto, no hagáis lo otro– No estábamos acostumbrados a dar explicaciones, ni que se nos limitaran los movimientos, estábamos acostumbrados a campar a nuestras anchas por las playas de Málaga.

En seguida, antes de quince días, fuimos conducidos por mí tía Josefa a casa del maestro de Oviñana. Allí comenzaron las horas de clase y las interminables horas de estudio. El maestro se desesperaba, sobre todo con Paco que era muy distraído: el vuelo de una mosca le servía para volver a sus correrías por las calas de Málaga. ¡Todo era tan diferente para él!. Yo lo animaba y le decía que iba a ser estupendo en cuanto conociéramos bien aquella tierra y descubriéramos las cosas que nos había contado papá, además le decía: –en seguida formaremos cuadrilla con los primos: -¡ya verás!

Él me decía: –aquí todos hablan raro, papá y mamá no hablaban así.

Antes de que terminara la primera semana, apareció la tía María en la casa del maestro, preguntando por nosotros. La tía María, María Menéndez Agüera, de la aldea de Busto, era la hermana menor de mi madre, su viva imagen. Estaba aún soltera. Paco cuando la vio se sobresaltó y gritó: 

-Mamá, mamá-. Paco me dijo: -Juaco, ¡es mamá!, ¿Qué dices Paco?. Viéndolo tan excitado le di un bofetón para que reaccionara.

Le dije al maestro: -¿Quién es ésta?- María se emocionó y le faltaban brazos para abrazarnos. La tía María no había visto nunca a Paco y a mí sólo cuando era muy pequeño. Yo no recordaba haberla visto.

Habitualmente pasábamos la noche del sábado y el domingo en casa de algún familiar. A nosotros nos molestaba el intento de control al que nos sometían, querían evitar nuestras diabluras. Con Paco era imposible, no se le ocurría cosa buena, sus aficiones incluían pedradas a animales y cosas. Paco era un salvaje, al que ni las reprimendas ni los golpes metían en vereda. Yo era más serio y no hacía tantas locuras como Paco, pero sí era terco y obstinado y raramente me dejaba corregir, cuando creía que la reprensión no era justa. Dicho lo anterior a veces me sentía obligado a corregir a Paco que no se libró, en más de una ocasión, de llevarse una lluvia de golpes, cuando ya no sabía qué hacer con él. Nunca dejó por eso de quererme y mostrarse incondicional. También él me vio asumir algunos de los castigos de los que él se había hecho merecedor, e incluso como me enfrentaba a los mayores cuando yo pensaba que eran injustos con él.

Mi abuelo Juan a veces se desesperaba, sobre todo al principio. Con el peso dominical que suponíamos para él los nietos, decía de mi: 

Digno hijo de su padre-, usando la jerigonza que era su idioma híbrido, mezcla de vascuence, cubano y la lengua local de los xaldos de Las Luiñas. 

Algunos domingos nos acercábamos a merendar a casa de una hermana pequeña de mi abuela, en la Concha de Artedo. Creo recordar que tenía una casa confortable con un buen mirador, desde donde veíamos el mar. La buena señora, soltera o viuda, no sé, no tenía hijos y falleció hace demasiado tiempo, nos comía a besos, ¡qué dulzura! y procuraba no perdernos de vista, hasta la hora de volver al internado en casa del maestro.

Pero la gloria era ir a casa de los abuelos a Busto. Allí la tía María nos mimaba, contemplaba y consentía; era como una segunda madre, pero sin reconvenciones. El cariño que despertó en mí fue muy especial; de hecho por ese cariño, más adelante convencí a mis hermanos de respetar que la propiedad en Busto no se dividiera y quedara íntegra en sus manos, pese al sacrificio que supuso para mi economía no precisamente sobrada. Paco y Andrés me insistían que reclamara lo nuestro y lo disfrutara yo con mis hijos, pero me faltó valor para reclamarle la parte de mamá a la tía María.

Recuerdo una travesura de Paco, que fue montar a lomos de un gran cerdo y pincharlo con una varilla de paraguas para espolearlo. Hoy me parece imposible, fruto de mi imaginación, un cerdo es un animal temible. Pero lo que sí es cierto es que un vecino le reclamó al abuelo Juan. Decía el buen señor que se le habían picado unos jamones, mal curados debido a que nosotros, sus nietos habíamos hecho heridas a su cerdo en las patas con varillas de paraguas. Insisto en que no sé si ocurrió o no y si el recuerdo de aquel Paco indómito me lleva a componer una historia que no ocurrió, pero así recuerdo a mi hermano pequeño.

Creo que ha llegado el momento de hablar del clan al que nos incorporamos, era peculiar, y pienso que todo responde a razones. Y es que nuestro abuelo Juan llegó a Soto de Luiña en la década de los cuarenta del siglo XIX. La llegada de un extraño a Las Luiñas, a diferencia de lo que ocurriría en otras comarcas, debió de ser un acontecimiento más, que ocurría de vez en cuando, ya que el término de Cudillero era un lugar en el que la actividad marinera tenía peso. Supongo que estarían acostumbrados a ser visitados por gentes extrañas a sus usos y costumbres, el mar siempre comunicó a las gentes que vivían en sus bordes y de hecho en Asturias se dice que Cudillero fue en algún momento un asentamiento vikingo y lo justifican por el aspecto físico de sus gentes.

Debéis tener en cuenta, pese a lo anterior, que mi abuelo cuando llegó no dejaba de ser peculiar, además de ser un extraño en la comarca, era un personaje que hablaba con mucha dificultad una lengua inteligible, mezclando el español con acento cubano con su idioma natal, criado en un caserío de la zona de la Tolosa guipuzcoana, y que de niño hablaría el vascuence elemental de aquellas aldeas. Antes de su estancia en la isla de Cuba a duras penas se habría entendido con cualquier persona cuyo origen distara de su caserío más de unos pocos kilómetros. El abuelo casi no hablaba y el tío Eulogio decía: –ya lo conoceréis bien, apenas habla, se le acaban todas sus palabras con una sola frase-, se ve que los prejuicios no eran sólo cosa mía. El abuelo, pasado un tiempo de nuestra llegada, al ver que yo lo escuchaba empezó a aficionarse a contarme sus batallas, sus inquietudes y sus frustraciones. Descubrí que sólo hablaba si se lo escuchaba con atención. A mí siempre me interesaron las historias de la familia, particularmente las de los Echeverría, tan lejanos y misteriosos para mí.

Dado que el trabajo de los carabineros estaba volcado a reprimir el contrabando y en ocasiones a asuntos de orden público, supongo que los carabineros gozarían de las antipatías de sus vecinos y también serían temidos por su función represora, aunque la mayoría de la población, según pude comprobar, los trataba con deferencia. 

La abuela, una vieja que estaba muy vieja, pretendía ejercer de dueña de la hacienda. El abuelo Juan no se metía en la administración de la casa con tal de que hubiera las cosas que necesitaba, tabaco, licor para su copa después de comer y muy poco más. En la casa en Beiciella convivían con ellos la tía Josefa y su familia. A la sazón Beiciella no era más que seis casas adosadas en un camino que prácticamente era un fondo de saco, pues sólo continuaba para dar servicio a los campos que estaban detrás. Este camino partía de la carretera que comunicaba Soto con San Martín. Soto y San Martín eran las poblaciones más importantes de Las Luiñas y llevaban en su nombre el “apellido” de Luiña y estaban en la carretera general Oviedo Luarca. Beiciella esta a unos quinientos metros de la Carretera General.

En esa casa mi abuela campaba por sus respetos, pero el marido de mi tía que tenía una hacienda más que regular no entraba en esas cosas y llevaba el peso de la administración. La hacienda de mi abuela había sufrido recortes con los dispendio realizados por mi tío Adolfo, al que consentía su madre y generaba tensiones entre mis tíos. Antes de entrar a hablar de nuestra situación, la de Paco y la mía, describiré un poco la comarca porque vale la pena.

En este punto debo hacer un bosquejo del medio en el que se conocieron mis abuelos paternos, Juan y Josefa. Como ya hemos dicho, la comarca de las Luiñas está en el término municipal de Cudillero, que administrativamente está constituido por las parroquias de Ballota, Faedo, Novellana, Oviñana, San Juan de Piñera, San Martín de Luiña, Santa María de Piñera, Soto de Luiña y Cudillero que es capital del concejo. Esta descripción responde a que la gente joven que me sucede comprendan que la administración de un concejo es más compleja de lo que podría parecer, las parroquias entonces tenían una importancia que hoy parece que han perdido. He obviado enumerar las brañas, es decir los poblados habitados por “vaqueiros de alzada” que integraban las parroquias, pero que no tenían ninguna atribución administrativa.

Hasta fechas recientes en este reducido espacio, había tres etnias coexistentes. Pero esa situación aun pervivía cuando Paco y yo nos incorporamos a la familia.

Cuando mi abuelo llegó a ese término de Asturias se encontró con la existencia de, por un lado los habitantes del principal puerto de mar, Cudillero, llamados Pixuetos, dedicados a la pesca, de los que se decía que eran más roxos, es decir más rubios y colorados que los miembros de otros colectivos. Se justificaba estas diferencias de aspecto asegurando que descendían de personas procedentes de un asentamiento vikingo. ¿Quién sabe?, pero si es cierto que se mezclaban poco con los campesinos, llamados xaldos, y con los vaqueiros de alzada, llamados así los medio campesinos medio pastores nómadas, que iban en verano a los pastos de la cordillera y en invierno a los de la marina.

NOTA. No tengo más remedio que hacer una digresión, y tomo yo la palabra, soy Joaquín Echeverría Alonso. 

Los vaqueiros de alzada tienen su origen en los pastores de los conventos, principalmente el de Corias, en la actual Cangas del Narcea. Hasta hace poco tiempo se llamaba Cangas de Tineo. Tales conventos poseían grandes cabañas de ganado vacuno y monopolizaban esta modalidad de ganadería hasta el siglo XIV. Posteriormente la casa de Quiñones de León pasó a dominar esta actividad y después la sucedió la casa Miranda, a partir del siglo XVI. Estos señores de la ganadería vacuna usaban su influencia en La Corte y en los tribunales de Oviedo para atropellar los derechos campesinos, de los concejos y de las parroquias rurales. El estatus de los pastores era entonces superior al del resto de los campesinos, manteniendo sus costumbres y tradiciones diferenciadas del resto de la población.

Cuando la corte de Madrid en el siglo XVIII atrae a los nobles terratenientes y éstos establecen sus palacios en la capital, van desentendiéndose de sus actividades pastoriles de Asturias y las grandes cabañas se disgregan. Los pastores quedan independientes, pero al perder la protección de los señores van perdiendo estatus y terminan siendo considerados como una etnia maldita. En el siglo XIX se los consideraba una casta inferior, descendiente de moros cautivos, que eran discriminados hasta en las iglesias, donde no se les permitía la entrada más que en la parte trasera, hasta donde se les llevaba la Comunión, apartados del resto de los feligreses. Vuelvo a la crónica escrita por mi abuelo.

Estos grupos étnicos se diferenciaban en aspectos idiomáticos, aperos de sus oficios, ajuar doméstico y costumbres familiares. Pude comprobar que la economía era compartida y aunque en aquella época vivíamos en una economía de subsistencia, no dejaba de haber comercio en los mercados, en los que cada familia ofrecía sus excedentes y compraba lo que necesitaba y no producía. 

La casa de mi abuelo compraba a alguna familia vaqueira correas de cuero y también cuerdas para los aperos y trabajos relacionados con la arriería. El tiro que en su casa era de vacas y no de bueyes, ya que uncían vacas a los yugos, mientras en las casas más pudientes aparejaban bueyes para el tiro y arado y reservaban las vacas para la cría y la leche. También los vaqueiros nos proporcionaban hierbas y productos empleados para infusiones a modo de medicinas y todo tipo de remedios. Al parecer, en el puerto existía gran variedad de plantas aromáticas y ellos sabían dónde buscarlas y cómo tratarlas. Era un conocimiento que no compartían, sólo nos las proporcionaban ya elaboradas una vez “curadas”, sabían secar las plantas de modo que conservaran sus características y no se les pudrieran.

En casa de mi abuela compraban pescado para las salazones o el consumo en esos días. En los mercados se hacían intercambios económicos entre las diferentes etnias, esas diferencias no eran un obstáculo para comerciar, al contrario, al ser sus economías complementarias. Pero no se casaban entre personas de distintas etnias, más que muy rara vez. Mi abuelo tenía el privilegio de tener ingresos en metálico, por lo que tenía mayor facilidad para comprar lo que necesitaba, sin la necesidad de ajustar las cantidades. Los que tenían poco acceso al metálico tenían que recurrir al trueque de productos. Eso complicaba las transacciones.

Hubo algo que me impresionó profundamente. Fue un domingo a la salida de la iglesia de San Martín de Luiña, que era donde los domingos que pasábamos en Beiciella íbamos a misa.

Cuando salimos de la iglesia oí vocerío, muchos gritos e insultos salidos de tono. Vimos a las mujeres que sujetaban a una moza, se produjo mucho nerviosismo y forcejeos y enseguida los mozos rodearon a las mujeres como haciendo guardia en círculo, para que nadie pudiera acercarse. En seguida corrieron hacia allí varios vaqueiros gritando, pero eran unos pocos, no tenían nada que hacer frente a los de San Martín. Luego me enteré que los vaqueiros eran de la braña de Teixidiello.

Las mujeres le cortaron las sallas a la pobre mujer, medio se las arrancaron, y quedó con las piernas al aire. Avergonzada y golpeada de la forma más ignominiosa posible, creo que hasta perdió pelo en los tirones. Lloraba y se resistía como una posesa, pero no le sirvió de nada. Yo me había fijado en ella, la había visto ir a tomar la comunión toda airosa, coloradota, garbosa y presumiendo de su palmito, sus pañuelos de colores y sus faldas abultadas.

Me dio mucha pena aquella mujer, a la vuelta a casa le pregunté por ella a mi tía. Mi tía me dijo que los vaqueiros no tenían permiso para ir a comulgar dentro de la iglesia, que ellos no habían contribuido a las reparaciones y que el cura les llevaba la comunión a la parte de atrás y ella debería haber esperado detrás del palo, que estaba atravesado en la nave de la iglesia y que se lo merecía por desvergonzada. Que era la ley, que si una vaqueira se adentraba en la iglesia más allá de donde les era permitido, las mujeres le cortaban las sayas en la plaza pública, para su vergüenza y escarmiento y advertencia a los de su “ralea”.

En el suelo de la Iglesia de San Martín había una lápida que ponía: “no paséis de aquí vaqueiros”, la viga que separaba la parte de atrás de la nave desapareció unos treinta años después de lo relatado, durante la dictadura de Primo de Rivera, en que los mozos vaqueiros bajaron y entraron en la iglesia y la arrancaron sin que nadie se atreviera a oponerse. En aquella ocasión La Guardia Civil los hubiera defendido. La Dictadura de Primo de Rivera defendía el orden y no admitía discriminaciones.

Volviendo a mi familia, yo tenia noticias de los hermanos de mi padre y de mis abuelos, pero el cariñoso trato de nuestra madre nos había familiarizado más con la existencia de la tía María en Busto.

Como ya he dicho a nosotros nos consideraban normales, es decir no éramos a los ojos de la gente ni vaqueiros, ni pixuetos. Mi familia materna era xalda, es decir campesinos, no emigraban a los pastos de las montañas en verano y estábamos en buenas relaciones con los curas, hasta teníamos sillas en la iglesia de San Martín con el nombre familiar marcado con tachuelas. Fuera de los del oficio de carabineros, en el cual estaban todos mis tíos y mis primos mayores, mis otros parientes se dedicaban más a la agricultura que al pastoreo.

En aquellos años para mí era impensable que un vaqueiro ocupara un oficio público o cualquier cosa que no fuera pastoreo o cuidar una huerta miserable, o ejercer la arriería a pequeña escala, al aprovechar su desplazamiento de la marina a la montaña y vuelta. Hoy pasado el tiempo todo es diferente, recuerdo cuando sirviendo en el Milán descubrí que mi compañero Álvarez era vaqueiro, no me lo podía creer.

Cuando le conté a mi abuela lo ocurrido en la iglesia y la moza vapuleada y vejada, me dijo que había que mantenerlos a raya que estaban muy crecidos. También insistió que en nuestra familia no tenemos la más mínima sangre vaqueira. ¿Quién sabe, si de tenerla me lo habría ocultado?. Me decía: –Es muy fácil saberlo, usan apellidos diferentes como Feito, Galán y otros, que nosotros ni ningún pariente nuestro tiene. Nosotros tenemos pocas vacas pero buenas, las suyas son esmirriadas, pesan la mitad que las nuestras, andan con caballejos y burros o mulos, como los gitanos, sólo que esos no llevan vacas- y así siguió aleccionándome contra aquellos que ella consideraba “gentiles”, vamos, eran una raza maldita.

También recuerdo, volviendo a las actividades de los campesinos xaldos, al tío Tino sacando ocle del mar, es decir algas, en la Concha de Artedo, que quemaba para abonar sus campos.

La abuela hablaba de “mi Juan”. Al morirse siendo aún joven en un naufragio, no se hablaba de él en la familia y además durante mucho tiempo quedó prohibido, tácitamente, que nadie se bautizase con este nombre. La muerte de mi hermano pequeño del mismo nombre había ratificado la prescripción familiar. Creo que el tío Juan fue muy querido y admirado por todos; y todos callaban cuando la abuela hablaba de él y lloraba. En resumen, la muerte del tío Juan dejó una gran amargura en sus padres y superstición en sus hermanos. El respeto a no usar ese hermoso nombre duraría algo menos de 100 años, hasta que se volviera a usar, ahora tengo un nieto con ese nombre y tengo en él muchas esperanzas, ya veremos.

Por cierto, también en aquellos días había peleas entre hermanos. Al parecer mi abuela, que debía tener un patrimonio de cierta importancia para los tiempos y el lugar, tenía una especial predilección por su hijo Adolfo, que debía ser camelador y bastante golfete. Todos mis tíos, los hijo de Juan y de Josefa: Andrés, Adolfo, Nemesio, Eulogio y Bernardo, éste era mi padre, ingresaron en el cuerpo de carabineros y mientras fueron solteros y tal vez algún tiempo después, vivieron en casa de sus padres, donde debía de haber un cierto bienestar económico al reunirse los sueldos. 

Al parecer, la abuela organizaba su hacienda favoreciendo a Adolfo, que se corría sus juergas, con escándalo de sus hermanos y en particular de Andrés, que era el mayor, una vez fallecido el llorado Juan. Una frase que repetía mi abuelo era: 

-Si estuviera Juan todo hubiera sido diferente. 

Andrés era un hombre muy fuerte y bastante indómito nadie le ponía freno y de vez en cuando Adolfo fue castigado por él, por gastarse el dinero de la casa en sus calaveradas.

Como os decía, Andrés se tomó la responsabilidad de exigir disciplina en los asuntos domésticos. Una vez me contó el abuelo llorando, algo que había ocurrido años atrás, cuando la abuela vendió unas tierras y Adolfo dio buena cuenta del dinero cobrado. Contaba el abuelo, en su vejez, con un sentimiento de impotencia, cómo Andrés se tomó justicia dándole a Adolfo una soberana paliza y arrestándolo, aprovechando su mayor grado en el cuartel. Andrés era ya por esas fechas sargento y Adolfo tal vez fuera cabo. De Adolfo hablaré más adelante y se verá que ya en Asturias esa estirpe apuntaba esas maneras, tanto las suyas como las de su hijo y las de su nieto después, que el tiempo y la historia desgraciadamente lo recogerá como ejemplo de lo que no debe ser un gobernante, pero eso trasciende a lo que ahora quiero contar.

Yo viví con ellos, con los hijos de Adolfo una situación en la que la tentación fue muy fuerte. Pero yo soy hijo de mi madre y ella era diferente, sus principios eran de la casa Agüera de Busto y su padre era Joaquín Menéndez. Eso marcaba la diferencia, ya la había marcado cuando mi padre no se había dejado corromper en Sevilla y lo habíamos pagado caro. Pero ya llegará el momento de contar esa historia.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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