La acogida en Busto

Playa de la Vallina

Playa de la Vallina

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

Debo volver a Busto. La aldea de Busto está en el Cabo Busto. Este cabo es mas nombrado que el cabo Vidio, que es donde viví con paco en casa del maestro que nos preparaba para examinarnos en Oviedo de bachillerato. El maestro estaba en su papel ya que era responsable de nosotros y de los niños “externos” de la escuela, pero a nosotros nos prestaba una atención especial, por un lado vivíamos en su casa y por otro Paco era como la yesca y la pólvora. Aunque yo fuera más tranquilo, pero terco, daba menos que hacer, pero no era capaz de controlar a Paco que era famoso por lo “malo” que era, aunque ese calificativo significaba travieso. Nuestro acento andaluz nos diferenciaba y en cuanto abríamos la boca cualquiera que no nos hubiera visto nunca sabía que éramos “los andaluces”, unos Echeverría con fama de ser unos trastos.

Cuando mis padres se casaron construyeron una casa junto a la de la familia Agüera. Apenas vivieron en ella, en seguida mi padre ascendió y tuvo que cambiar de destino. Esta casa seguía en pie en 1.950, por cierto, muy descuidada, lo que indignó a mis hermanos Andrés y Paco, estos últimos venidos desde América, donde vivían, pero ya lo contaré más adelante.

El cuerpo de carabineros estaba atiborrado de “Chavarrías”, como nos llamaban allí, en la zona de las Luiñas y aledañas, así es que mi padre para ascender tuvo que cambiar de destino y yo, su segundo hijo, nací en Foz provincia de Lugo. La casa que construyó en Cabo Busto quedó cerrada y ya nunca volvería a ser habitada por mis padres.

María Menéndez Agüera, la llamaré la tía María en lo sucesivo, se casó años después, no recuerdo el apellido de su marido. Tuvo dos hijos, una hembra, Josefa, y un varón de nombre Balbino, del que no guardo buen recuerdo. El abuelo Joaquín Menéndez había muerto como ya dije en un accidente cuando labraba con un caballo. 

En aquella época la cantidad de accidentes con las bestias de tiro era impresionante, más adelante contaré mi relación con un caballo en el cuartel del Milán, era un animal viciado y peligroso, llamado Turco, supongo que por su capa de color oscuro.

Aunque esto es adelantarme a la historia, en la visita de los años 50 pudimos comprobar que Balbino, el hijo de la tía María no se casó y llevó una vida avarienta. Al parecer nunca ayudó a su hermana Josefa, que sí se casó, con un portugués, por más señas. El portugués era peón de la construcción del ferrocarril y nuestros parientes tienen su apellido, pero después de aquella visita no volví a saber más de ellos. La tía María ya había muerto y yo había convencido a mis hermanos para no reclamar lo que nos correspondía en la herencia para no poner en dificultades económicas a la tía María. 

A la muerte de mi abuela materna, al comienzo de los años treinta, mis hermanos me presionaron para que reclamara la parte de mi madre. Ellos que estaban económicamente mejor que yo, opinaban que me vendría bien, pero yo me negué pensando en no hacer daño a la tía María. Sin embargo en esa visita con Andrés y Paco, en los años cincuenta, pensé que de haber ejercido ese derecho hubiera podido ayudar a mi prima con el usufructo de aquello, pero ya no era tiempo.

La pobre Josefa, mi prima, cargaba con sus hijos. Con el tiempo el portugués se alcoholizó y pasó a ser un “bueno para nada”. Su esposa e hijos pasaron bastante hambre y penurias. Balbino, mi primo, como he dicho disfrutaba de la hacienda y no atendía a su hermana y sus sobrinos en absoluto. Decía antes que los nombres crean carácter, este Balbino era mi primo e hijo de la tía María, el otro Balbino, nuestro tío, del que tan mal concepto tenía mi padre era hermano de ella, se había malogrado a la muerte de su padre, antes de nuestra llegada a las Luiñas.

Mi recuerdo más grato de nuestra estancia en Oviñana, en mi niñez, fue impreso por los domingos en Busto. El sábado, cuando tocaba Busto, por la tarde emprendíamos el camino con un mínimo de ropa, para pasar el domingo allí, ir con ellos a misa y disfrutar las atenciones y el cariño de la tía María que tanto me recordaba a mi madre. 

María era bastante más joven que ella y se acordaba como la niña que ve a su hermana mayor casarse con Bernardo, tan guapo y varonil, y emprender la vida de adulta. Siempre decía la pena que sintió al hacerse mujer sin poder hacer confidencias a su hermana mayor y la pena tan enorme al conocer su muerte. En esas visitas nos integrábamos en la casa de un modo que no era posible en Beiciella y el recuerdo es tan dulce que creo fueron los momentos de mayor paz de mi vida. Hasta Paco parecía civilizarse allí, estando a cargo de la tía María.


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Publicado por Joaquín Echeverría Alonso

Ingeniero de minas . Aficionado a contar historias más o menos reales.

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