Ya vivimos en un metaverso

metaverso

IVÁN CANTERO

Medrosos por el predecible ocaso de la primera gran red social del Internet, que ya solo usan activamente los rezagados digitales, sus mandamases han decidido apostar por una aproximación más hiperbólica y triste (asumiendo la predominante dimensión fantoche de este tipo de aplicaciones) que han dado en llamar metaverso. Tan fuerte es el envite que hasta le han cambiado de nombre a la compañía matriz. Es una idea superlativa en el sentido de que los usuarios tendrán avatares que pulularán por un mundo virtual paralelo, en el que presumiblemente habrá poco de ellos mismos y mucho más de pretensiones y aspiraciones fallidas… Quizás una oportunidad de negocio para terceros en el universo digital o formato para algún uso interesante por discernir; pero también la ocasión para construir entre sus habitantes un mundillo ridículo y miserable por omitir miserias, vamos.

Ni que decir tiene que la idea no es nueva, ni desde el punto de vista técnico (recuérdese el fallido Second life, en el que el inefable Gaspar Llamazares se hizo ciudadano) ni tampoco conceptual. Si pensamos en el metaverso como un mundo diferente del real en el que preferimos refugiarnos, la idea es tan antigua como la propia humanidad, partiendo de los edenes genésicos o las vidas contemplativas de ciertos religiosos, pasando por el tópico mito cavernario.

Sin duda la mayoría de las implementaciones fueron personales, profundizadas en primicia por el Quijote, pues las obsesiones encarnadas en el consumo compulsivo de algún género de ficción alteran de manera permanente la percepción del mundo. Los alucinados llegan hasta nuestros días sin novelas de caballerías, trastornados con mayor sutileza en dimensiones concretas de su vida, casi siempre las relaciones personales. Me atrevería a igualar aquí la ficción romántica y la pornografía, pues la sobredosis de cualquiera de ellas en individuos solitarios provoca zozobras en las expectativas que en la vida real tienen para sus relaciones afectivo-sexuales; que en el mejor de los casos desembocan en un mayor aislamiento al rechazar el decepcionante mundo exterior, y en el peor la muerte social del sujeto tratando de zambullirse a las bravas en el universo ajeno. En este sentido, no hay quien me convenza de que la obsesión en homologar a María Magdalena como pareja de Jesucristo no viene de otro lugar más que de la fantasía moderna y ñoña de que todos los relatos deben tener un personaje femenino coprotagonista y una historia de amor.

A nivel colectivo, que es lo más interesante para el caso, quizás el primer metaverso exitoso fue la Unión Soviética, una inmensa obra de arte tributo a la mentira, pero tan frágil que necesitaba estar aislada del exterior para su preservación. Fracasó precisamente por querer impostarse como realidad, pero engendró un hijo filosófico que arrasa desde mediados del siglo XX: un marco teórico para relativizarlo todo, con el objeto de que nada en lo social pueda ser tachado de mentira y dejando la verdad como un concepto privado o grupal… En definitiva, una cosmovisión propia de porreros preadolescentes que eligen su peinado por parecerse a un futbolista o estrella del pop; que carentes de cualquier perspectiva vital (y un currículo cultural que se empobrece a saltos de siete leguas con cada reforma educativa), se arrogan a analizar la historia en contraste con el ahora y creen en la superstición de que la ética de occidente llegó por algún fenómeno meteorológico ocurrido a finales del Siglo de las Luces.

Como en sus microsociedades la verdad se establece por aclamación, poco importa si esta viene por vulgar ignorancia o del omitir a sabiendas, pongamos, la ascendencia cristiana y grecolatina de nuestra cultura. Yo apostaría más bien por el primer supuesto, pues en estos pequeños metaversos se emplean muchas energías en combatir de boquilla conflictos imaginarios, cuya principal ventaja es que pueden ser derrotados u olvidados en el momento preciso que sea necesario. De esos barros vienen las filigranas dialécticas para mearse en el tercio excluso a conveniencia en cuestiones como la vida antes del nacimiento, de modo que el gestado tiene derechos humanos o categoría de hijo en función de los deseos transitorios de la gestante; y en todo caso no goza del amparo legal que sí tienen los huevos de varias aves rapaces.

Las redes sociales han sido muy útiles para unir en metaverso a individuos aislados con ideas similares o aun poner en contacto a varios metaversos existentes creando uno más grande. Con los algoritmos afinados con el uso y suficiente población perdiendo el tiempo y colgando opiniones allá, estas aplicaciones son capaces de establecer para los usuarios lo que llaman burbujas de afinidad: la ilusión de que la mayoría de paisanos piensan como tú, al no ver en el flujo de novedades más que publicaciones que comulgan con tu catecismo. Muchos, demasiados creen en esto de veras, llegando a tomar hasta decisiones políticas en función de algún trending topic peregrino, o les da alas para aventurarse a propagar filosofías de cagadero (al cabo, el fin último de las redes es documentar las gilipolleces improvisadas o viscerales que cada cual tiene la compulsión de compartir en cualquier momento del día).

Incluyo en esta sección, por ser más recientes, los conceptos de nueva masculinidad y nueva feminidad; pero me centraré en la primera, porque la segunda todavía tiene que tratarse entre subterfugios e hipocresías tácticas por el rechazo que provocan entre el público objetivo (y con razón) las tarascas y canosas que tan a menudo se muestran como ejemplo para estas propagandas. La mejor prueba de que un concepto es falaz y ridículo (como es el caso) llega cuando este solo se atreve a definirse por lo que no es: aunque me interesa lo mismo que aprender a herrar mosquitos, lo cierto es que no he llegado a leer nunca una definición de lo que supone ser ese nuevo tipo de hombre. Más bien me encuentro con patéticas intentonas de caricaturizar lo frágil de la masculinidad clásica a base de afear las machadas con ideas prestadas ya mohosas… Y diríase, sin embargo, que fuera más bien al contrario, porque todos estos papagayos que abanderan la nueva masculinidad llevan siempre barbas o bigotes, no vaya a pensarse que por defender tal cosa pudieran ser afeminados. De cualquier modo, casi nadie los escucha. Y quien no se lo crea, recuerde aquella popular firma de productos para hombres a la que le pareció buena idea hacer publicidad ridiculizando la masculinidad: después de pegarse en las ventas una hostia que ni el coyote del Correcaminos, volvió a la palestra con los dientes en la mano, la maroma envainada y propuestas de marca cachondas para volver a caer en gracia a los consumidores.

Diremos por último que la digitalización también ha llevado a convertir muchos medios en catecismos ideológicos radicales o sensacionalistas (es decir, metaversos de consumo) para crearse a codazos su nicho de mercado. En los albores de la red se creía que lo económico del formato versus la distribución en papel engendraría un periodismo más libre e idealista, pero lo cierto es que nadie ha sido capaz de monetizar lo suficiente la información en Internet como para asentar digitales fuertes, de modo que el gremio ha convergido en multitud de portales minúsculos y endebles sin medios, rehenes de la publicidad institucional o de grandes grupos empresariales (a falta de otras fuentes de ingresos), que apenas pueden hacer algo más que agregar contenido de agencias, curiosidades de las redes sociales, noticias locales o añadir alguna columna de opinión; con cuidado de no molestar demasiado a sus paganos. Estoy cada vez más convencido de que si queremos tener de nuevo una prensa independiente y contestataria, tenemos que volver a comprar periódicos en papel o encontrar un formato equivalente para el consumo digital.

Puesto todo encima de la mesa, ¿de verdad necesitamos otro metaverso?


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