Sentimientos desechables

Sentimientos desechables

IVÁN CANTERO

Entrando a una estación de metro en un barrio no precisamente sofisticado, pude ver hace tiempo un cartel en el que la Comunidad de Madrid anunciaba un servicio para ayudar con las burocracias a los matrimonios de la región que pretendan separarse. La cuestión no tendría mayor importancia si no fuese porque se promocionaba en las mismas formas de mercadotecnia burda y simpaticona que se emplean para vender un crecepelo; como cuando alguna firma trata de persuadirnos con ánimo de lucro para que vendamos el coche, corrijamos nuestros hábitos alimenticios o instalemos una alarma porque vivimos en una sociedad caótica y siniestra que lo hace imprescindible… Es decir, para que cambiemos nuestra forma de vida. No he visto nunca, sin embargo, a administración alguna tirando presupuesto para publicitar recursos públicos de apoyo psicológico o terapia a familias con problemas, tal vez porque esos servicios no existen.

Se trata, ni más ni menos, de la implementación en el terreno psicosocial (con el dinero de todos) de los hábitos de consumo sobre los que las economías de escala y la sustitución de la mecánica por la electrónica han creado la percepción de que es más práctico sustituir que reparar; o directamente que la reparación no es, en general, una posibilidad. Podríamos decir que esto va más allá y podría consistir en una concepción de la vida a modo de vulgares tareas administrativas que gestionar, de un modo tan frío y maquinal como pudiera ser la relación periódica con Hacienda o la planificación de un viaje (¿se acuerdan de las pretensiones de eliminar el orgasmo en la orwelliana 1984 para desapasionar el sexo y, por extensión, las relaciones humanas?). Nadie está dispuesto ya a enfrentarse con la vida; y si lo hace, busca rápidamente en quien subcontratar la solución o narcóticos políticos o filosóficos a medida (bendita soma de Un mundo feliz) para ignorar y relativizar sus problemas.

Es probable que la cara más perversa de este diabólico y enorme poliedro sea la creación de una familia. Sería inútil y superfluo hablar aquí del manido egoísmo individualista, pero sí merece la pena mencionar que los poderes fácticos políticos y sociales se han empeñado en justificar y hasta formalizar el desprecio a la solidaridad individual, a aquella ayuda que no venga del Estado… Probablemente para que nadie pueda, con sus obras, hacer ver a la sociedad los lamparones que evidencian la realidad de que la acción pública es y será siempre insuficiente, aunque solo sea por limitaciones presupuestarias y organizativas.

En este sentido, hay casos especialmente abyectos, como el que se traduce en dar la espalda a los menores abandonados o huérfanos tanto en España (que, aunque poco o nada se hable de ellos, existen) como en el resto del mundo. Me explico: en los últimos quince años las adopciones en nuestro país se han reducido en casi un noventa por cien, en parte por la subversión de recurrir a vientres de alquiler en el extranjero (en esto supondrá un gran trastorno la guerra del Mar Negro)‎, pero sobre todo por la democratización de la fecundación in vitro para parejas con dificultades reproductivas.

Obviando cuestiones que darían para varios artículos completos por sí solas, esto podría interpretarse como un efecto colateral si no fuese porque va acompañado de una satanización de la adopción, caricaturizada como un capricho de parejas tradicionalistas con dinero que se encuentran en el tiempo de descuento; familias fariseas y pervertidas que roban niños pobres fruto de embarazos que sin duda debieran haberse abortado para no agraviar a las arcas públicas. Por suerte, los filósofos de cagadero también piensan en los quintacolumnistas de otras moralidades que, rehenes del reloj biológico u otras circunstancias, tienen que optar por tal proceso y les ofrecen una homologación digna a sus actos: concebir los menores adoptados como cualquier otra mercancía que se intercambia en Wallapop bajo el eslogan de “lo hecho, hecho está”, pues es mejor para el planeta adquirir niños que otros ya no usan que concebirlos. Y si demonizada está la adopción, no digamos los acogimientos, de los que hay una inmensa necesidad social y apenas se habla en los medios, a modo de filtro que corrige las miserias en las fotos demográficas de postureo; y también por el molesto perfil que en tendencia asume este rol familiar, no sea el demonio que dé ejemplo y desande el camino construido por la predicación moral imperante.

Es una lástima que se intente enterrar la solidaridad, esa virtud en la que España es potencia mundial, y se banalice la implícita responsabilidad humana individual. Quizás esta sociedad sería un poco mejor si un día nos encontrásemos con una publicidad titulada ¿Pensando en acoger o adoptar? ofreciéndonos recursos públicos de apoyo (que se invirtiese en ayudar a crear en vez de a destruir); y nos contasen con la boca grande que, sin tener que irse a Ucrania, hay miles de menores que necesitan de una familia. Pero para eso debemos primero despertar de este estúpido sueño adulticiente para empezar a tomarnos la vida en serio y entender que los sentimientos no son desechables.


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