A los 20 años del Manifiesto contra la muerte del espíritu

Manifiesto contra la muerte del espíritu

GUILLERMO MAS ARELLANO

Hubo un tiempo en que soñar con un movimiento análogo a la Nueva Derecha francesa para España fue posible. Aunque ahora parezca apenas una entelequia, hace 20 años exactos ese instante estuvo a punto de concretarse en la realidad. Y personajes como Javier Ruiz Portella, Fernando Sánchez Dragó o el Marqués de Tamarón bien podrían haber ejercido de nuestros particulares Alain de Benoist, Dominique Venner o Guillaume Faye, si los españoles al menos les hubieran entregado la oportunidad. No fue así, por supuesto.

El 19 de junio de 2002, el suplemento cultural del diario El Mundo publicó un extenso artículo a cargo de Javier Ruiz Portella (introductor, en cuanto que primer editor, de la obra de Gómez Dávila en España) y apoyado por el flamante Premio Cervantes Álvaro Mutis titulado “Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra”.

Los ecos de Spengler, de Ortega, de Jünger, de Unamuno y de Heidegger eran evidentes en sus líneas. Entre los sucesivos firmantes de dicho manifiesto, extraído de la pluma de Javier Ruiz Portella, se encontraban nombres tan ilustres como el de Aquilino Duque, Fernando Sánchez Dragó, José Javier Esparza, Eugenio Trías, Jon Juaristi, Luis Alberto de Cuenca, Salvador Pániker, Luis Racionero, Isidro Juan Palacios, Luis Antonio de Villena, Ilia Galán o Alberto Buela, entre otros.

Miles de lectores cultos se mostraron entusiasmados con el grito rabioso, limpio y esperanzado, a partes iguales, que representó dicho texto. De él pronto surgiría una publicación en papel de altísima calidad y título homónimo, El Manifiesto, hermanada con la editorial Áltera (posteriormente reconvertida a la todavía vigente Ediciones Insólitas) y también capitaneada por el pensador barcelonés Javier Ruiz Portella (https://elmanifiesto.com/paginas/832017512/texto-manifiesto.html). Ya decía Carlos Gardel que “veinte años no son nada”; la frescura del texto sigue intacta con respecto al día de su publicación original.

Sin embargo, la hoy como entonces aborregada sociedad española se demostró estéril a la hora de pasar del dicho al hecho. Sumidos en la queja, en el complejo neurótico o en el círculo vicioso sectario, los españoles optaron por la comodidad y la queja en lugar de por la acción y la transfiguración. Y con la extinción de esa última lumbre que pudo ser más de lo que finalmente resultó, se perdió la más que probable última oportunidad de convertir la discusión sobre el espíritu en una cuestión central de nuestra sociedad. No obstante, a la vista del actual deterioro cultural y cognitivo de la sociedad española, debemos comprender la importancia que tuvo, en cuanto que hito irrepetible en el futuro cercano, un logro de esa magnitud.

Para la generación de jóvenes que entonces recién acabábamos de venir al mundo, la publicación del “Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra” resulta en principio un asunto lejano. O no tanto, dado que existe un contingente cada día más abultado de reaccionarios que han encontrado por su cuenta las evidencias de lo que se les ha querido ocultar tanto desde la educación como desde los medios de comunicación. Y en esa labor más o menos acertada, y de mayor o menor enjundia según cada caso, son ya muchos los que han encontrado en las páginas del citado Manifiesto un aliciente para el combate por el espíritu en el siglo XXI.

No cabe duda de que las próximas décadas van a estar sembradas de muy relevantes cambios sociales; y parece evidente que resultarán cruciales para decidir el futuro de la humanidad en general y de su proyección espiritual en particular. Por lo tanto, volver ahora a las páginas escritas hace más de 20 años por Javier Ruiz Portella supone retomar un diálogo interrumpido para mejor otorgar continuidad a la conversación.

Quizás cuando el sistema se derrumbe, ahora que la (pos)modernidad parece haber llegado al final de su tenebroso trayecto, podamos encontrar en las líneas del Manifiesto los valores con los que se podrá reconstruir aquello que lleva siendo “deconstruido” por décadas e incluso siglos. Citando, una vez más, a Nietzsche: “Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”. Y a Heidegger: “La esencia del arte consiste en poner de manifiesto la verdad de lo que es”.

Al solipsismo narcisista sólo cabe oponerle la desinteresada grandeza de lo sacro. Ordenada supremacía estética que triunfa sobre la caótica depravación materialista. Más que nunca se hace necesario un despertar espiritual a un tiempo individual y colectivo.


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Publicado por Guillermo Mas Arellano

Crítico cultural involucrado en la lucha por el imaginario. Entiendo el cine y la literatura como bastión de defensa contra el mundo moderno.

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