El cuento

PUEBLA. 21/06/2022. ABC.

ADOLFO GARCINUÑO GIL

​El decaimiento del país es un espejismo de la debilidad de quien la gobierna. Sánchez es el dueño de una carnicería podrida instalada en el sectarismo con unas mediocres vistas a la ruina. Su liderazgo consiste en una estúpida huida hacia delante en la que se desprestigia a la verdad: el cuento de la lechera termina topando con la realidad.

El Gobierno, oficina de atención de independentistas y golpistas, anunció a bombo y platillo que seríamos un motor de crecimiento económico –el cuento de la lechera– desechando las advertencias del Banco de España, que no paró de avisar del aumento del precio de la vida –la realidad–.

​El cuento de la lechera consiste en jugar con el dinero de los demás y cuando éste se acaba el cántaro sanchista se rompe. Cuando las carteras están vacías y en los armarios de la cocina hay polvo, la ideología sale por la ventana. Criticar la deriva sanchista trasciende de ir en contra de su ideología: el poder vale cualquier medio. ¡El empobrecimiento económico, señora! ¿Han pensado en cuánto estará el precio de la gasolina la semana que viene? Por ejemplo.

Este Gobierno faraónico y nulo, salido de tertulias, encuentra una contestación más evidente cada vez que se celebran elecciones. En la memoria del contribuyente andaluz todavía resuenan los ERE, el mayor caso de corrupción de la Democracia: cabarets, farlopa y marisquerías. Una operación criminal organizada que hizo de algunas regiones andaluzas las más atrasadas de España. No hay mejor alerta antisanchista: P(artido) de la S(ociedad) O(scura) y E(steril).

Por cierto, el sanchismo también puede ser el centro del donut, un mono con dos pistolas, víctima de sus propias mentiras, dispuesto a saltar por una jungla que está a punto de colapsar o una termita que corroe todos los pilares del Estado, como la diplomacia: el último cimiento en caer.

España se ha convertido en un referente en Europa a cerca de lo que no se tiene que hacer ni en economía ni en educación ni, por supuesto, en política exterior. La acogida del Frente Polisario, la primavera ceutí, la entrega del Sáhara, la patada argelina en el culo. ¿Qué obtiene España a cambio de su volantazo con respecto a la postura del Sáhara? ¿Qué no sabemos los españoles que los demás países saben de Sánchez?

Pd: la izquierda se destruye sola, pero mientras llega su destrucción arrasa con cualquier principio de convivencia. Y aún queda año y medio. Jo, jo, jo.


¿Desde cuándo existe España? ¿Cómo conservó su nombre?

JOSÉ MARÍA AIGUABELLA AÍSA

La primera versión en idioma romance del término «España» apareció en lengua catalana. (Así lo demuestra J.A. Maravall en El concepto de España en la Edad Media.

Oímos hablar de «muchas Españas»: la España constitucional, la España autonómica, hasta de la España plural, de la misma forma que la historia nos habla de la España de los Austria o de la España visigótica. Pero siempre el sujeto es España, como realidad previa o preexistente.

El nombre no es algo vacío, carente de significado. Nos hace percibir un proyecto, unas ideas, un producto, que tocamos cuando pronunciamos su nombre. El nombre de España tiene una permanencia milenaria, cuyo origen inicia y mantiene un proceso de identidad, deriva del nombre romano de «Hispania», con la que designaban a los territorios de la Península Ibérica. Durante la Edad Antigua lo que hoy denominamos España fue un punto receptor de pueblos y civilizaciones: celtas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos. De cada uno de estos pueblos podríamos identificar diferentes aportaciones recibidas, aunque de todos ellos la huella más significativa, vista desde hoy, es la recibida de Roma.

Se puede afirmar que ya en la Hispania romana, veremos prefigurada la realidad hispánica como antecedente histórico de España. En efecto, Hispania era únicamente una provincia de Roma, no constituía un núcleo independiente, pero por primera vez sus habitantes pudieron comunicarse y sembrar la semilla de un proyecto común que más tarde será España.  En efecto, la lengua, las ciudades, así como las calzadas favorecieron la comunicación entre los habitantes prerromanos, que  pudieron entenderse y configurar un proyecto común, del que surgió una sociedad que todavía no era española, pero de la que procederá España. Podemos afirmar que con Roma empezó todo.

El mapa del Imperio romano desaparecido se convierte en un mosaico de reinos germanos, cada uno independiente. Estos reinos que constituyeron Europa tenían  en común el hecho de ser cristianos, de ahí que Europa se autodenominara la cristiandad. Uno de esos reinos, el visigodo, constituye la primera realidad de España como nación independiente, hija de la tradición romana y cristiana. España ha conservado su nombre romano, no así Francia (Galia), Inglaterra (Britania), Alemania (Germania). Los reyes visigodos del siglo VII y principios del VIII se denominaron reges Hispaniae (reyes de España). 

En el año 711, los musulmanes invadieron la Península Ibérica. En menos de cinco años se hicieron con el control del territorio peninsular. La derrota visigoda fue interpretada por los cristianos del norte como «la pérdida de España». Únicamente las tierras montañosas de los Pirineos y de la Cordillera Cantábrica quedaron fuera de su dominio y en ellas comenzaron los primeros núcleos de resistencia. Un pequeño grupo de hispanovisigodos optaron, frente al Islam dominante, por ser europeos, que en aquel momento era ser cristianos. 

A comienzos del siglo VIII, con la invasión islámica de la Península, entramos en la época histórica conocida como La Reconquista, que hay que entenderla como «un proceso de recuperación de algo propio que previamente se hubiera perdido»: la España visigoda, europea, cristiana. La España perdida se convirtió en la España buscada. 

La Reconquista no se realizó desde una única iniciativa. Se llevó a cabo desde diversos reinos políticos, en los que el término «España» estuvo presente como referencia a un  pasado unido (reino visigodo) que se ha perdido o a un futuro de unidad al que se denominaba el «conjunto de España». Se trató de un proceso de integración por partes. 

Todos los cronistas  entre los siglos XIII y XV utilizaron la expresión «España» como elemento de unidad de los habitantes de la Península Ibérica. Sancho III el Mayor de Navarra, se intituló Imperator Hispaniae (emperador de España); Alfonso VI de Castilla se autodenominó «rex et imperator totius Hispaniae» (rey y emperador de toda España) como lo fue Alfonso VII de León.

Con la unificación dinástica de las coronas de Castilla y Aragón por el matrimonio de los Reyes Católicos, en 1474, se sentaron  las bases de un Estado-Nación moderno, acorde con los principios del Renacimiento. 

El 2 de Enero de 1492 finalizó la Reconquista con la toma de Granada. El 12 de octubre del mismo año Colón llegó a América, proyectando el nombre de España a nivel universal. 

Desde aquellas fechas se utilizará de forma habitual en toda Europa la expresión «Reyes de España» para referirse a los Reyes Católicos.

«¡Oh, España! La más hermosa de todas las naciones que se extienden desde Occidente hasta la India. Tierra bendita y feliz, madre de príncipes y de pueblos. De ti reciben la luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el orbe; tú, el país más ilustre del globo»

Loa a España. San Isidoro de Sevilla

«Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido»

Oto von Bismarck

Breve repaso de la historia de Alemania I: aspectos sociales y políticos desde la época de la reforma a la actualidad

IGNACIO LEONARDO PUEYO BESTUÉ

Se habla mucho de Alemania. Tanto en el país como en el extranjero, independientemente de la posición política de cada uno. Alemania desempeña un papel importante en el mundo actual; es una de las naciones económicas más fuertes. Por ello para conocer mejor Alemania, es necesario comprender también su devenir histórico. La historia alemana se remonta a mucho antes del constantemente usado por políticos siglo XX, aunque hay ciertos puntos llamativos en el tiempo que la dominan y que afectaron también a la historia de nuestro reino español.

Hoy les traigo el primer artículo de varios sobre una conferencia impartida por el Prof. Peter Marinković, que lleva desde el año 1987 dando clases del antiguo testamento y arqueología bíblica en la universidad Ludwig-Maximilians de Múnich. Antes en 1982 participó en excavaciones arqueológicas en Tell el-Fuhhar (Akko/Israel). La conferencia llevaba por título «Aspectos sociales y políticos en Alemania desde la época de la reforma a la actualidad».

El término «Germania» procede del griego «Germanoi». Sin embargo, no se conoce el origen exacto. Se sospecha principalmente que proviene del celta y se deriva de «los gritones» o «los vecinos». En la época imperial romana, el término se utilizaba para designar dos provincias romanas «. Se refería a las zonas de la orilla izquierda del Rin que estaban ocupadas por Roma. Las zonas germánicas se llamaban «Germania magna» o también «Germania libera».

Europa en 1550
Europa en 1550

Es importante tener en mente las fechas de los Imperios Alemanes.

800: Carlomagno es coronado emperador del «Sacro Imperio Romano» (de la nación alemana) 800 -1806: I. Imperio alemán

1871 -1918: II. Imperio alemán


Hoy nos centraremos en la reforma luterana como punto de partida en la nueva era moderna de Alemania que abarcó desde aproximadamente el año 1500 hasta 1918.

Un punto llamativo en esa época fue el descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492, que marcó el inicio de la era de las colonias mundiales. Sin embargo, la impresión de libros provocó grandes cambios, incluida la Reforma.

Martín Lutero

La era moderna también estuvo dominada políticamente por muchos disturbios y guerras. Entre otras cosas, se produjo la guerra entre el Sacro Imperio Romano y Francia en Italia, que duró décadas. La era moderna también comenzó con la expansión del Imperio Otomano hasta Viena. Estos problemas de política exterior hicieron que Carlos V tuviera que estar dispuesto a hacer concesiones en política interior. Esto también afectó a las cuestiones de la Reforma. Las 95 tesis de Martín Lutero desempeñaron un papel importante en este sentido. La imprenta permitió su rápida difusión ya en 1517.

Arturo Pérez-Reverte en varios artículos habla del concilio de Trento que tuvo lugar tras la reforma entre 1545 y 1563 como el momento que cambió el destino de España. “Con el resultado de que en Trento los españoles metimos la pata hasta el corvejón. O, mejor dicho, nos equivocamos de Dios: en vez de uno progresista, con visión de futuro, que bendijese la prosperidad, la cultura, el trabajo y el comercio -cosa que hicieron los países del norte, y ahí los tienen hoy-, los españoles optamos por otro Dios con olor a sacristía, fanático, oscuro y reaccionario, al que, en ciertos aspectos, sufrimos todavía. El que, imponiendo sumisión desde púlpitos y confesionarios, nos hundió en el atraso, la barbarie y la pereza. El que para los cuatro siglos siguientes concedió pretextos y agua bendita a quienes, a menudo bajo palio, machacaron la inteligencia, cebaron los patíbulos, llenaron de tumbas las cunetas y cementerios, e hicieron imposible la libertad.”.

Concilio de Trento

Así pues, quien se propone estudiar la historia alemana libre de ideologías, se embarca en un apasionante viaje de descubrimiento que conlleva muchos aspectos interesantes intrínsecos de nuestra historia española.

“Lo único que nos enseña la historia es que ella no nos ha enseñado nada”

Friedrich Hegel

La guerra en tiempos de paz

GUILLERMO MAS ARELLANO

Aquel que cree estar en paz no sabe contra quien pelea: otros han decidido por él. Es sabido: la política es la guerra por otros medios. Lo que admite una lectura inversa: la guerra es la política por otros actos. Que se trastocan en el momento en que han dejado de arrebatar la soberanía para comenzar a arrebatar la vida. Los fines, sin embargo, resultan idénticos.

El hombre moderno es un turista: sin arraigo ni grandes aspiraciones, se pasea tranquilamente por un mundo homogeneizado. El hombre antimoderno es un guerrero: no busca la comodidad sino que su ascetismo, sustentado en el rechazo de lo no virtuoso, se encuentra en constante estado de batalla. Lo que lleva aparejado todo un correlato metafísico y teológico: Julius Evola y Ernst Jünger, entre otros, bien lo sabían. No hay mayor iniciación en la vida que la experiencia cercana de la muerte.

Metafísica de la guerra: en la paz que ha quedado reducida a privilegio exclusivo de lo político. Por eso los jóvenes, en ausencia de combate, consagran su vida a la pasión –que también es pulsión– política. Decisión que es definición en la que se forja el yo. La capacidad para resignificar heroicamente la vida en contraste con la extensa sobreprotección, a modo de incubadora perpetua, bajo cuyo manto castrador sobrevive el burgués.

El sentido de la lucha, en sus múltiples maneras, como forma de otorgar significado a la existencia. Superando la indecisión, el amilanamiento y la comodidad. Al mártir se le ha regalado la gracia de vivir en el desierto: a la intemperie de lo yermo. Como metáfora de toda vida que no es un mero flujo, en último término remitente a la vacuidad: no hay mayor soberanía que la de escoger por qué morir. Que es tanto como decir para qué vivir: encarnación de la propia identidad. En tiempos de paz, por la política. Y en el último grado de la política, por la guerra.

La vida siempre es guerra: su primera y su última lucha son contra la muerte. El héroe sale del gineceo para abrazar su condición mortal; el burgués permanece en su burbuja soñándose, equivocadamente, imperecedero. Es vocación frente al convencionalismo. Trascendencia contra biología. Melancólica vuelta a la espiritualidad. Y nostalgia de la autenticidad. Y amor a la sacralidad. Y sacrificio como dignidad. No es política: es guerra. ¿La acumulación? ¿La seguridad? ¿La felicidad? Tampoco nosotros hemos venido para quedarnos.


Comentarios a la decimocuarta Copa de Europa del Real Madrid

ADOLFO GARCINUÑO GIL

«¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado’’. La vida eterna. Es el mensaje que hace veintiún siglos cambió la Historia de la Humanidad. 

Ser recordados. Era la razón de ser de todos los emperadores que han gobernado, de todos los reyes que han reinado.

El Real Madrid era la insignia de los estandartes con los que Julio César ordenó partir a las legiones romanas rumbo a Galia. Un madridista es un soldado romano que, sin miedo a nada, lucha en busca de la gloria. Nueve años tardó el Gran César en conquistar la vecina Galia y, para quitar a cualquiera la idea de batirse contra él, escribió un best – seller al que bautizó Comentarios a la guerra de las Galias. Al Real Madrid sólo le bastó noventa minutos para que Galia, y con ella el mundo entero, se arrodillase ante él. 

El madridismo es aquello que pasa entre que la razón es derrotada por el surrealismo y el frenesí se abre paso entre las tinieblas: las emociones a flor de piel estallan en un júbilo blanco de carrara. Porque donde los equipos mueren, el Real Madrid vive y los Sueños se hacen Realidad. La Realidad pasa a ser Historia. La Historia pasa a ser Leyenda. Y la Leyenda se encarga de fraguar los Sueños. Sueños que el Real Madrid hace realidad.

Ver jugar una final de Copa de Europa al Real Madrid es ser un espectador ciego de una obra trágica senequiana. Porque las batallas no se ven, se cuentan luego en función del resultado y gracias a la imaginación, que es la que da vida a las palabras que te permiten contar que el Real Madrid, valiéndose del sacrificio y de nunca bajar los brazos, es el equipo que más veces ha llegado al final del camino y sabe qué es lo que hay detrás. 

La Historia da la mano al Real, el Madrid a la Copa de Europa y juntos caminan, dejando huellas eternas, adentrándose en las brumas de la gloria, que se encargan de custodiar dos leones, Atalanta e Hipómenes, y preside la diosa Madre; se llama Cibeles.

Qué sería del fútbol sin el Real Madrid, sin ese equipo que le acaricia la tez, le unge de aceite y le da ese aroma a esencia mágica.

‘’La más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros’’. Damas y caballeros, Miguel de Cervantes dejó escrita una novela más inmortal que El Quijote. Se llama Real Madrid C.F.


Dios está blanco

GUILLERMO MAS ARELLANO

Un amigo me sopló que Guardiola emplea a físicos para planificar sus partidos. Descifrando los datos del juego y analizando las variables de cada ocasión. Quizás esa sea la razón por la que los purísimos doctores del fútbol le consideran el mejor entrenador del mundo. Sumos sacerdotes de la táctica, casi se diría que el juego les molesta, y que a cambio preferirían una partida de ajedrez estratégica entre los entrenadores. Ellos peor que nadie, los especialistas, han sido incapaces de entender el hito que en los últimos meses ha alumbrado repetidamente el Real Madrid en su estadio disfrazado de sucesivas e inverosímiles remontadas en Champions.

Frente a su incomprensión revestida bajo la torpe forma de tópicos mal conjugados, se erige una figura como la de Jorge Valdano: antes futbolista y ahora comentarista-aedo que canta las victorias blancas en continuidad con lo que Homero hizo con la Guerra de Troya. Porque el fútbol, como en todo aquello que de verdad merece la pena en la vida, es mucho más poético e intuitivo que matemático y determinista.

Un equipo en transición: velando el cadáver de Cristiano Ronaldo y calentando el asiento para Kylian Mbappé. Eso era el Real Madrid para muchos a principios de temporada: una plantilla envejecida con viejas glorias y grandes fiascos cobrando sus últimos salarios como agradecimiento por los servicios prestados antes de la larga marcha hacia el yate y la jubilación. Con un entrenador, Ancelotti, que no es ni un celoso táctico, a lo Simeone, ni un rígido autoritario, a lo Mourinho, al que sin embargo todos aquellos tertulianos que llevan la temporada entera tratando de hacerle la cama ahora reverencian por ser el único en la historia capaz de ganar la liga en los cinco países más relevantes del continente. Además de con un modelo obsoleto y hasta fetichista, el madridista, frente a los equipos respaldados por Estados y financiados con el dinero de todos los jerarcas y jeques que en el mundo son. Ya sabemos de qué manera acaba esa historia: teñida de blanca gloria y elocuentes silencios de resignación blaugrana.

Si la temporada 2021-2022, en la que el Real Madrid se ha consagrado como ganador indiscutible de la liga y heroico finalista de la Champions, tiene un género narrativo ese ha sido sin duda alguna el western. Igual que en algunos de los más grandes títulos tales como Río Bravo (1959) o Centauros del Desierto (1956), en el equipo de Ancelotti confluyen todas las edades: recién llegados como Camavinga, veteranos como Modric, promesas mundiales como Vinicius, jugadores pletóricos como Courtois, profesionales eficaces como Casemiro o pistoleros en estado de gracia como Benzema. Un espejo en el que cada aficionado puede mirarse y decir, como en aquel viejo grabado medieval, “donde tú estás yo estuve, donde yo estoy tú estarás”. Reconociendo el paso del tiempo sin lamentarse: el fútbol ayuda a reconciliarse con la vida y con la muerte, con la victoria y con la derrota, con la amistad y con el dolor, con la buena suerte y con la desdicha. Todo ello se halla presente en el césped, para el que sabe mirar.

11 hombres contra 11 hombres tratando de meter el balón más veces que el rival en la portería contraria: en eso consiste este deporte tan delicioso como estúpido y no en un subproducto degradado del balonmano, que es lo que pretenden los “modernos” con sus letanías estratégicas y su jerga táctica más propia de economistas que de dirigentes de un grupo humano. “El fútbol es un estado de ánimo”, reza el aserto del poeta Valdano. Y no hay emoción más embriagadora, si hablamos del verdadero rey de los deportes, que el éxtasis blanco de una remontada épica.

El Paris Saint-Germain, el Chelsea y el Manchester City pueden atestiguar, puesto que sus lágrimas riegan el verde, que 90 minutos en el estadio Santiago Bernabéu suponen, en algunas ocasiones, una experiencia religiosa en la que encarna el misterio de lo inefable. Fe, sincronicidad y esperanza, para unos; azar, contingencia y caos, para otros; el nombre es lo de menos. Juan Villoro escribió que “dios es redondo”, y no se equivocó. En cambio, Juan Ramón Jiménez sí que estaba en el error: no “está azul”, como pensaba él, la causa primera incausada. Cromáticamente, carece de tono: es su ausencia. Dios está blanco. A por la final en París, muchachos.


¡Devolvednos a nuestros héroes!

IVÁN CANTERO

Siendo sincero, no tenía pensado escribir un artículo como este. Lo más, el comentario de  una película que se me apetecía interesante, contestataria y montaraz para los tiempos que  corren; pero resulta que me encontré con otro engendro insípido y pasteurizado sin muchos  más galones que cualquier otra proyección palomitera en la que se esconden las parejas de  quinceños solo para darse el lote.

Lo peor no es eso (todos hemos sido estafados alguna vez  por los charlatanes paniaguados de la cartelera o los rebaños de borricos que adulteran las  valoraciones con estrellitas en el Internet); sino que además de ser una obra fallida en sus  pretensiones profana el sacrosanto arquetipo del vengador justiciero al colarlo con el  tamiz posmo, que a sabiendas o por contaminación ambiental confunde al héroe naturalista e  imperfecto con el mamarracho de moral ambigua ungido como tótem de nuestro tiempo. 

Hablo, por supuesto, de El hombre del norte, filme solo destacable por la hermosa  fotografía y su valor documental de obsesión rigorista sobre el ritualismo de los vikingos. Sin  pizca de épica, a ratos aburrida (que para el género resulta imperdonable) y con un  protagonista muy poco creíble, empezando por su físico (el de un poligonero de gimnasio,  hecho un cruasán en el tren superior y con las piernas como palillos) y terminando por su  tosquedad de estantigua que lo confunde con los leños de las cabañas en las que discurre la  historia.

Se homologa como drama hamletiano (mejor me callo) y es comparada a menudo  con Conan, el bárbaro (ya le gustaría) por una serie de detalles muy explícitos de los primeros  minutos y la escena amorosa silvestre de despelote integral que la obra cumbre del  género espada y bujería instauró como tradición; pero a modo de homenaje resulta tan  desafortunado como Kill Bill al cine oriental de artes marciales de los años setenta, por mucho  mono naranja que llevase Uma Thurman.

John Milius supo sacar mucho más provecho y  realismo salvaje de un reparto compuesto esencialmente por actores casi aficionados, de ahí  que su Conan haya envejecido con lustre y no haya perdido su cetro. Yo leí en la trapisonda  vikinga más bien un cierto regusto a Lars von Trier en el lenguaje y la estética, pero hasta ahí:  por el resto es una película hueca y con posos moralistas en el peor sentido de la palabra,  defenestrando todo aquello que presume abanderar y transitando los tópicos más  repugnantes y sobados de la cultura preponderante actual, como la ética líquida, el egoísmo  infantil de los varones o incluso el desencanto con la venganza o la justicia (sin comentarios). 

Todo esto tiene un sentido, claro, y siento que haya sido Eggers a quien le haya tocado  pagar los platos rotos, pero es donde ha elegido meterse para conseguir noventa millones de  dólares que ha costado su obra. Aunque en España ha conseguido números respetables, la  recaudación global de la película está siendo un desastre; quizás porque a alguien se le ocurrió  que las mutilaciones sangrientas gratuitas bastaban como burundanga para colocar su  catecismo entre el público objetivo de este tipo de cine, habitualmente receloso las  moderneces.

La cortedad de miras y las burbujas de afinidad en las redes sociales hacen  ignorar a los creadores comprometidos que no hay concepto más opuesto al relativismo moral que  el del justiciero: surge siempre como reacción a un conflicto muy concreto, que es la ausencia  o pasividad de quien tiene el monopolio legal de la violencia (el Estado) para actuar contra  quien transgrede de manera grave la ley humana… Y en ausencia formal de ella (como en el  salvaje Oeste), la conciencia o la moral, patrimonio tácito de las gentes de bien, muy concreto  y absoluto en lo esencial. En extremo, el justiciero es el bueno que tiene que matar al malo,  porque a veces es imprescindible que sea así para impedir que siga haciendo de las suyas. 

En los tiempos que nos han tocado vivir, donde se convierten en protagonistas y  héroes de la ficción a lo más miserable de la sociedad, es necesario reivindicar que la moral  no es relativa, que existe una verdad, un bien y un mal; y que el primero debe combatir al  segundo, a veces implicándose hasta las últimas consecuencias. Esto es lo que venían  haciendo John Rambo, Marion Cobretti, el coronel Braddock, los personajes de Chow Yun  Fat en las películas de Woo, o cualquiera de los justicieros de andar por casa que encarnaba  Charles Bronson. Los canallas son canallas, no son buenos o malos a ratos en una dualidad  que pretende humanizarlos y ganar la empatía del espectador.

Confundir el retratar personajes imperfectos y humanos con relativizar el concepto del bien y del mal es una  torpeza homologable a la que comete una adolescente se enamora del macarrita de su clase fantaseándolo como seguro de sí mismo.

En la ficción, sin duda la referencia de la justicia salvaje es el western, que entró en  decadencia a finales de los setenta, inmolándose ya a lo largo de toda esa década en el  subgénero que se dio en llamar crepuscular, el del propio Peckinpah o Sergio Leone. El héroe clásico se transfigura en un tipo poco respetable que se mueve cerca de la delicada frontera  relativismo moral en el cine, solo que este nuevo arquetipo continuaba ejerciendo el oficio  de justiciero envuelto en una violencia más explícita que nunca, también la de los buenos.  Había terminado para siempre el tiempo en que los disparos eran algo banal, que hacía que  un pobre diablo se cayese de manera aparatosa de su caballo, rompiese el cristal de la barbería  o se precipitase por la barandilla de madera del primer piso del saloon

Cuando todo parecía indicar que el celuloide se quedaba huérfano de héroes de  referencia, llegaron ellos: Stallone, Schwarzenegger, Norris, Van Damme… Tomaron el  relevo de Wayne y se dedicaron solo a eso, a cultivar un personaje trascendente del que sabías  qué esperar antes de ver la película. No eran grandes obras de arte, ni falta que hacía: el bien  triunfaba sobre el mal y al final, ese sádico jefe de los malos recibía su merecido. Sin escatimar  en violencia (aunque sin llegar al naturalismo crudo que inauguró Spielberg con Salvar al  soldado Ryan), porque recogían el guante de los crepusculares y no dejaban que la crudeza  fuera rehén moralista de la justicia natural y directa cuando era necesario aplicarla. Hablamos solo de EEUU, pero en otras latitudes lo hicieron todavía mejor, con otros formatos,  haciendo de esto un verdadero arte que se imitó sin cesar de manera injustamente inconfesa.  Son, por supuesto, los maestros hongkongueses Tsui Hark, Ringo Lam y, sobre todo, John Woo. 

Woo es la mejor manera de cerrar este círculo. Daba a sus sangrientos héroes una  honorabilidad que bebía claramente del western: su munición nunca se agotaba, pero  renunciaban siempre al uso de armas automáticas aunque tuviesen delante a un pelotón de asesinos. Acababan con todos ellos, en unos tiroteos poéticos y sufridos, bala a bala, como  si mantuviesen un duelo por separado con cada uno de ellos… Y es que Stallone jamás  aprendió a actuar, pero es justo decir que ha tenido siempre una cierta ambición en otras  dimensiones del cine, empezando por guionizar Rocky, su apabullante debut.

En sus últimos  coletazos como actor de acción digno y creíble (y también como productor), intentó  preservar ese tipo de héroe que estaba a punto de extinguirse, pues ninguno de los Mercenarios había dejado un digno heredero. Además volvió a esa misma esencia duelista de Woo, poniendo en las manos de su mercenario y de Rambo IV un viejo revólver de  amartillamiento manual, como los que abanicaban los pistoleros del Oeste. La culminación  de este fenómeno es la escena final de Last blood, la que da sentido a la película, la que la  convertirá en una obra de culto con los años como el último (y de momento, definitivo) homenaje al héroe justiciero… Una auténtica artesanía sangrientamente romántica de abatir a  los enemigos. Siempre bala a bala. O a cuchillo calado. O con las legendarias flechas que  utilizó en Vietnam. Porque es John Rambo y puede permitírselo aunque tenga más de setenta  años. 

Devolvednos a nuestros héroes, o al menos dejadlos descansar en paz.


El efecto Ignacio Echeverría

JOAQUÍN ECHEVERRÍA ALONSO

El motivo para pedirle a Rincón Bravío que me publique un escrito es que ha llegado a mis manos un libro que considero muy interesante.

A lo largo de los últimos cinco años he vivido bajo el efecto con el que titulo este escrito.  La familia de Ignacio Echeverría Miralles De Imperial, que se enfrentó al terror en el puente de Londres el 3 de junio de 2017, nos hemos visto teniendo un cierto protagonismo consecuencia de aquella desgraciada ocasión. Aparte de reconocimientos a Ignacio, en forma de condecoraciones y otros homenajes, de las atenciones de los reyes de España o de la reina de Inglaterra, hasta el mural con una imagen de Ignacio que se finalizará estos días en el instituto en el que estudió y hoy lleva su nombre. Todas estas atenciones nos han repercutido a nosotros por haber sido los receptores de lo que a él le correspondía.

También ha tenido atenciones en forma de libro o recogidas en libros. El almirante Juan Rodríguez Garat pone al Manual del usuario de la Armada Española, el sobrenombre (Reflexiones sobre el monopatín de Ignacio Echeverría), David Cerdà en su Manual de ética para valientes, en el que repasa el heroísmo, la ética y la dignidad, desde los más remotos tiempos, le dedica dos caras a Ignacio y en la carta que me escribe con el regalo del libro me dice que una gran parte del libro está impregnada por el espíritu de Ignacio. 

Recientemente se ha publicado un libro contando la historia del gendarme francés que muere a manos de unos secuestradores, que es tratado en Francia como un héroe nacional, titulado: Los centinelas de la humanidad; en el prólogo de la edición española se dice algo así como: cuando leas Arnaud Beltrame puedes entender Ignacio Echeverría. Hay más libros en los que aparece Ignacio en el prólogo o como personaje de una historia fantástica en la que encarna un ángel benefactor, éste está buscando editor, espero tenerlo en mis manos pronto. Yo ya lo leí en el borrador que me envió el autor.

Pero el efecto Ignacio no se queda en lo anterior, últimamente el autor de un libro dedicado a recoger la experiencia de un guardia civil sometido al terror etarra, que está aún en la imprenta, me ha pedido que prologue su libro. Yo sé que aunque me guste escribir no soy un literato, entendiendo por tal alguien que sabe escribir. Pero dado que el autor Pedro G González me pide que lo prologue por lo que significo, que solo es ser el padre de Ignacio Echeverría Miralles de imperial, he redactado el prólogo, que copio a continuación . 

El autor no sabía antes de localizarme que los dos estamos unidos por nuestro amor a Cangas de Onís. Con lo que probablemente cuando este verano sea presentado allí, podré asistir a la presentación y pedirle que me firme un ejemplar.

El libro se titula: La doble pena de las víctimas de ETA, olvido e impunidad.

La portada podría ser una composición de esta imagen.

La doble pena de las víctimas de ETA

Prólogo

Ha llegado a mis manos este libro en el que se recogen las vivencias de un guardia civil que sufrió el acoso de ETA, el peligro en el que estuvo su vida y la angustia de ver como iban cayendo asesinados por la banda terrorista sus compañeros y otras personas de bien, en las que los separatistas ponían la diana para ser asesinados. También vivió las muertes de personas que fueron asesinadas por equivocación o por darse la casualidad de que estaban en el lugar de un atentado terrorista.

Recoge las maldades y las ignominias perpetradas por los asesinos, sus inspiradores y sus familias. No quiero dejar de citar la enorme influencia de parte del clero católico, que colaboró a crear el “ambiente social”. Justificaron a los asesinos y contribuyeron a la puesta en práctica de la limpieza étnica, que supuso expulsar de su tierra a bastantes más de 100.000 personas y evitar que se instalaran en las provincias vascongadas o en Navarra personas que habían ido allí a buscar un futuro mejor.

Este libro ha recrudecido mi recuerdo del sufrimiento que provocó a tantos españoles, también a mí, aunque eso no es nada comparado con el que sufrieron los que vivieron en aquella tierra y en particular las Fuerzas Armadas, los políticos decentes y también, por qué no decirlo, el clero decente que se encomendaba a Dios pidiendo la conversión de los malvados y que fueron “perseguidos por causa de la justicia”.

Hoy sigue siendo necesario recordar a las víctimas del terrorismo, también la maldad de los asesinos y de los colaboradores necesarios, dentro del ámbito social y político que fueron imprescindibles para perpetrar el mal. Todavía hoy se hacen homenajes a los asesinos con la colaboración, por acción o por omisión, de las autoridades políticas. La cobardía se mezcla con la falta de dignidad y la venta de sí mismos de algunas personas para conseguir objetivos personales a costa de hacer escarnio del bien y la justicia.

Este libro transpira el sentimiento de una persona que lo vivió en directo. No solo cuenta y detalla el genocidio, con los datos de cada asesinato, de cada atentado. También cuenta las repercusiones sociales que este genocidio tuvo para todas aquellas personas, que se vieron extorsionadas presionadas y amenazadas y sufrieron la angustia de ver cómo sus familias, sus posibilidades económicas y profesionales y su vida se vio destrozada por tanta maldad.

Este terror no debe quedar impune, tengo la impresión de que sin la labor del autor, el guardia civil Pedro González y la de otros que no se resignan y levantan la voz ante la injusticia, terminarían ganando los genocidas, tanto los que empuñaron las pistolas, como los políticos separatistas que apoyaron aquella barbarie. La cobardía favorece a los asesinos.

Creo que lo recogido en este libro debe formar parte de los programas educativos, que se conozca también la angustia de las personas que sufrieron la maldad, la barbarie y el desprecio, para que nuestros jóvenes lo conozcan y tomen nota para que ese odio no se repita y que los malvados sufran la vergüenza y el desprecio, no los homenajes que ahora reciben.


España, pueblo guerrero

GUILLERMO MAS ARELLANO

El español es un pueblo de guerreros, héroes y conquistadores. Nada es más ajeno al imaginario hispano que ciertas figuras hodiernas de importación anglosajona como lo son la del burgués, la del mercader y la del burócrata. Nuestra literatura nace oficialmente con la historia de un guerrero, el Cid Campeador, que, a diferencia de su homólogo francés Rolando, no es de linaje real porque es tan vasallo como aquellos que recibían su historia de labios de un juglar, y por ello lucha por redimir su apellido. Don Juan Manuel, autor de El Conde Lucanor, era un noble y un militar. Lo mismo se puede decir de Jorge Manrique, soldado a semejanza de su padre, a cuya muerte le brindó sus inmarcesibles Coplas. Según Ferlosio, quien –este sí–, a diferencia de su padre era poco sospechoso de patriota, la más alta prosa española de todos los tiempos, la que mejor emplea el recurso de la hipotaxis —el opuesto a la parataxis azoriniana—, es la utilizada en las Crónicas de la conquista de América por Bernal Díaz del Castillo. 

A Garcilaso, primer poeta moderno español, le mataron de una fatal pedrada mientras expugnaba una fortaleza; Calderón luchó con bravura en los tercios; Cervantes combatió con honor en Lepanto y puso en la boca de Don Quijote el mejor discurso sobre “las armas y las letras” que se haya concebido; Quevedo escribió sobre su experiencia de soldado: “Cuánto es más eficaz mandar con el ejemplo que con mandato”; Lope de Vega luchó valientemente en La Armada Invencible; y encontramos a otros muchos integrantes (Ignacio de Loyola; Diego Hurtado de Mendoza; Alonso de Ercilla; Francisco de Aldana; José Cadalso; o el propio Rafael Sánchez Mazas), hasta llegar al siglo XX, donde todavía hay valerosos ejemplos de escritores-soldados, o de soldados-escritores, como lo fue el falangista Rafael García Serrano, que padeció amargas heridas a consecuencia de su participación en una de las más cruentas contiendas de nuestra guerra, la batalla de Teruel, y por las que penó una larga convalecencia, como relata él mismo en sus excelentes memorias La gran esperanza. Como está escrito, Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará contra nosotros? (Romanos 8: 31).

Para Georges Dumézil, la matriz histórica del mitologema del guerrero se encuentra en los pueblos Indoeuropeos de cuya lengua común e imaginario social descienden los nuestros. Ese pueblo encarnaría como ningún otro, en un tiempo fuera del tiempo, un “hogar común” o Urheimat euroasiático como el que han tratado de reconstruir algunos de nuestros contemporáneos más penetrantes tales como Alain de Benoist o Alexander Dugin. Se trataría de una mítica civilización hiperbórea que tuvo que desplazarse en busca del Sol y huyendo de las inclemencias climáticas del frío.

Para esos pueblos indoeuropeos, sólo un tipo social era capaz de enfrentarse a los titanes: los héroes. Es la lucha de David contra el gigante Goliath; el enfrentamiento a muerte entre Mitra y el toro: cultos sureños que, si tenemos en cuenta la obra de Eliade o de Dumézil, tuvieron su origen en el mundo indoeuropeo. El propio Dumézil dejó escrito que todas las sociedades indoeuropeas estaban fundadas sobre una tríada trifuncional básica: una casta sacerdotal, una casta campesina (o ganadera) y una casta guerrera. Se trata del mismo esquema que se extendería por Europa y por Asia dando forma a sociedades tan consistentes como la romana o la hindú. Frente a esas tres castas se encontraba la figura del mercader, aquel consagrado al “nec-otium” (aquello que no es ocio), que debía de ocuparse de sus transacciones fuera de la polis puesto que no se encontraban bien vistas por la comunidad.

Según el filósofo español Higinio Marín, el guerrero homérico encarna, con su ideal aristocrático de vida, el génesis de la idea de individuo que ha formado social, política y culturalmente a Occidente. Y mucho más allá: del gladiador romano que Ridley Scott inmortalizara para el cine en la película protagonizada por Russell Crowe al bushidō samurái como código de honor por el que Yukio Mishima se quitó la vida, pasando por el Kshatriya de la casta guerrera hindú y los Berserker vikingos encurtidos en una piel de lobo como en las imágenes de The Northman (2022). El mitologema del guerrero estaba presente en el poema épico de Gilgamesh y ha seguido vivo en las grandes obras de nuestra época tales como Centauros del desierto (The Searchers, 1956).

Y, por supuesto, siempre ha estado presente en la literatura hispana que nació con la narración de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, alcanzó su punto culminante con las malandanzas de Don Quijote de la Mancha, evolucionó hasta el Pirata de Espronceda y conoció su crepúsculo con la descripción de las peripecias de Gabriel Araceli o de las aventuras de Zalacaín. Porque tras el desmoronamiento de un mundo, el hispano, que durante siglos resistió casi en soledad contra las embestidas de una Modernidad incipiente pero en constante expansión, ha sobrevivido un código de honor personal que Manuel García Morente consideró el propio del Caballero Cristiano que alumbró la Hispanidad. Una civilización que alumbró para su Historia a personajes tan excesivos como Lope de Aguirre y a héroes tan innegables como Hernán Cortés. Tierra de conquistadores: donde se puede alentar al tiranicidio, según los escritos carcelarios de Francisco Suárez, o a la hermandad universal, según una concepción inalienable de la espiritualidad propia de Francisco de Vitoria.

Ramiro de Maeztu, autor de Defensa de la Hispanidad, no diferenciaba el proyecto comunitario de Hispanidad como destino Imperial del proyecto individual de Hispanidad como destino personal: “El drama se opera, por supuesto, en la región medianera, que es la de las almas. A ellas corresponde nutrirse del espíritu, para espiritualizar con él la tierra y conservar y acrecentar el tesoro espiritual, para que las nuevas generaciones se alimenten con él. Ellas son las que han de conservar izada la bandera. El espíritu no puede morir, pero la patria, sí, por abandonarlo o traicionarlo o cambiar sus valores por disvalores que envenenen las almas. También en este plano del espíritu ser es defenderse. Ser es defender la Hispanidad de nuestras almas. La Hispanidad, como toda patria, es una permanente posibilidad. Así como sobre el individuo se alza la guadaña de la muerte, como una fatalidad inevitable, la patria, en cambio, como la rueda de la Fortuna, es permanente posibilidad. Puede morir, puede ser inmortal, por lo menos mientras no venga el fin del mundo: todo depende de nosotros que, a nuestra vez, no realizaremos nuestros destinos personales como abandonemos lo que nos señala, como corriente histórica que apunta al provenir, la tradición de nuestra patria”.

En otras palabras: lo más básico y nuclear del despertar espiritual que compone la base de toda rebelión contra el mundo moderno se encuentra en aquello que Julián Marías denominaba como “vocación” dentro de su Breve tratado de la ilusión. Es decir, que el autoconocimiento en constante perfeccionamiento es lo que nos conduce hacia el conocimiento exterior del mundo: en el momento en el que descubrimos para qué hemos sido llamados al mundo es cuando en verdad empezamos a dejar nuestra mínima impronta en él. Jacob Taubes lo supo entender asimismo: «Como el orden externo del universo ha perdido significado, la única dimensión en la que el hombre puede tener su lugar para vivir es en su propio ser”. De nuevo Maeztu: “ser es defenderse”.

En palabras de Marías: “Cuando la vocación se hace concreta, aunque originariamente sea genérica y nazca del encuentro de ella en la sociedad, realizada en otros, se liga a la propia personalidad, se entrelaza con la trayectoria vital y se convierte en una dimensión de ella. Ya no se trata de la vocación esquemática de médico, sino de este médico individual, definido por una situación no intercambiable y un proyecto personal que transforma la vocación genérica. Tal vez el labrador individualiza la profesión milenaria, ejercida por millones y millones de hombres en todas partes y en todas las épocas, al adscribirla a su tierra. La función de la madre de familia adquiere un carácter único y archipersonal  porque se trata de esta familia insustituible. En ambos casos, el quehacer cotidiano adquiere el dramatismo que pertenece a la vida como tal y no se puede separar de su configuración. Es quizá la justificación del uso lingüístico que en español usa el verbo «ser» y no el «hacer» para designar la profesión: ¿Qué es usted?, y no qué hace (…). Lo que más puede descubrir a nuestros propios ojos quién somos verdaderamente, es decir, quién pretendemos ser últimamente, es el balance insobornable de nuestra ilusión. ¿En qué tenemos puestas nuestras ilusiones, y con qué fuerza? ¿Qué empresa o quehacer llena nuestra vida y nos hace sentir que por un momento somos nosotros mismos? ¿Qué presencia orienta nuestra expectativa, qué anticipación nos polariza, tensa el arco de nuestra proyección, se convierte en el blanco involuntario e irremediable de ella? ”.

Podemos sintetizar diciendo que cualquiera que se disponga a experimentar un despertar espiritual ante la crisis occidental deberá desarrollar una sensibilidad crítica contra la Modernidad por la cual busque aquello que todo en el mundo secularizado conspira por arrebatarle: la sacralidad que trasciende la materia partiendo de aquello que se encuentra más fuertemente incrustado en ella: el espíritu o soplo divino. Para ello se hace necesario defender, teóricamente pero también en el día a día, todo aquello que trascienda al hombre: la patria, el honor, la religión, los ideales, la comunidad, la espiritualidad ínsita a todo ser humano o la tradición sapiencial. Que nos religa con lo elevado y nos ayuda a releer lo presente a la luz de lo pasado.

Debemos entender que los seres humanos hemos sido creados con unas aspiraciones que sobrepasan con mucho las perspectivas vitales ofrecidas por nuestro tiempo. Y no estoy haciendo referencia a términos cuantitativos, sino cualitativos: somos seres anhelantes de sentido. Por lo tanto, el despertar espiritual no supone un paso forzado o un esfuerzo ímprobo, sino que consiste en la más natural de las demandas humanas: la necesidad de hallar una finalidad que le dé sentido a la muerte, esto es, a nuestro insignificante paso por la vida.

En relación con lo que se acaba de mencionar y haciéndose eco de Huizinga, Pedro Laín Entralgo plantea una serie de preguntas tan fundamentales como perfectamente actuales: “…En su nervio más íntimo, en esto consistió la crisis de la Edad Media; crisis que no terminará hasta que en la primera mitad del siglo XVII Galileo y Descartes inicien formalmente la mentalidad moderna. Visto desde nuestro siglo —es decir, desde la situación creada por la crisis—, ¿qué ha sido el mundo moderno, considerado como solución de la crisis que comenzó en la vida europea durante el tiempo que desde Huizinga es tópico llamar otoño de la Edad Media? Y por otra parte, ¿en qué ha consistido la crisis de él que desde nuestros abuelos estamos viviendo los hombres de Occidente, y por extensión los hombres todos? Tal ahora es nuestro problema”. Por supuesto, lo sigue siendo con más intensidad que antes.

Si la crisis de nuestro tiempo comenzaba con la negación de la Edad Media a través de la imposición de una leyenda oscurantista y del todo falsaria, se hace necesario retornar una vez más a la Edad Media, desde una óptica del todo imparcial, para poder volver a una dimensión antropológica pre-moderna. Para lo que se hace necesario recurrir a una aclaración de Luis Díez del Corral: “La Edad Media representa la afirmación en grado máximo de la particularidad, del individualismo y de la subjetividad frente al principio de la unidad, que no es negado, sino mantenido idealmente como término de referencia y contrapunto en la forma peculiar del Imperio medieval. El feudalismo es justamente un sistema que trata de cohonestar en la medida de lo posible los dos principios contrapuestos, una sutil y vasta red de relaciones humanas entre la aldea y el Imperio (…). Cierto es que algunos períodos de la Edad Media, en ciertas corrientes espirituales al menos, el hombre parece volver las espaldas al mundo e interpretar estática, conclusamente el orden de la naturaleza, cuya realidad queda esfumada en una interpretación simbolicista. La felicidad no es buscada en este mundo, sino en el más allá; preténdese un bienestar futuro, ultramundano, que se contrapone al malestar presente del mundo; pero, en el fondo, no es una huida del mundo, una dejación de los deberes humanos de configurar el mismo, aunque al contrario, en términos generales, el ímpetu de la trascendencia es condición imprescindible para reobrar un enérgico sobre el mundo, como lo prueba en plena Edad Media el impulso de realización técnica que, desde la arquitectura a la agricultura, demuestran los centros sociales más representativos de su mentalidad religiosa

Uno de los pilares de la filosofía católica es la creencia en el libre albedrío, que se encuentra plenamente integrada en lo más granado de la literatura hispánica a modo de bastión inexpugnable contra el mundo moderno. Los grandes clásicos literarios de la Hispanidad la han defendido frente a los embates del determinismo moderno heredado de la Reforma. Somos libres para hacernos merecedores de la gracia y de la salvación a través de nuestros actos. Leyendo a Cervantes, Javier García Gibert descubre hasta qué punto es relevante dicha cuestión dentro de la obra del autor del Quijote: “Ese camino que cada cual recorre en virtud de su albedrío puede conducirse a escenas y estaciones de salvación o de perdición moral. Pocos axiomas hay más importantes en el humanismo cervantino que el que postula que el albedrío lleva consigo, como nota aledaña e inexcusable, la responsabilidad moral, que determina el mérito o el demérito de las actuaciones humanas. La proverbial benevolencia de Cervantes jamás significa, por tanto, una exención del merecido castigo por las malas acciones y los errores morales cometidos en virtud del libre albedrío. Ningún grave desafuero ético se comete en su obra a beneficio de inventario”.

Otro importante teórico de la Hispanidad, Manuel García Morente, destacó otro de los ideales que rellenan el corpus del caballero cristiano tal y como lo define la Hispanidad a través de sus grandes obras literarias y de sus mayores gestas históricas: “El caballero cristiano cultiva con amoroso cuidado su honra. ¡Como que la honra es propiamente el reconocimiento en forma exterior y visible de la valía individual interior e invisible! El honrado es el que recibe honores, esto es, signos exteriores que reconocen y manifiestan el valor interno de su persona. El mecanismo psicológico del sentimiento de honor consiste en lo siguiente: entre lo que cada uno de los hombres es realmente y lo que en el fondo de su alma quisiera ser, hay un abismo. Ennoblécese, empero, nuestra vida real por el continuo esfuerzo de acercar lo que en efecto somos a ese ser ideal que quisiéramos ser. En la tierra la limitación humana no permite al hombre realizar la perfección, esto es, la identificación entre el ser real que efectivamente somos y el ser ideal que quisiéramos llegar a ser; por eso justamente la vida humana consiste en una imitación o recuerdo imperfecto de la vida ideal divina: limitación de Cristo. Honra es, pues, toda aquella manifestación externa que alienta al hombre en su afán y propósito de perfección, ocultando en lo posible entre la maldad real y la bondad ideal, el caballero cumplido. La honra, el honor es, pues, ese reconocimiento externo del valor interior de la persona. En cambio, el menosprecio es todo acto o manifestación externa que hace patente bien a las claras el abismo entre el ser real y el ser ideal perfecto, y que tiene por consecuencia su menor aprecio de la persona individual. Puede, pues, una persona deshonrarse o ser deshonrada. Se deshonra cuando es ella misma, por su conducta o sus palabras, la que pone de manifiesto su menor valía o menor aprecio, el abismo entre la realidad íntima de su persona y el ideal a cuyo servicio está o debe estar”.

La Hispanidad es tanto un hecho histórico, al decir del historiador y mitólogo Gonzalo Rodríguez, como un hecho literario. Su esencia ha sido compilada en las páginas de obras teatrales, cuentos y novelas, crónicas y sonetos, cuadros y construcciones. Posteriormente, ha sido fielmente transcrita a la palabra por medio de pensadores enormes. Es por eso que nuestra filosofía es mucho menos dialéctica que literaria: se encierra en metáforas, analogías y parábolas. 

Una de esas características de la Hispanidad que hacen confluir el mito, la literatura y la historia es el levantamiento. El pueblo que, con el lusitano Viriato, inventó la guerrilla, posteriormente fue capaz de ponerla en práctica con numerosos ejércitos: Roma o Al-Ándalus; Napoleón o Azaña sufieron de manera directa el revés que lo popular siempre le ha reservado a lo avasallador o a ilustrado en todo tiempo y lugar. El mundo parlamentario-británico nos resulta del todo ajeno: rechazamos el Estado y sus organismos de manera natural. Desde la heroica resistencia en Numancia, pasando por las revueltas de los comuneros y hasta los anarquistas finiseculares que asesinaron a, entre otros, el liberal-conservador Cánovas del Castillo. No en vano somos la patria con más Golpes de Estado de origen militar; la tierra sobre la que el anarquismo, por encima del socialismo o del fascismo, ha arraigado de manera más evidente. Tenemos un problema con la autoridad que emana del talante quijotesco: no queremos que nadie arregle el mundo porque estamos dispuestos a salir a arreglarlo. Sólo somos capaces de unirnos para blindar una idea trascendente y universal: el poder espiritual encarnado en la Monarquía Hispánica de los Reyes Católicos que se funda sobre el lema latín “plus ultra”.

El pueblo de Las Navas de Tolosa y de Lepanto, que libró a Europa de la islamización, también es el pueblo que resistió de manera más exacerbada contra la Reforma luterana y sus múltiples variaciones: el calvinismo o el anglicanismo. La estética pareja de dicha acción política es el Barroco: una reivindicación carnal de la espiritualidad como no se había visto en Occidente desde los tiempos de la tragedia griega más sublime. Su teatro, su lírica y su novela, género este último que inventó Cervantes, mezcla con audacia innovación y arraigo; vanguardismo formal y tradición en el contenido. Mitos como el de Segismundo o Fuenteovejuna conforman un imaginario imperecedero que incluye tanto una filosofía de la comunidad como una compleja estructura que reflexiona acerca de la libertad personal. El humanismo católico que vertebra la moralidad hispana no puede concebir que Dios nos haya creado desde antes de nuestro nacimiento para la salvación o la condena, como proponen los protestantes. Tampoco que el fin de nuestra existencia sea la acumulación material de propiedades ni la mejora incesante de las condiciones materiales. Ninguna raza o cultura puede ser superior a otra ni está legitimada para dominar o exterminar. No hemos venido a construir una carrera material o para nadar en la prosperidad. La vida no es una cuestión de calidad sino de cantidad: su fin es el autoconocimiento y su duración es efímera al tiempo que perenne. Puesto que se muere por la eternidad no se tiene miedo a vivir por nada.

Muy crítico con la Modernidad, Manuel García Morente opuso a los valores cartesianos y racionalistas el ideal del Caballero Cristiano que se encuentra en el corazón mismo de la Hispanidad y que fue inmortalizado por Velázquez en sucesivas telas. Frente al historicismo puramente fenomenológico y de corte germánico imperante en los tiempos de Morente, éste reivindicaba una Historia de las Ideas con los ojos puestos en lo eterno, esto es, continuando con la aproximación incoada con Marcelino Menéndez y Pelayo tanto en su Historia de los heterodoxos españoles (1880) como en Historia de las ideas estéticas en España (1883). Se trata de una alternativa al utopismo característico del idealismo nacido en el Renacimiento y potenciado a partir de la articulación de un liberalismo afirmador de la autonomía intelectual del sujeto frente a la conciencia de límites que tenía el hombre perteneciente a una sociedad pre-moderna. Oponiéndose al proyecto único de la Historia que defienden los grandes adalides de la Modernidad, Morente defendía un arquetipo único en el que todos los hombres de todas las épocas pueden mirarse por igual: el caballero cristiano y español.

Tras el desastre que supuso la pérdida de las colonias en 1898, hubo distintas reacciones desde nuestras élites intelectuales: el pesimismo de intelectuales como Ortega, que pensaban que la solución era europea; propuestas “regeneracionistas” de corte nacionalista (Joaquín Costa), secesionista (Prat de la Riba) e incluso pedagógicas (Francisco Giner de los Ríos). Todas esas propuestas sin excepción partían de un sesgo negrolegendario e hispanófobo: se legitimaban sobre ideologías post-ilustradas. La denuncia de autores como Julián Juderías o Emilia Pardo Bazán no caló en el pueblo y nuestras élites, como ha demostrado Elvira Roca Barea en Fracasología, acabaron en manos de ideales modernos. Si el romanticismo es, en términos políticos, una “nostalgia de la autenticidad”; la Hispanidad es una respuesta personalista, en una línea muy cercana a la que también desde el cristianismo defendería años después Emmanuel Mounier, a ese deseo de autenticidad propio de aquel que se niega a conformarse con una vida mediocre, inane y carente de trascendencia: propia del burócrata.

Igual que hay una metafísica, existe una metapolítica. Es aquella cifrada por Juan Donoso Cortés, autor neoplatónico que supuso el equivalente intelectual del proyecto carlista como alternativa al liberalismo: “En toda cuestión política va siempre envuelta una cuestión teológica”. Practicada por muchos de sus más grandes discípulos: Carl Schmitt, Leonardo Castellani o Alexander Dugin. Y también por aquellos que fueron sus maestros, empezando por el reaccionario Joseph De Maistre o por el mordaz Francisco de Quevedo. Tras el fracaso de las reacciones anti-liberales que encarnan el socialismo y el fascismo, Maeztu tuvo la grandeza de miras que no albergó ningún otro coetáneo anti-moderno: la solución no se encontraba en ninguna tentación mesiánica. Su teología política le llevó al pasado para mejor impulsarse hacia el futuro: “Ante el fracaso de los países extranjeros, que nos venían sirviendo de orientación y guía, los pueblos hispánicos no tendrán más remedio que preguntarse lo que son, lo que anhelaban, lo que querían ser. A esta interrogación no puede contestar más que la Historia. ¿Cuál no será entonces la sorpresa de los pueblos hispanos, al encontrar lo que más necesitan, que es una norma para el porvenir, en su propio pasado, no el de España precisamente, sino en el de la Hispanidad en sus dos siglos creadores, el XVI y el XVII? Así es, sin embargo”.

Escribe Alexander Dugin: “La modernidad europea, que abolió la religión, la fe en el Rey y en el Padre Celestial, las castas, la sagrada comprensión del mundo y esencialmente el patriarcado, fue el comienzo de la caída de la civilización indoeuropea. El capitalismo, el materialismo, el igualitarismo y el economismo son la venganza de aquellas sociedades contra las cuales los indoeuropeos hicieron la guerra, subyugaban y se esforzaban por corregir, lo que componía la esencia de toda la historia de los pueblos indoeuropeos. La modernidad fue el fin de la civilización indoeuropea. Esto no es una abstracción, porque nos afecta de la manera más directa”. Lo que coincide con la cita de Nietzsche a propósito del aspecto moral de la Modernidad: “Un orden legal pensado como soberano y universal, no como un medio en la lucha entre estructuras de poder sino como un medio para prevenir toda lucha en general sería un principio contrario a la vida, un agente de disolución y de destrucción del hombre, el intento de asesinar el futuro del hombre, un signo de hastío, un camino secreto hacia la nada”. Una cita que recoge las consecuencias antropológicas de la pérdida del orden tradicional que estructuraba las sociedades indoeuropeas.

Frente a la opción finalmente alumbrada por otro guerrero, Ernst Jünger, al postular “la emboscadura” como opción final del anti-moderno a la hora de afrontar el tiempo para el que ha sido llamado; Ramiro de Maeztu o Manuel García Morente reivindican algo mucho más sólido que cualquier esbozo geopolítico o programa democrático: un código moral en la línea del bushidō japonés. Defensor del realismo frente al idealismo; de la generosidad frente al afán de lucro; compasión frente a despotismo; valentía frente a indecisión; corazón frente al deseo de medrar; honor y templanza frente a la comodidad y la extravagancia. Pero, sobre todo, la ausencia de miedo a la muerte frente al temor nihilista de quién teme el fin puesto que le arrebataría su vida vana.

También Julius Evola, uno de los máximos teóricos para un “hombre en tiempos de crisis”, habló en términos bastante gratos a la comparación de una “vía autónoma hacia la trascendencia” consistente en “cabalgar el tigre” pero no cerrado sobre sí en ninguna fórmula apolillada del pasado. El guerrero, al fin y a la postre, es el mitologema que ha llevado a Occidente a ser lo que realmente es; y el guerrero, en definitiva, es el que une de manera más inextricable a todas las grandes civilizaciones que en la tierra han sido. Y la última gran manifestación concreta, desde un punto de vista cronológico, de ese ideal universal y metafísica que es el guerrero ha sido la encarnada por el caballero hispano. Es la mayor alternativa mítica que nos queda frente a la perspectiva de devenir todos burgueses. Desde que el irracionalista Nietzsche propusiera el sendero del Übermensch y su “voluntad de poder” como vía alternativa a “la moral de los esclavos”, el código de honor castrense que se entrega en nombre de un fin superior sigue siendo una alternativa vital válida a la Modernidad: así lo entendió también el escritor texano Robert E. Howard.

No en vano, J. R. R. Tolkien fue capaz de crear una mitología gigantesca y levantada en honor de lo trascendente, en pleno siglo XX, donde la figura castrense del montaraz Aragorn resulta metáfora perfecta del defensor de la Tradición que debe transmitir el fuego y reforjar la espada como actualización de la lucha diaria con el dragón, a pesar de las dificultades. Algo que puso por escrito Mircea Eliade en un breve pero enjundioso libro titulado Oceanografía (1993) que recientemente ha sido publicado por vez primera en nuestro idioma: “Todo esto demuestra falta de virilidad. Hay pánico a la desesperación, una manía colectiva ante el mal, una histeria ante lo efímero, un miedo obsesivo ante la nada. Todas esas gentes contemplan con terrible dolor las tinieblas y el caos. Tienen miedo de la luz porque ésta significa superación continúa, vida continúa. La oscuridad y la negación son mucho más cómodas. Son mucho menos responsables. Hace falta menos valor para desesperarse que esperar contra toda evidencia y toda esperanza”. Poner orden en el caos, nos dice Jordan Peterson, es la tarea del héroe: eso encarnan personajes imborrables del imaginario común tales como San Jorge o San Miguel Arcángel.

El término “vir denomina lo varonil en cuanto que se referiría a una rectitud que vertebra la masculinidad. Lo viril es lo virtuoso, de forma que “viri” era el nombre que recibía el soldado en Roma. En buena medida, ningún pensador de los últimos siglos ha hecho una apología mayor de la virilidad que Carl Schmitt al postular el concepto de “decisionismo”. Frente a la inconcreción característica del adolescente que Javier Gomá Lanzón ejemplifica con la imágen de un jóven Aquiles confinado en el Gineceo, la necesidad de tomar una postura y definirse resulta clara para Schmitt. Se trata de una postura política que extrae, a modo de consecuencia, del romanticismo estético alemán y su apología del individuo: depurando dicha concepción de todo rastro ilustrado que pudiera tener. Algo que, en buena medida, el pensador alemán había recogido de su admirado Donoso Cortés al considerar que “la excepción en jurisprudencia es análoga al milagro en teología”. Dicho en plata: quien ostenta el poder no puede someter todas las decisiones a sufragio puesto que hay algunas cuestiones fundamentales que deben ser resueltas previamente.

Uno de los mayores continuadores de Nietzsche, el pensador italiano Gianni Vattimo, postuló la idea de que el pensamiento democrático es “un pensamiento débil”. Falto de metafísica y de lo que, en oposición, el inglés Rusell Reno ha denominado, por oposición, “los dioses fuertes”. La identidad, en definitiva, propia de una civilización que ha renunciado a la idea de Padre: entregada a la proliferación de los papás. Así lo denunció Alain de Benoist en un lúcido artículo llamado “El reino de Narciso”. Escribió el filósofo francés: “De esta feminización tenemos ya testimonios: la primacía de la economía sobre la política, del consumo sobre la producción, de la discusión sobre la decisión, la declinación de la autoridad en provecho del diálogo. También la obsesión de la protección del niño, la exhibición en la plaza pública de la vida privada y las confesiones íntimas en los reality de la TV. La moda del humanitarismo y de la caridad mediática, poner el acento constantemente sobre los problemas de la sexualidad, de la procreación y de la salud. La obsesión por las apariencias, del querer agradar y del cuidado de sí mismo. La feminización de las profesiones. La importancia de las tareas de la comunicación y de los servicios. Y la sacralización del matrimonio por amor”.

Según Alain de Benoist, vivimos en “una sociedad dominada por el matriarcado mercantil”. Eso se debe a la hegemonía del narcisismo en nuestra cultura: “El narcisismo produce una obsesión de auto generación, en un mundo sin recuerdos ni promesas, en el cual pasado y futuro se encuentran igualmente replegados sobre un eterno presente en el cual cada uno se asume así mismo como objeto del propio deseo, pretendiendo escapar a las consecuencias de sus actos”. Donde el hombre y lo masculino, por contra, han sido ridiculizados y convertidos en equivalentes de lo desagradable.

Se puede pensar que esa feminización de la cultura es más o menos provocada pero lo cierto es que sus consecuencias son innegables. Lo masculino ha sido demonizado y eso ha provocado que lo femenino pierda su centro y se desequilibre: nunca los hombres parecieron menos a los hombres y nunca las mujeres fueron menos femeninas.  Hoy más que nunca la familia, en tanto que núcleo patriarcal de la sociedad integrado por un hombre y por una mujer bien dispuestos, es el eje del despertar espiritual. En la necesidad acogedora de ser madre o en la voluntad paternal de conducir con seguridad una familia se levantan las mejores formas de resistencia contra el Estado y contra los valores promovidos por la Modernidad.

Los arquetipos del héroe y de la madre son sustituidos por una imagen narcisista y consumidora (la de la “mujer liberada” incoada en el Mayo del 68 y el “hombre afeminado” que desde hace décadas se promueve desde el mundo de la publicidad) que nos susurra al oído que ninguna renuncia o sacrificio valen por el placer de la egolatría; algo que es radicalmente falso y que resulta del todo inmoral. Por eso, dentro de la batalla de nuestro tiempo ninguna es tan relevante como la batalla por el ideal de mujer que conforme nuestras sociedades. Hay que liberar a las mujeres del nefasto influjo del Ministerio de Igualdad: a través de la lucha por el imaginario. El feminismo ha provocado, con su guerra contra la maternidad, la infelicidad de las mujeres, el descenso de la natalidad y el incremento del consumo. El hedonismo ha vuelto a las mujeres infelices, resentidas y alienadas: enfrentadas al hombre, a la biología y a su vocación natural. Sólo la familia puede conciliar aquello que el Estado, los medios de comunicación y la intelectualidad espuria han desunido.

Los hombres y mujeres del siglo XXI debemos aprender de nuevo a ser madres y héroes o a morir en el intento.Frente al revisionismo políticamente correcto imperante, una película como El hombre del norte (The northman, 2022) es una cristalización casi perfecta de todo lo anterior: una recuperación del imaginario indoeuropeo para tiempos post-europeos que representa a la madre como bruja y al héroe como guerrero berserker. El mismo reconocimiento sucede cuando se vuelve al texto fundacional de la literatura en español, El Cantar de mio Cid, que relata las gestas en el exilio de Rodrigo Díaz de Vivar.

Los valores perennes que encarna el estilo de vida castrense como compromiso de honor con un código ancestral tradicional son, hoy como entonces, el mejor remedio que existe contra la Modernidad. La cosmovisión que esconde tras de sí el guerrero bajo toda apariencia y circunstancia remite siempre a una realidad metafísica que nos impele a luchar por ella. No en vano, como se suele decir, el hombre nació con dos brazos: uno para portar la espada y el otro para portar el escudo. Al grito del guerrero hispano Máximo Décimo Meridio que protagoniza Gladiator (2008), “¡Fuerza y Honor!”.


Orgulloso de nuestros «piolines»

KAY

Llevo tiempo sin ofrecerles nada, la vida es maravillosa y caprichosa, me mantuvo ocupado. A ello sumémosle que la pereza llamó a la puerta y abrí encantado -qué le vamos a hacer, ¿verdad? -. Bueno, hoy de piolines va el asunto, el repeinado de la Moncloa vuelve a ofrecer una escena cuanto menos grotesca.

Imagino que habrán visto al payaso que tenemos por presidente -es lo más sutil que se merece- escupir sobre los que le cubren las espaldas cada vez que va a un evento -dónde es abucheado, por cierto- o cuando está en el Congreso mintiendo descaradamente -como hace siempre-. El famoso personaje de los Looney Tunes que ya acaparó portadas en 2017, ha vuelto a hacerlo durante el Pleno del Congreso de los “Disfrutados” el día de hoy.

Por si no le ha quedado claro, señor Sánchez, le repito: Es usted un sinvergüenza, pero eso le da igual -si le tuviera delante, me estaría regalando esa sonrisa de imbécil a la que nos tiene acostumbrados-. Le da igual todo lo relacionado con su patria, le da igual el españolito, todo en general. Sólo le preocupa llevar bien colocado el cabello, salir guapete en las fotos y que sus sábanas sean las de la Moncloa cuando va a dormir.

No sé si habrá olvidado -imagino que no, pero le da igual todo- quienes estuvieron achicando agua de una barcaza que se hundía a pasos agigantados. En ella estaban la Constitución y la dignidad de un país actualmente en sus horas más bajas. Todos aquellos “piolines” se encargaron de que usted y yo gocemos en este preciso instante de paz. Bueno -siendo francos-, aunque a usted le traiga sin cuidado todo, imagino que algo de mella hará toda la bazofia de la que se está rodeando y el peso de saberse la mayor vergüenza que ha pasado por la presidencia de este país -mucha paz no habrá en su interior-.

Antes de continuar, aunque vaya a ser breve la cuestión de hoy…estimados, es hacia ustedes a quien me quiero dirigir y hasta ahora parecía una carta al estulto de la Moncloa. Imagino que habrán visto el intento fallido de recogida de cable por parte del sinvergüenza de Marlaska -otro que también se las trae-, para escuchar posteriormente a los juntaletras de la “Secta” tratar de suavizar advirtiendo que el repeinado se refería al Piolín -barco de pésimas condiciones dónde se hospedaron nuestros estimados uiperos-, pero nadie les ha creído como es lógico.

Igualmente se ha llevado parte de protagonismo, pero caminado por el sendero adecuado, Arrimadas, que pedía lavarse la boca con jabón a los sinvergüenzas de la bancada socialista antes de hablar así de “nuestra policía” quienes nos protegieron frente a la vorágine casposa de independentistas que procedieron ilegalmente. El Partido Popular también hizo lo propio.

¿Saben qué es lo peor de todo? Que hemos normalizado estas sinvergonzonerías, nos resulta llamativo, pero no hacemos nada.

Realmente no tengo mucho más que contar al respecto que no sepan ya. Eso sí, orgulloso de nuestros “piolines”.


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