Cayetanos y cultura

Hace casi setenta años, mi paisano Gonzalo Torrente Ballester empezaba a escribir su magistral Los gozos y las sombras. Aunque la verdadera aportación literaria y originalidad de la obra es otra bien diferente, más bien relacionada con la labor terapéutica del protagonista, la excusa narrativa es el costumbrismo tardorrepublicano o preguerracivilista de un pueblo ficticio en las rías centrales gallegas.

El ocaso del fútbol

Tras décadas de vivir en una sociedad acomodada y engolfada con entretenimientos volátiles, hemos descubierto en perspectiva que las preferencias en cuanto a cultura popular son una foto estática de por vida.

Una distopía verdadera

No ha habido escritor contemporáneo con una mínima pretensión que no se haya arrogado a intentar filosofar sobre la evolución de la humanidad, concibiendo casi siempre un futuro dictatorial de aspecto amable con el ciudadano. Curiosamente, la idea de un gobierno global o al menos una coexistencia de grandes bloques continentales o de afinidad cultural ya era una constante en este tipo de obras desde el inicio del siglo XX.

Es la polarización

En las últimas semanas se viene avivando una cierta polémica por el hecho de que algunos autores se hayan atrevido a cometer el terrible pecado de expresar opiniones díscolas en según qué foros. El caso más sonado fue el de Ana Iris Simón, que se arrogó a blasfemar contra las cosmovisiones de Pedro Sánchez en el Sanctasanctorum socialista (digo bien para referirme a Moncloa, porque a esta gente le cuesta bastante distinguir entre la actividad de gobierno y la de partido); pero también hubo otros casos notables como el de Daniel Gascón, que a ojos de muchos ensució con sus opiniones sobre los indultos a separatistas una columna del diario El País.

Los niños no votan

Los niños no votan, y aún cuando no se votaba, tampoco importaban demasiado. Mano de obra bien barata para la industria familiar; y si no la hubiese, se arrendaban a otras externas como consultoras de limpieza o servicios auxiliares de peonía. Los menores eran humanos de una categoría inferior, pero humanos al fin y al cabo, con unos derechos tácitos de cara a sus progenitores que nadie discutía. Hoy día han perdido incluso ese estatus.

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