El peregrinar por la costa malagueña

Después de la muerte de mi madre nuestra casa sufrió una persecución, o más bien sufrió la consecuencia de la persecución a que fue sometido mi padre.

Nuestra vida, la de Paco y la mía, era la de unos pilluelos que teníamos mucho espacio para juegos y mucha libertad para disfrutar. De vez en cuando yo recibía reprimendas e incluso algunos azotes por lo que yo podía hacer, pero sobre todo por lo que no evitaba que hiciera Paco, que era un niño simpatiquísimo y de la piel del diablo, quien iba a decir que se convertiría en propietario de una casa de comercio de cierto éxito, aunque ahora pienso que fue por eso, por ese carácter tan inquieto e imaginativo.

La muerte de mi madre

La muerte de mi madre ocurre en Andalucía, en Mijas. Mi padre era en esa fecha sargento de carabineros y se desplazó de su tierra para poder promocionar. En el término de Cudillero hubiera sido impensable, sus hermanos iban ocupando todos los huecos antes que él, era el pequeño, lo que le impedía situarse allí.

Mi madre

Mis primeros recuerdos son andaluces, aunque yo nací en Galicia, en Foz de Lugo. 

Mi madre, se llamaba Adosinda, lo llenaba todo, me hablaba de sus padres y de su hermana María. Recuerdo como describía su casa, la de sus padres en Cabo Busto, o como decía como eran las grandes planicies sobre el mar. Cómo describía, ¡con tanto amor!, que en las pequeñas bahías se formaban pedregales en los pies de los acantilados, luego conocí que eran de pizarras y areniscas y cuando las bahías eran más grandes había playas con arena, pero este recuerdo ya está reforzado por mis vivencias, por lo que no sé diferenciar lo que contaba mi madre de lo que conocí en mis correrías con Paco, después de que ella falleciera.

Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (III)

En cuanto Juan cogió autonomía de movimiento y empezó a andar con nueve meses, tu a los trece, Cándida empezó a cogerle prevención, siempre lo llamaba “jorolla” cuando lo reprendía. Es que destrozaba todo lo que cogía, un día cogió un libro lo abrió, tiró de los lados y lo descoyuntó, se llevó una buena azotaina. Yo dejé de usar gafas cuando él me la rompió y me resultaba muy gravoso comprarme otras. Otro día cogió la pluma que me había regalado mi tío Andrés, Andrés Chavarrías Menéndez, y la clavó en una mesa. El punto era tan bueno que siguió funcionando después de ser enderezado por mí. En España, en ese momento una pluma de ese estilo costaba aproximadamente mi sueldo mensual.

Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (II)

Llegado a este punto, no tengo más remedio que decirte, recordarte, que hay que apoyar a todos, a los nuestros y a los que nos sean encomendados, hay que apoyarlos para que refuercen los talentos que Dios les dio. Porque todos somos aprovechables y de no cuidarnos a nosotros mismos, lo que hagamos no sirve para nada. Tenemos muchos ejemplos de cómo el apoyo paterno saca a delante casos que parecían desesperados, y también de genios, verdaderos genios, malogrados por la interferencia materna, qué pena.

Carta con el encargo que me hace mi padre de divulgar la crónica de la familia Chavarrías-Zengotita (I)

Querido Guillermo: mi vida se acaba, sabes que desde hace tiempo se me hincha el brazo derecho, nunca lo relacioné con nada concreto y soporté bastante bien el dolor sin darle mayor importancia, suponía que el retorno de la linfa estaba limitado por algún problema en los ganglios, pero sabes que nunca me interesó mucho la medicina y que tampoco me gustó visitar médicos. También recordarás que siempre dije que el dolor no tenía demasiada importancia, que sólo era una sensación, un aviso que nos da nuestro organismo para que nos cuidemos.

Introducción ~Chavarrías, Crónicas de una familia~

Pongo a vuestra disposición la crónica de la familia Echeverría que nos legó mi abuelo Joaquín Echeverría Menéndez, nacido en 1883, llamado el patriarca por sus hijos.

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